lunes, 26 de marzo de 2018

Fan Fic: Carol As Old As Time


Nuestro seguidor Peter Pan nos trae un nuevo relato que nos recuerda a cierta novela de Charles Dickens.

«… Hay infinitos (mundos) más. (…). Están interconectados a través de una extensa línea de tierras, todas reales y regidas por leyes propias. Unas poseen magia y otras no. Y varias requieren magia…
»Nos desconcierta nuestro origen. El génesis. La eterna cuestión de la creación, la evolución o la evolución creada que evolucionó en creación. Si existiesen todos los tiempos a la vez, principio y final, el universo entero en un parpadeo, se hallarían las respuestas que demandamos.


EXTRACTOS DE «THA AN CNUIMH DÌOMHAIREACHDAN».
...
La Inglaterra Victoriana
Enero, 2014
Scrooge estaba muerto; eso para empezar.
No cabía duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propietario de la funeraria y el que presidió el duelo firmaron el acta de sepultura. También Edwin. El viejo Scrooge estaba tan muerto como el clavo de un ataúd.
          Edwin y él habían sido socios por años. Él fue su único albacea testamentario, su único administrador, su único asignatario, su único heredero residual, mas no el único que llevó luto por él. Claro que, el luctuoso suceso no fue lo que alteró al buen hombre, que siguió siendo un excelente hombre de negocios el mismísimo día del funeral, solemnizado por él a precio de ganga. Fueron los recuerdos. Los recuerdos del futuro.
          Él ya había leído el sino de su tío hacía muchos años…
...
Nochebuena
1966
¡BLANCO, BLANCO, BLANCO! Nevaba sobre Londres el 24 de diciembre de mil ochocientos y pico. El viejo Támesis no era más que una serpiente de azúcar que separaba las locomotoras, también casas, cuyas chimeneas tiznaban más el cielo de acero, todo oscuro, sin estrellas.
          Oh, Fred corría, corría y corría. Se agarraba faldones y barriga; sujetaba tocado y mantones. Era el día más frío del año y el día que su hijo vendría al mundo.
          Su último día, pues.
          Oh, Fred corría y corría y se cubría de las lentejuelas de la escarcha y los copos, que más ligeros que el aire caían y la arropaban, queriéndola adormecer en el mundo donde ahora estaba su niña, Alicia, que ya quisiera ella que de él no saliera.
          No como ella.
          Los árboles de los jardines de Kensington parecían gigantes hadas en camisón, que, estirando sus ramas, bostezaban, aburridas de los coches de caballo que resbalaban sobre los adoquines helados.
          Fred los vio y recordó a sus tres amigas de la niñez y sus juegos allí, discutiendo si en la isla que había en medio del lago guardaban bebés que nacían de huevos y se convertían en pájaros. Casi le llegó el eco marchitado de sus risas, un sonido dulce, pese a que era el sonar de la muerte.
          Oh, Fred corría y corría, pero no llegaría a tiempo.
          No si yo no quería. Para esta historia es más interesante provocar que Fred se detenga, recordando que aquel parque guardaba la entrada a otro mundo, un mundo del que sólo algunos niños estaban algo enterados.
          Porque los parques de Londres son un paraíso burgués durante el día, mas, al caer la noche… Hadas oscuras sin alas se llevan a los niños que remolonean entre faroles que aún no han recibido la visita de los niños enlace y sus antorchas.
          Y yo quiero que Fred ahora se quede helada ante un árbol serrado, porque le va a recordar a una de sus pesadillas ¿reales? de la niñez, cuando vio aquella turba de olmos desnudos y viejos, huesudos y llenos de nudos, en éxodo, apoyados en muletas como militares que volvían de una guerra perdida. A ella no le dieron miedo los olmos, sino lo que se liberaba de sus raíces. Porque en Londres, de bajo los árboles, emergían las hadas oscuras, como insectos, como las hormigas que Edwin quemaba de niño con sus anteojos; emergían como una plaga que lo devoraba todo, que se escondía en orinales y almohadones de pluma, que aguardaba a que hubiera un niño cerca para danzar por sus mofletes hasta caer a su boca y, una vez comido, comérselo por dentro.
          Lo pudrían todo.
          Dejemos a Fred correr un poco más, así pasará por las tumbas a los niños perdidos, dos monolitos menudos que recuerdan a todos los muchachos y a todas las muchachas muertos por una punta más afilada que cualquier cuchillo.
          Oh, Fred corría y corría, la hora ya casi estaba encima.
          Y como cuando era una niña que quiso esconderse de los adultos para quedarse en el parque por la noche, buscó su refugio: St. Grovor’s Well, una fuentecilla seca como los desiertos, hendida como un hoyo entre adoquines y flores.
          Oh, Fred bajó las escalinatas y la magia dio lugar.
          ―¡Madre buena, madre pura, ayuda a mi niña a alejarse de la sepultura!
          Esa madre se le apareció nítida, recortada contra una luz hermosa, clara. Todas las señales de su rostro sobresaltaron y cada uno contó su propia historia.
          ―¡Vendrán a por ella! ¡Me la quitarán! ―gritó Fred, destrozada y ahogada por la carrera―. ¡Márcala como yo estoy marcada! ¡Márcala como me marcaste a mí, Gothel!
          Gothel desplegó sus alas de libélula y sacó su varita, que parecía de hielo, como los adornos plateados de su basto y arrugado traje de lana marrón.
          ―Si no se la lleva ella ahora, se la llevarán otros algún día.
          El hada cerró los ojos y vio un carromato, no, un carruaje, un carruaje fúnebre que recorría un campo dorado bajo una lluvia sesgada de fines de verano. Las lámparas habían sido amortiguadas con bolsas negras y la muerta era una mujer, una madre, pero no la madre que buscaban…
          La madre había huído mucho tiempo atrás, sin vestir, ensangrentada y sonriente, porque la niña estaba en un lugar seguro. La niña estaba a salvo. ¿Cuál niña? Gothel no lo veía, pero sí veía que estaba a salvo. ¿Pero cómo se llamaba? ¿Cómo era? No importaba. Lo que importaba era que…
          ―¡LA NIÑA ESTÁ A SALVO! ¡LAS NIÑAS ESTÁN A SALVO!
          La voz del hada se extinguió. Todo se extinguía. Las voces quedaban lejos, bajo las nubes de otro reino. Todo estaba bajo las nubes, hasta las montañas rojas y los ríos negros, hasta la niña que estaba a salvo con su madre, Y LA MADRE SE LLAMABA FRANCES, su nombre era LADY FRANCES WINDER y comía queso de cabra y bebía leche de cabra… su criada le ponía leche en los ojos también, para que tuviera buena cara, igual que el bebé… ¡Oh! Los dolores, los dolores eran tremendos y FRANCES necesitaba dormir y su amiga LAURA, LAURA, LAURA, LAURA la ponía a dormir. Se había roto la cadera. Ya no habría más niñas a salvo. Ya no habría más cosechas en años.
          Fred se inclinó hacia Gothel, queriendo atravesar los años con ella.
          Esta levantó la vista. El halo que la había rodeado desaparecía.
          ―No se llevará a tu hija. Será niña, sí ―añadió al ver la cara de Fred―, y se llamará Alicia, como te dijeron.
          ―¿Y estará a salvo?
          ―Tan a salvo como Ella.
          ―¿Y yo?
          ―Seguirás presa un poco más… ―Gothel comenzó a desaparecer―. Cuando la muerte te libere de ser reo, esa celda en tu cabeza de tu niña será hacienda.
          Y a mí esta historia, esa profecía y lo que aconteció después poco me perturban. Soy autor, he visto, escrito y provocado de todo. Un buen autor no ha de implicarse con los personajes, pues luego les pasan cosas malas y queremos cambiarlo todo.
          Un buen escritor ha de saber jugar con sus personajes, como un niño…
          Como todo un rufián…
...
Los Eternos Años Veinte
Años Antes
(De los apuntes de Isaac Heller).
Los buenos escritores han de saber jugar a buscar historias y yo tengo predilección en dirigir mis pesquisas a la época de mi infancia, donde me perdí ciento y una. Esta eterna y londinense década de 1920 será un reino de historia, pero con eso me basta, porque en la realidad es donde mejor se pueden retorcer las intrahistorias. En el Bosque Encantado, al final, todo acaba siendo muy de cuento. Aquí puedo hacer lo que se me antoje.
Salvo con un personaje.
Lo conocí una noche en la que rehuía una fiesta, pues las fiestas de esas épocas eran lo peor: todos los hombres muertos en la guerra y sólo viudas como invitadas.
Evitaba el evento al calor de un brandy con dos amigos a los que la vejez salvó de dar su vida en el Marne. No podía estar más a gusto.
          ―¿Otra copa? ―me ofrecían una y otra vez―. Le serviré las que guste siempre que me dé palique, que da gusto hablar de política, porque con nuestras santas…
          ―Ni palabra. ¿No han leído de esa Fawcett? ―rio el otro convidado―. Aboga porque las mujeres también participen en la elaboración de las leyes. Dice que, si tienen que cumplirlas…
          No, ellos no eran ese personaje del que hablo. Ese par de lores sólo servían para quejarse de que MacDonald les había quemado hasta la camisa y piropear a cuanta hija o esposa se les pusiera delante.
          ―A mí me da miedo lo de que voten… Que todos sabemos que las mujeres, entre la luna y esas alifafes femeninas de las que el decoro no nos deja hablar…
          Sacaron los puros, mis buenos secundarios sin importancia.
          ―Mr. Heller, ¿no tiene que ir usted a la fiesta de los rusos esos?
          ―De la viuda del ruso ―apuntó el anfitrión.
          ―Siempre que lo ve le hace a usted mucha fiesta, Mr. Heller, y no lo entiendo. Usted la ve todos los días, a la misma hora, puntual como reloj.
          El aviso de que me iban a dar las burras de leche era para que me fuera ya.
          Y me fui, esperando encontrar alguna diversión en dicha fiesta o en el camino a, una inocente. ¡Hay tan pocos entretenimientos que no sean culpables!
          Al bajar a la calle y montarme en el coche, me llamó la atención el casoplón de los vecinos, que bajo aquel sol sin sueño del estío, bien podría tomarse por una abadía de príncipes y princesas del bosque. Tras la alta verja estaba en pie un niño, guapo y fresco, vestido con tirantes y pantaloncitos, todo lleno de coquetería. Los caprichos, la vida fácil y el espectáculo de la riqueza hacen tan guapos a esos chicos… que se les creyera formados de otra pasta diferente a la de los hijos de la mediocridad o de la pobreza. Por eso saqué mi libreta, porque a un escuerzo, desmedrado y sin solfa era a lo que miraba; uno de esos chiquillos parias cuya hermosura descubrirían ojos imparciales si, como los ojos de un aficionado adivinan una pintura ideal bajo un barniz de coche, lo limpiaran de la repugnante pátina de la miseria.
A través de los barrotes que separaban dos mundos, el pobre enseñaba al rico su juguete. Este lo examinaba con avidez, como objeto raro y desconocido. Y aquel juguete que el desharrapado hostigaba, agitaba y sacudía violento era un ratón vivo.
          ―¿Pa’chasco te me querrías salir de esa casa de oro? ―Tenía una voz suave, algo impertinente, pero brava―. Bueno, a las mientes me viene que no te vendría mal. Mira qué brazos, ni un jilguero.
          No dejaba de agitar el ratón.
          ―¿No crees que eres muy impertinente? ―le dijo el otro, marisabidillo.
          ―Quia, si me has llamado tú para ver mi rata. Mírala y mírala bien. Es mía.
          Se la agitó en las narices.
          ―¿Cómo te llamas? ―preguntó el niño rico―. Yo soy Daniel “Danny” Banning.
          ―Pues yo soy Rufio, sólo Rufio.
          ―¿Rufio?
          ―Porque soy un rufián ―dijo, sacándole los colmillos―. Cuando menos te lo esperes… ¡BU!
          Y ante un perplejo Danny, Rufio se echó a reír… Sería interesante usar a ese Rufio para una historia, sería interesante ver más…
          ―Oye, ¿en tu casa tenéis música? ―le preguntó al niño rico―. Papá Murray me deja ir a bailar a su club, porque bailo muy bien ―aclaró, orgulloso―, pero como no me paga, no puedo comprar música.
          ―La música no se compra, se hace.
          Interesante. Interesante lo que se podía deducir de sus palabras…
          «Y Rufio fue a bailar y divertir a los invitados de la fiesta…».
          Tal y como mi pluma escribió, pasó. Rufio, más o menos más aseado, se puso a bailar como marioneta rota un foxtrot encabritado. Me enteré de que le pagaban con comida y ala, fuera, como un esclavo. Como no conocía otra cosa, no le importaba… ni a mí tampoco. Un escritor no puede hacer pucheros por sus personajes. Puede escucharlos, liarlos, confundirlos, darles vueltas, sacarles información, acercarlos y alejarlos, hacerlos bailar como a este Rufio, alejarlo de un alma negra como la de ese compositor que le seguía, ese Roger, y llevarlos a decir la frase que les cambiará la vida:
          ―Cosa de fe.
          Y Rufio lo dijo cuando nos hizo un truco de magia, a Roger, que compartía tertulia conmigo, y a mí, sobra decirlo. Escondió una moneda en un cenicero y lo mareó con otro. Tras ese foxtrot sobre la mesa, no había moneda alguna.
          ―Seguro las hadas velarán porque salgas de esta vida ―le dije.
          ―Nones. Ni hadas ni duendes, ni madres ni padres. Calle y juego y baile es lo que creo que voy a tener hasta la muerte.
          Y eso tuvo.
          Las hadas no son buenas madres…
...
Mucho Tiempo Atrás…
En El Bosque Encantado
Tres lucecitas rutilaban a la muerte del crepúsculo sobre la colina que era suya, la de las luciérnagas. Pero no eran tales, pues azul y verde eran colores de hadas.
Eran dos azules y una verde.
Dos ancianas y una joven.
Dos hadas guardianas de hados y una de hadas.
La Fauna, la Primavera y la que había querido olvidar su nombre, el hada Azul, sólo Azul.
―Simples bagatelas ―se lamentó esta, volando a tierra firme y ocultándose entre las flores―. ¿No hay forma de cambiar las cosas?
―¿Y si le hacemos entrar en razón? ―dijo Fauna, la de verde, yendo tras ella.
―¡¿En razón?! ―La otra canosa no voló, se apareció―. ¡¿A Malcolm?! Dejadme que yo le dé bizcochos borrachos…
Mientras Fauna y Primavera discutían, Azul siguió pensando y rumiando su culpa… y su excusa; ¿cómo iba a saber ella que Malcolm iba a ser tan débil, que no se esforzaría ni un ápice en salir de aquel pozo al que lo había dejado caer Fiona? Su hijo habría de ser su luz, pero era el trapo en el que se limpiaba la ponzoña… Encima con alharacas.
¿Sería justo separarlos?
Una sonrisa se dibujó en el rostro del hada.
―¡Sí! ―Mandó callar a sus protegidas a golpe de varita y comenzó con su perorata justificante―: quizás no es lo más correcto… Un acto de amor, caridad… La cabaña del leñador, la que está abandonada… ―Iba dando vueltas, revoloteando entre las flores y las otras dos―. No creo que Malcolm se oponga. Es su única alternativa… Dos bondadosas campesinas, hilanderas solteras, criarán a su hijito en medio de la selva ―concluyó Azul, bien orgullosa.
―Qué almas tan caritativas ―dijo Fauna con una sonrisa.
―¿Y quiénes son ellas? ―quiso saber Primavera.
Por toda respuesta, Azul aireó su varita y cambió sus ropas por unos harapos dignos de cualquier abuela de pueblo.
―¡¿Las campesinas, nosotras?! ―A Primavera no le hacía mucha gracia.
Fauna, en cambio, estaba de lo más contenta, aunque no dejó que eso la cegara.
―Vosotras guardáis y cortáis los destinos. El de ese niño ya ha bailado suficiente ―zanjó el tema la superiora.
―¿Y qué pasará…?
―¿… con el padre? ―terminó Primavera.
―Querrá a su hijo, después de todo…
―Después de todo, lo querrá…
―Podrá mejorar su vida y ofrecerle algo mejor a Rumpelstiltskin ―dijo Azul―. Ahora, vamos, fuera alas y fuera varitas. Hay que hablar con Malcolm al punto…
Adoptó el tamaño de los humanos y se puso en marcha pisando flores…
―¡Azul! ―la llamaron las otras dos, que no podían cambiar sin magia.
Y así, ahora dos encorvadas sombras arrugadas, fueron a por un tesoro baladí en las tinieblas de la ya caída noche…
Muchos felices años pasaron para Rumpel y las hilanderas, pero, a medida que se acercaba la fecha en que el joven cumpliría dieciséis años, las hadas empezaron a inquietarse, pues, llegado el día, la magia que los unía se desvanecería.
Rumpel, ajeno a todo, quiso prepararles una sorpresa por ser sus madres y, más que nada, por haberle dejado ser su hijo.
Y le parecía que era una idea soberbia, mas, ¿qué regalarles? Lo primero que le vino a la mente fueron vestidos, sendos vestidos de tela fina que él mismo confeccionaría… pero no tenía dineros para esas telas ni sus madres ocasión de lucirlos… Y la sastra, que era una desgraciada, le chafaría la sorpresa.
Ese primer pensamiento fue también el último. Sí, Rumpel no tenía ni idea de qué regalarles… ¡Menudo invento! ¿Qué falta le hacía a él dar presentes en SU cumpleaños?
Pero ellas se lo merecían…
Además, no estaban en casa. Era la oportunidad perfecta para darles la sorpresa, que habían tenido que ir a tres pueblos más allá buscando un mercado…
«¡Gracias, nieve!», pensó Rumpel, asomándose a la ventana y dándole un beso al cristal. La ventisca los tenía aislados en una selva blanca y los árboles pelados parecían bastones de chocolate cubiertos de nata…
Chocolate y nata…
¡Un postre! ¡Podía hacerles un pastel!
Se lanzó a por los bártulos… pero… él jamás había cocinado…
Bueno, no sería tan difícil… ¡Y tenía un libro de recetas, obra del mismísimo cocinero real! Menos mal que sabía leer.
―Dos huevos morenos ―leyó con extrañeza, rascándose los que no eran―. Leches, harinas… Azúcar (tres cucarachitas grandes… ¡No! Cucharaditas) y cacao.
Siguió las instrucciones paso a paso. Batió los huevos con el azúcar, la harina y el cacao… un poquito de aceite…
¡Y al horno!
Media hora después se asomó a ver cómo iba.
«No es consistente…», qué raro…
Entonces se dio cuenta de que el horno estaba apagado y de que lo que Fauna y Primavera habían ido a buscar era leña para no congelarse en la Noche Azul…
¿Y ahora qué hacía?
¿Estaba bien tirar la masa? Seguro que no le había quedado tan mal…
¿Y qué les había de regalar?
Se dejó caer en el único sillón que tenían y, sin darse cuenta, empezó a jugar con el tapete de lana que lo cubría… Lana… Quizás no vestidos, pero sí nuevos gorros y bufandas… Fauna y Primavera tenían lana en su alcoba, creía. Y allá fue a buscarla.
Tampoco es que en ese nicho donde dormían hubiera muchos escondites. Estaría la lana en la cajita de costu…
Rumpel lanzó una mirada inquisidora en demasía.
En la cajita que acababa de abrir había dos… ¿agujas? Pero parecían de cristal y eran brillantes…
Cogió una y esta titiló en verde… La dejó caer del susto.
Cogió la otra, que titiló en azul. Esta vez se asustó menos, pensó.
«¿Varitas mágicas?». No podían ser otra cosa. «¡Mis madres tienen varitas mágicas!».
Cuando bajaba, llegó Milah, que se venía a felicitarlo y a pedirle por leña. Él le enseñó las varitas.
―Con esto se puede hacer de todo ―dijo la muchacha, mirando los palitroques con deseo, pero con ese sempiterno mohín de disgusto que la hacía quien era―. ¡Haz algo, Rumpel!
―No sé… la magia siempre conlleva un precio.
―Anda, trae… ―Y le quitó una, la verde―: Esto… ¿y qué hago?
Rumpel se lo pensó dos veces y agitó su varita…
―Carne, tocino y tomillo… ―Unos sacos se agitaron en la despensa―. Sea el pastel de mis tías, que vean que hoy día, de ellas, lo he aprendido y, luego, pasarle cucharada de culantrillo.
Y el pastel de carne empezó a hacerse solo.
―¡Más, Rumpel, más!
El chico se aclaró la garganta y apuntó a la escoba y el recogedor.
―Trabajo baldador, dice Milah que recojáis nuestro salón…
Y como en un vals se movieron los útiles de limpieza.
―Y ahora unas toquillas dignas de una reina. ―Y Rumpel, apuntando a la nada, hizo aparecer las telas, que solas se empezaron a hilvanar.
―Pero mira cómo se mueven las tijeras. ―Milah estaba fascinada―. Pero ese azul tan chillón es tan… chillón… Mejor verde.
Y lo dijo sin saber que apuntaba a las telas, que cambiaban de color.
―¡Milah! ―Rumpel las volvió a poner de su color.
―¡Verde!
―¡Azul!
Pronto, entre risas, dejaron de apuntar a las telas y se apuntaron a ellos. La tez se les quedó de arándano y de guisante.
Rumpel disfrutaba de la compañía de Milah, su casi única amiga en el pueblo, aunque tampoco es que hubiera muchos chicos de su edad. El padre de esta ya le había dejado caer un par de veces que sería bueno para ambos que se casaran, pero ya se sabe, los hijos de los pobres son fruto de la necesidad y las hijas queman como ascuas, pues no sirven para los trabajos bien pagados; hay que casarlas pronto.
Al final se casarían y Milah fue una esposa a la que Rumpel nunca amó con pasión ni devoción. El amor es algo que los pobres tampoco pueden permitirse muchas veces. Guardaban algo de ese cariño de la infancia y les unía la venta de encajes, punto. Mas la cosa cambiaría cuando Milah regalase a Rumpel una criatura celestial que lo acompañase, un regalo que vino ya agrio tras el desertar del hilandero. Para Milah, había entregado su juventud y devoción, su apoyo y su persona, a un sinsangre que nada iba a cambiar. Cuando llegasen a viejos, morirían igual que habían vivido…
Pero eso eran cosas futuras que no importaban en el decimosexto cumpleaños de Rumpel, cuando, otra vez, lo abandonasen.
Sus tías rieron (aunque preocupadas) los juegos de varita y se alegraron por el pastel y las toquillas, pero traían consigo más leña que cortar, además de la recogida en el mercado.
―Rumpel, tesoro… ―comenzó Fauna.
―Sabes que eres lo que más queremos…
―Mas hemos de partir.
―¿Cómo? No es una chanza muy divertida, tías ―rio Rumpel.
―No es una chanza ―dijeron al unísono. Sus rostros eran prueba.
―¿Y por qué os tenéis que ir? ―El joven empezaba a preocuparse―. Yo podría acompañaros.
―Esas varitas…
―Somos hadas…
―Hace años prometimos velar por ti y, ahora, tu camino está hecho y la magia que nos une a ti se rompe.
Hablaban lacónicas y tristes, pero frías.
―¿Cómo vais a ser hadas? No, no, no… ―No terminaba de entenderlo―. No, ¿cómo me ibais a dejar?
―Mañana al alba habremos desaparecido, esperamos…
―¡No! ¡NO, NO Y NO! ¡NO!
Todos lloraron esa noche.
A la siguiente, Fauna y Primavera entregaron varita y alas.
La muerte les llegó.
Para ellas, Rumpel quedó como aquel muchacho honrado e inocente que tenía un buen porvenir y sería feliz… con el tiempo.
Para cuando el Oscuro descubrió de Fiona, el odio a las hadas ya tenía una sazón madura.
Una madre debía proteger a su hijo sobre todas las cosas...
...
La Inglaterra Victoriana
Enero, 2014
Pero la historia que ocupaba en primer lugar era la de Edwin y Cyrus, que volvían del funeral en una bramante berlina del mismo color, tirada por cuatro caballos negros. El potentado no hacía más que pensar en cómo su esposa había vaticinado, no sólo la muerte de su tío, sino tantas otras cosas. Cómo decía haberlas leído y escuchado. Fred siempre estaba con historias raras y se las había pasado a Alicia. Él lo soportó con algo de aprensión, pero con indolencia. Mejor que les diese por ahí que por despilfarrar decorando la casa o trayendo caros modelos de París.
          Y ahora Alicia estaba ya cumplida. Vendría el primer nieto o nieta.
          ―Suegro, mire: visita.
          Cyrus le señalaba otra calesa apostada a las puertas de la finca. Que Edwin supiera, no esperaban a nadie.
          En el salón aguardaba Alicia tejiendo una mañanita. Tenía la misma mala cara que en los últimos días y eso mataba a Cyrus; esa boca triste, esas mejillas ásperas, esa piel lechosa… Habían tenido un embarazo tranquilo, aunque lento. Al principio, el vientre de su amor creció de a poco, augurando a una criatura que no quería nacer, un feto pigre. Pero Cyrus, como su madre le había enseñado, se desvivió y vivió entre friegas de alcohol de romero para la hinchazón de las piernas, paños empapados en vinagre para el dolor de cabeza y, sobre todo, susurros, risas y verbos que envolvían a la muchacha como zarcillo. Así, el vientre creció y creció, la criatura cuajó, pero ahora parecía que no iba a salir nunca de su madre.
          ―Ha venido un médico ―les anunció―. Me ha examinado y va a ayudarnos.
          Suegro y yerno se miraron, extrañados.
          ―¿Quién lo hizo llamar? ―dijo Edwin.
          ―Los Darcy me hablaron de la preñez de su hija y me tomé la libertad de ofrecer mis servicios, señor mío.
          El médico era un mediquillo, si apenas habría salido de la universidad. Un diablo rubito y con cara de niño al que el sombrero y la levita le venían grandes.
          ―Soy el doctor Marigold ―dijo Alva Crane.
          Se conocieron algo más con un té y unas pastas. A Sarah no le gustaban las del horno nuevo, decía que eran un engrudo.
          Engrudo era lo que iban a necesitar para cerrar las heridas de Alicia.
          ―¿Quiere abrir a mi hija? ―Casi que se escandalizaba Edwin.
          ―No como pueden creer. Soy cirujano, experto en abdomen. Con mi mentor estudié y operé en las Américas.
          ―¿Mujeres en estado interesante? ―insistió Edwin.
          ―Mujeres pocas. Su cuerpo es débil para tales intervenciones… mas, alguna sí que operé, sí. Soy un gran médico ―rio e hizo reír a los demás―. La vanidad me puede, pero en apendicitis, por ejemplo, fuimos pioneros mi mentor y yo, aunque los americanos nos superan en el abdomen con la gorra. Recuerdo que en una lección magistral en la universidad…
          Lo que Alva quería era hacerle la cesárea a Alicia. Y hacérsela ya.
          ―Si es la mejor opción para que mi hijo no muera en mí, lo haré ―dijo la futura madre.
          ―Esa decisión compete a su esposo, señora ―le sonrió Crane.
          ―Con amor, superaremos cualquier cosa ―dijo este, dulce, aferrando la mano de su mujer.
          ―El amor… ―suspiró Alva, sonriéndoles―. No se crean, no son la primera pareja de llama eterna que conozco. Mi propio mentor gustaba de contarme acerca de la suya propia…
El Confín De Los Reinos
Hace 500 Años
Ya no podía suspirar por esa canción perdida, mas recordaba aquella sensación, lo que era sentir.
La ilusión, la emoción… eran un solo corazón.
          Era como volver a estar en el barranco, como oír los gritos, todos, los de agonía y los de esperanza. Volver a sentir el abrazo, el abrazo que acabó siendo tan eterno como él había deseado en ese momento.
          Tan eterno como ese final feliz que la vida le dio, el final feliz prometido por las hadas al Ser Oscuro, el que él robó… Pero no se arrepentía ni lamentaba.
          Bueno, sí.
          Pero sólo de que no hubiese durado otra eternidad.
          ―Nos merecemos ser egoístas. ―Su primera lección―. Nos merecemos esta tierra, que será nuestra, sólo nuestra. Los límites más remotos de la existencia.
          ―Nuestra ―le dijo Mantecado, con la sonrisa perdida en la vista crepuscular―. Nuestra…
          Gideon le pasó un brazo sobre los hombros.
          No podían estar juntos en su reino. No podían vivir en su reino. Así que no había por qué sentirse culpable, pues otros eran los que no querían que su historia fuese contada…
          ―La Tierra de la historia jamás contada ―dijo el aprendiz, de pronto―. Nuestra tierra, la de nuestra historia.
          Mantecado miró ahora con preocupación… La luz siempre los ampararía, pero…
          ―¿Y si nos encuentra?
          Gideon le mostró la llave que pendía de su cuello.
          ―Sólo aquí podrán llegar aquellos a los que llaves queramos forjar, si el destino…
          ―No-no me hables más del destino, tonto ―rio el otro chico―. Todo es eventual.
          ―Entonces nuestra historia se contará cuando se tenga que contar.
          ―Lo que tenga que ser, será ―dijo Mantecado.
          ―Lo que será, será.
          ―Eso suena a que no me moriré.
          Ya no había ningún rastro de humanidad en su rostro. Nada.
          Y Gideon lo abrazó del todo.
          ―Te salvaré.
          Su otra mitad se separó, riendo como un loco.
          ―¿No te estoy salvando yo a ti?
          ―¿Cuándo me has salvado tú? ―empezó a reír Gideon también.
          ―El día del barranco.
          El otro puso los ojos en blanco y se dio dos golpes en el pecho.
          ―¿Y qué le voy a hacer si soy torpe?
          ―Yo puedo hacer cualquier cosa, así que tú también…
          Y rieron como locos y miraron juntos el ocaso, el más rutilante de todos los horizontes, el que tardaría vidas en llegar.
          Pero no las suyas.
          En ese mismo paraíso levantarían su casa piedra a piedra, tablón a tablón y paja a paja…. A saber qué material sería más consistente.
          Su eternidad acabaría siendo un parpadeo para los que más allá de ese Confín de los Reinos aguardaban, necesitados y condenados.
          El hogar de Gideon y su Mantecado creció, así como la sapiencia de ambos con cada ocaso que pasaban juntos… Hoy igual que ayer, pero nunca igual. Y algo entre los dos cambió, porque eran, al fin y al confín, un solo corazón.
          Un roce al enseñar cómo usar los cubiertos…
          Una ayuda para vestirse para terminar por no usar ropa. ¡A la porra! ¡Si aquel reino era sólo de ellos!
          Horas y horas leyendo… leyendo lo que escribían, así que aprendiendo a escribir y, antes, aprendiendo a hablar bien… ¿A hablar solo?
          También gozaban no haciendo nada, sólo retozando en el prado junto al barranco o corriendo desnudos por ahí, buscándose y encontrándose.
          Al final la casa estaba ahí para nada… bueno, para que hubiera algún testigo de aquella fábula que se tornaría ancestral cinco siglos después.
          Porque el día que Mantecado pidió a Gideon por enésima vez que cantase la canción de su abuela y él le quiso enseñar a bailar…
          El día que él tomó su cintura, dirigió sus pasos y le dijo que debía aprender que, antes de juzgar, tenía que llegar hasta el corazón.
          ―Cierto como el sol, que nos da calor.
          Recortados por el mismo, sabiendo uno lo que el otro, fueron un solo corazón.
          ―Deja de mirarme así y vete a la alacena ―rio Mantecado, abrazando a su aprendiz, que se dejó abrazar.
          Se habían salvado.
          Parecía.
          ―Eres lo mejor que me ha pasado nunca ―le dijo Gideon.
          Pecho contra pecho.
          Latido y latido.
          ―Tú eres lo mejor y lo peor ―le dijo Mantecado, retirándole el flequillo de la cara.
          Mirar con mirar.
          Dientes que chocaron.
          Risitas de plenitud.
          Un sólo corazón…
―No quiero ni pensar en un mañana sin ti ―dijo Gideon.
―Si ese mañana llegase, sabes que siempre siempre estaría contigo.
Storybrooke
Enero, 2014
―¡POR FAVOR, BASTA! ―gritó Cecil.
          Quería huir de ese lugar, salir corriendo por el camino hasta llegar al pueblo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlarse. No eran más que sus nervios de punta, nada más. Cavando para los muertos… ¿a quién no le pasaba como a él? Aquello era una maldita película de terror.
          Miró desesperado a la textil; sólo el tejado recibía la luz del sol. Eran las seis y cuarto.
          Empezó a trabajar con más rapidez, inclinándose, levantando las paladas e intentando mantener la mente en blanco. Pero la sensación de estar vigilado parecía intensificarse y cada palada de tierra era más pesada que la anterior.
          Se detuvo a mirar en la fosa. Era muy honda y las sombras del anochecer se derramaban en su interior como algo pegajoso y viviente.
          ¡Sacar la tierra con la pala! Eso era, sacar la tierra con la pala, romper la cerradura con la pala y abrir el ataúd con la pala también.
          El sol ya pasaba sobre el techo de Twelve O’Cloak y apenas rozaba las hayas más altas y viejas al oeste del pueblo.
          Cecil saltó a la tumba y empezó a excavar con furia, arrojando la tierra fuera en sombrías explosiones. La pala terminó chocando con la madera y pronto se encontró de rodillas sobre el féretro, golpeando y volviendo a golpear el reborde de bronce de la cerradura…
Por el arroyo, las ranas croaban y un cuervo cantaba.
Las siete menos diez.
          «¿Qué estoy haciendo?», se preguntó.
          Debía darse prisa. Cuando el sol se ocultase hasta mañana, la oscuridad y la niebla serían su perdición.
          Alzó la pala una vez más y la dejó caer sobre la cerradura. Se oyó un chasquido; ya estaba rota.
          Levantó la vista en un último destello de esperanza. Tenía la cara sucia y surcada de sudor y tierra; los ojos, globos blancos.
          «Lo hago por mis hijos. ¡MIS HIJOS! ¡NUESTROS! Y por los nuestros, Laura y yo nos sacrificaremos hasta el final».
          Excusatio non petita…
          Oyó un coche llegar. Debía ser él.
          ―¿Cecil, Cecil, estás ahí?
          Gruñó como respuesta y, jadeante, salió de la tumba, se tumbó cuan largo era y buscó las manijas de la tapa del ataúd… Las encontró y tiró.
          ―¡No, no, aquí no!
          DuChamp había corrido hasta él. Todo lo que se llegó a ver fue algo de satén blanco…
          ―¿Quién está aquí dentro? ―dijo Cecil, furioso, bregando por levantarse.
          ―Mejor que no lo sepas… ―DuChamp daba vueltas al sombrero de ala que llevaba. Parecía un estúpido Colombo gordo.
          ―¿Y qué tiene que ver con mis hijos?
          Se habría abalanzado sobre DuChamp… Ganas de tirarlo al hoyo no le faltaban. Pero sus hijos…
          ―Aprovechando bien lo que hay aquí dentro, Alva no se acercará a tus hijos. Tienes mi palabra.
          Cecil escupió a sus pies.
          ―Ahí tiene usted su palabra.
          DuChamp sonrió, se acercó a Cecil y le colocó bien el cuello del mono.
          ―Mira, guapito, podemos llevarnos bien o puedo ir a tu casa y… ―Alzó una mano y sendas raíces reventaron de la tierra para apresar uno de los brazos del capataz, que cayó al suelo sin remedio―… Y puedo hacerle una visita a tu mujercita y a la pequeñita.
          Cecil guardó silencio. Las raíces se aflojaron y volvieron a los infiernos.
          ―No sé qué trama, pero, sea lo que sea, lo detendrán. Cuando su hijo se entere…
          DuChamp se echó a reír y fue de lo más desagradable que Cecil había oído nunca.
          ―Lo único que hago es proteger a este pueblo, a mi hijo… a tu familia… Pero, claro, tú eres guerrero, ¿qué vas a saber de estrategia? ¿Qué vas a saber de victoria? De Camelot tenías que ser… ―Y volvió a reír.
          ―Yo soy de su reino ―dijo Cecil, poniéndose en pie, agarrándose a DuChamp. Estaba agotado―. Soy de su reino…
          El rey lo miró divertido.
          ―Tú no sabes cuál es mi reino.
          Y lo apartó de un empujón.
          Solo, sin ninguna ayuda, levantó el ataúd y lo cargó en su coche. El caballero de la mesa redonda no lo pudo creer.
          ―Posee magia. ¡Usted posee magia! ―casi gritó, alzando un dedo acusador.
          ―Ve a la cabaña de Gold, que van a linchar a Maléfica ―le dijo él, indiferente―. Avisa de que en la casa de la Cenicienta hay un incendio.
          Cerró maletero y puertas y se puso en marcha.
          Cecil iba a gritarle que tenía que tapar el hoyo, pero vio que las hiedras y raíces del diablo ya se encargaban del asunto. Aquel bastardo sólo quería humillarle…
Caos. Storybrooke era un caos como nunca antes. La muerte de Drizella no le iba a venir mal, después de todo… Y cuando tuviera a Mortimer con él…
          ―Señor, ya está aquí el camión ―le dijo el de seguridad del hospital, un enanito… a saber cuál. Nunca los distinguía.
          Había dado orden de que le trajeran el ataúd por el garaje, así no llamarían la atención y lo podrían bajar a la habitación del principito… Después de tanto tiempo, de tantas pesquisas, tanta prueba y error… Ahí estaba. Por fin.
Una rata correteó a sus pies. Había visto muchas en los últimos días. ¿Sería por el tiempo? ¿La niebla? Buscó sus gafas, se las puso y se acuclilló.
          «Depredadores», reflexionó el hombre mientras entrelazaba las manos a la espalda. «Ratas, búhos, lobos… No hay lobos en Storybrooke… Perros… Miserables bestias que tiemblan y aúllan ante paso extraño… Había que matarlos a todos».
          El estruendo de la puerta del garaje al abrirse lo volvió a la fría y húmeda realidad. El enanito y otro de mantenimiento sacaron el ataúd, que iba bien embalado, y lo pusieron en un carrito que el propio DuChamp condujo.
          No perdió más tiempo en bajar.
          «Isaac Heller», rezaba la placa de la habitación a la que debía ir. Ratched nunca lo delataría.
          ―¡Usted!
          DuChamp lo cayó con un ademán. No precisaban presentaciones.
          ―He traído un regalo de nuestra madre tierra.
          Pensó también que la próxima vez le debería traer… ¿una máquina de escribir? Unos pocos días de encierro ya habían acabado con el autor. Pero se lo merecía, así que no le daba ninguna pena.
          ―Nunca he sido aficionado a la horticultura. No sé qué me puede interesar algo que haya sacado de la tierra… ―enfatizó un poco en el «algo» y DuChamp entendió por qué. Él era el autor, él lo sabía.
          Abrió el embalaje y descubrió el ataúd. Isaac sonrió de forma inquietante… El rey Hubert se acordó de los tiburones.
          ―Lo trajo. El Hechizo Oscuro lo trajo.
          ―A saber de quién era el deseo de que cruzase desde los confines hasta aquí… ―masculló DuChamp.
          Tiró de los goznes.
          Abrió la tapa.
          Se dejó ver primero el satén blanco. Luego una manga oscura… y la cara.
          A DuChamp se le congeló el aliento. Una cosa era leerlo, pero eso…
          Los ojos estaban abiertos, como en el libro. Bien abiertos y nada vidriosos y resplandecían con una vida horrorosa. La cara tampoco tenía la palidez de la muerte; las mejillas rebosaban rubor.
          ―Podría decirse que me has traído un ataúd vacío ―rio Isaac, acercándose.
          Allí yacía el mismo vacío. El mismo niño hermoso de tantos cuentos atrás, el mismo de la fábula ancestral, el mismo que Gideon había abandonado.
          ―Va-ni-tas ―dijo DuChamp.
          Y volvió a cerrar el ataúd.
El Bosque Infinito
Años Antes
―Deberías cubrirte la cabeza, esposo ―dijo Laura mientras los caballos trotaban hacia el este―. Te vas a enfriar.
―No es más que agua…
Maximus tenía la cabellera empapada y pesada, con mechones pegados a la frente, pero no le importaba. La lluvia de Bosquenegro era suave y cálida y a él le gustaba sentirla en la cara. Le hacía volver a su infancia, a los infinitos días grises cerca de la Atalaya, a cuando jugaba con el resto de la quinta a la guerra con las ramas dobladas por la humedad, a cuando se tiraban pasteles de barro… y hasta recordó cuando, siendo más niño, se los comía hasta ponerse enfermo.
A Laura no le gustaba la lluvia. En Lis era fría y dura, mataba cosechas más que nutrirlas y helaba todo el ancho y largo del reino. No era una lluvia bajo la que bailase nadie.
―Estoy empapada ―dijo Laura, abrazando más al bebé que abrigaba entre mantas de borreguito, la pequeña Frances. Estaban en bosque cerrado y los cascos de los caballos chapoteaban en el lodo del camino―. Espero que tengan preparado un fuego digno, por Zeus. Y una buena cena caliente… Tengo un antojo de lacón con grelos…
Iban a pasar la Noche Azul a la posada que Tiana y Naveen por fin habían conseguido abrir, entre los bosques Infinito y Caledonio, entre el Encantado y el de Camelot.
Entre bosques, más que nada.
Laura no había dejado de pensar en las sonrisas y en los buñuelos de la niña de sus ojos (podía tener dos) y en cómo, por fin, el pasado más doloroso quedaba atrás…
Miró a su Frances y la abrazó aún más.
El ocaso tendía su manto cuando alcanzaron la posada. Tiana, más radiante que nunca y embutida en un vestido verde hilado por viudas de la Atalaya, les dio la bienvenida a besos, les quitó las botas para que Naveen las limpiase y los llevó arriba para enseñarles su buhardilla.
―¡Estamos hasta arriba! ―dijo, loca de contenta―. Como algún viajante más venga, tendrá que dormir en el camino… O no. No le cobro y se apañan dos mesas, ¿verdad?
Laura y Maximus le dijeron que verdad y ella se llevó a Frances para prepararle algo de cuajada… ¿No la podía tomar? Pues leche con miel. Tiana tenía de todo.
―Parece una cuadriga ―rio Maximus.
La sala común era la más grande que la pareja había visto nunca. En un extremo estaba la chimenea, a la que no tardaron en acercarse, en el otro, toda una hilera de toneles de madera de los que Naveen escarceaba sidra. Por entre las mesas, un criado jovencito iba de acá para allá con espetones de carne.
Los bancos estaban abarrotados y las gentes del lugar se mezclaban con errantes de lo más pintorescos. Maximus y Laura se sentaron entre un tintorero del mismo Camelot y un pescador y pescadero de río de allí mismo, del Bosque Infinito. Frente a ellos, varios mercaderes intercambiaban chismorreos y señalaban a la mesa de al lado. Laura se fijó bien y sintió un nudo en el estómago al ver a ser Morgan con su hijita Violet… ¿Debería ir a decirles algo? ¿Debería ignorarles? Tiana le trajo a Frances de vuelta y el caballero y su niña fueron olvidados.
Les pusieron delante gruesas rebanadas de pan y carne recién sacada del espetón, chorreandito de jugos calientes. De otro espetón les sirvió cebolletas, guindillas, ancas de ranas y setas gruesas y jugosas.
Comieron hasta reventar y bebieron hasta bailar.
A la hora de los deseos, dejando a la niña en brazos de su esposo, Laura salió a la fresca. El espectáculo del cielo invitaba a pedir.
Y ella pidió.
―Laura, ¿qué haces? Anda, vuelve dentro, que Louis va a tocarnos algo…
Allí, entre bosques, la magia era rica. Siempre había, de día y de noche. Y mientras las hadas hacían lo suyo, en la posada la música y el baile crecían, relumbrando los pantanos de alrededor.
Ya en el cielo, el hada Gothel se encargaba de que las dos estrellitas a su cargo brillasen para caer en brazos de Laura y Maximus por la mañana.
Se acabó la larga odisea por querer reunir una familia. Tres hermanos. Tres finales felices.
...
Maine
Enero, 2001
«Cogedlo. Llegado el momento, os guiará hasta vuestra tercera hermana».
Ingrid sostuvo en alto el pergamino y quiso leerlo, pero no podía. Los nervios y el miedo la llevaban a pensar que todo era una trampa, una mentira, que aquel brujo nunca la había ayudado…
Pero había conocido a Emma, ¿no? El ermitaño no mentía… Y la quería allí. La quería allí.
Leyó las runas con el corazón en un puño…

          «Emma. Emma. Emma».
Fue como si el mundo se detuviera. Como si el planeta diera un frenazo y lanzase a la princesa de Arendelle a otra dimensión por la ventana del copiloto; eso era lo que te llegaba si ibas por la vida sin mirar, con la música a todo volumen y pasando de las señales del camino.
          ¿En realidad, qué importaba? Ingrid estaba justo donde quería hallarse, en medio de la calle principal.
          Todo era verdad. Hasta su sonrisa.
          ―Hola, Storybrooke.
          Y lo primero era ir a ver al brujito.
Michael Oswald estaba despierto.
          Gideon Potts estaba despierto.
Por la mirilla improvisada en la ventana helada con un centavo caliente, el anciano vio la nevada. Los copos eran como enjambres de abejas blancas.
«Pero lo que yo tenía era una fábrica de avispas», pensó… y rio de pena… Ya estaba otra vez perdido en memorias decembrinas.
Un ojo cariñoso y dulce asomaba tras la mirilla, pero nadie lo vería… Nadie vería nunca a Michael Oswald.
«No cuajará. Por la mañana, lloverá».
Iba a irse a la cama cuando la vio; la gran estrella de nieve, la reina de esas abejas, aún hermosa y distinguida en ropas de paleto del medio oeste. Quería parecer la dama de hielo, pero bastaba mirarla a los ojos, lunas límpidas, para ver que ni paz ni reposo había en ellos.
          ―El invierno por fin llama a mi puerta ―le dijo al salir.
          ―Espero que hayas sido igual de paciente que yo. ―No era un reproche, pero así sonó―. Conocí a mi hermana.
          ―Y antes de tiempo… ―La invitó a pasar. No le ofreció nada―. El día de su vigésimo octavo cumpleaños vendrá y…
          ―Y sabrá que le decía la verdad, que es especial. ―Los ojos de Ingrid brillaron como cientos de cristales―. Las cosas se han puesto bastante feas por Minnesota…
          ―Ya me he enterado.
          ―¿Cómo?
          ―Las noticias las portan muchos Isaacs Heller y las leen otros peores que ellos.
          Le pasó una revista (editada en Nueva York, según vio la mujer) cuyo titular rezaba «NIÑO HUÉRFANO AFIRMA QUE SU PADRE NO HA MUERTO Y ESTÁ EN OTRA DIMENSIÓN». Era un ejemplar de Inside View. Enero de 1984.
          ―Hay más. Ya te las enseñaré.
          El anciano fue hasta la cocina para calentar chocolate. Una vez más, Ingrid hizo gala de su paciencia.
          ―He de quedarme en Storybrooke.
          ―Por supuesto.
          ―Aunque falten diez años para que llegue Emma.
          ―Diez años y diez meses.
          ―He traído lo que me diste.
          ―Aquí no te servirá, pero tengo nueva documentación.
          Otra vez, Ingrid aguardó a que el anciano bajase con los papeles.
          ―¿Sarah Fisher?
          ―La reina Regina, alcaldesa Regina para ti, no sospechará de ese nombre. Significa mucho para ella… ―Le pasó otra carpeta de documentos―. Este es el contrato de alquiler de tu casa. Es consistente con el pasado que inventó el hechizo a varios, así que Regina no meterá las narices.
          ―¿Y cuál es ese pasado? ―Cuando Gideon se lo contó, Ingrid arrugó la nariz―. Yo jamás haría eso.
          ―Por eso será que Regina no dudará. El hechizo te convierte en aquello que te hace infeliz y mata tu espíritu.
          ―Pues tú estás igual.
          ―¿Otra vez esta conversación?
          Un fino rubor apareció en las pálidas mejillas de Ingrid.
          ―Pero no entiendo cómo esa Regina parece omnisciente.
          ―Y omnipotente ―rio Gideon, probando su chocolate―. ¿Sabes lo que es un bucle temporal? ¿Has visto «El día de la marmota»?
          Ingrid no movió un músculo, pero era claro que no entendía, así que el aprendiz cogió una hoja y dibujó un monigote y una flecha que salía del papel.
          ―Un bucle, un universo que se repite hasta el infinito donde todo está condicionado. No hay pasado; no hay futuro. El mañana es el ayer… Es como lo del huevo y la gallina.
          ―Ya… ―Como si le hablase en esperanto.
          Gideon sonrió y le puso el dibujo delante.
          ―Imagina que estás en una habitación enorme y oscura y que una luz brilla a tu izquierda… Ese haz mantendría su dirección, la misma línea fija, por siempre. Es impensable que vaya a volver a ti por la derecha, ¿no?
          ―Creo que no lo…
          ―En un bucle, se cambia la topología ―la cortó él, haciendo un cilindro del dibujo―. El bucle la curva y nada queda en su lugar. Sólo el propósito del Hechizo Oscuro.
          Ingrid vio ahora cómo la flecha que salía del folio ahora regresaba al monigote por la derecha.
          ―¿El de la reina?
          ―Todo se crea de nuevo cada día con un ciclo eterno y las gentes siguen las leyes de Regina a través del tiempo y el espacio. Todos jugando su papel, todos en bucle, en un bucle conectado al principio de causalidad.
          ―¿Cómo sabes tanto?
          ―Soy viejo, Majestad ―rio el aprendiz―. Más viejo que este hechizo y su creadora. Pero entiende esto: todos los días son el mismo en Storybrooke, final de mes, como final de octubre (y un buen puñado de gente paga todos los días el alquiler del mes a Rumpelstiltskin, porque todas las mañanas el dinero vuelve a aparecer en sus manos), y cada mañana todos olvidan lo que han hecho el día anterior, así se repite el final feliz de la reina una y otra vez, una y otra vez, pero hete ahí el precio. Si quieres esperar a Emma aquí, habrá de parecer que tú haces lo mismo, que has estado aquí desde antes de que pudieras recordar, que eres infeliz y, sobre todo, no llames la atención. Yo te estoy dando un pase a la ciudad, pero no te protegeré si Regina cae sobre ti.
          ―¿Y quién seré yo en la ciudad?
          ―La heladera. Trabajarás en Any Given Sundae, que es de un tipo llamado Salinger.
          ―¿Y no se extrañará Regina al ver que yo aparezco allí? ¿Y ese Salinger?
          ―Como ese heladero era uno de los protectores de Blancanieves, un enanito, Regina se ensañó con él… demasiado, y ahora ni ella se le acerca.
          ―¿Qué le hizo?
          ―Salinger es un maníaco, pero está limitado por el hechizo. Cuando el tiempo se restablezca, ocurrirá la desgracia que piensa cada día. Por eso, este es el precio de mi ayuda: borra sus recuerdos. Que no quede nada. Si su mente está vacía, el hechizo no tendrá nada que restaurar al caer el alba.
          Ingrid cabeceó. No entendía una cosa:
          ―Pero, si Regina sabe que ese enanito es un heladero… ¿no se extrañará igual si lo ve sin ocupación o a mí en su lugar?
          ―¿Te crees que aquí sólo hay una heladería? Regina no sabe en cuál trabaja ni sabrá que has usurpado su lugar. Yo me traeré a Salinger hasta que el bucle se rompa.
          ―Cuando Emma llegue…
          ―Cuando Emma llegue…
...
―Sé que esto tiene poco sentido para ti y lo siento, cree que lo siento ―dijo Ingrid, ahora Sarah, a un enanito que, más que Mudito, debía llamarse Asustadito―. Lo siento mucho, de veras que sí.
          Un día tan perfecto como otro cualquiera, Salinger se había levantado a las seis y media, dejado dormir hasta la siete, duchado, puesto la ropa del día anterior y corrido hasta su heladería mientras apuraba un café. Se tendría que acordar de lavar la taza luego, que se le estaban amontonando en la cocina de «Any Given Sundae», pero esa mañana no iba a tener nada ni de perfecta ni de corriente. Una loca lo esperaba en la tienda para… ¿robarle? Eso fue lo primero que pensó y, amordazado y amenazado, seguía pensándolo, pero ya no le preocupaban los verdes de la caja, sino su vida. Su propia existencia. ¡Aquella loca le iba a robar su vida! ¡Tenían que sacarlo de allí! ¡Tenía que aparecer un sheriff que llevase tiempo siguiendo el caso o un profesor con ínfulas de detective o algo parecido! ¡Con Stephen King siempre pasaba!
          ―¿Sorbete de zanahoria? ¿Cómo se te ocurrió? ―rio la loca, discreta, organizando el expositor―. ¿Cuál es el que menos se vende?
          Se oyó la puerta y al enanito se le habría escapado un grito si hubiera tenido voz. ¡¿Quién venía a salvarle?!
          ―¿Quién demonios eres tú?
¡La alcaldesa! ¡Y estaba enfadada! Gracias al cielo.
          ―Soy… la heladera… ―Salinger se quedó frío con esa respuesta y con lo bien que se hacía la tonta la loca―. ¿Le gustaría probar algo de chunky monkey?
          El enanito se pegó a la pierna de la pretendida heladera. ¡La Mills debía oírlo! Pero la mujer mantuvo el tipo. Vaya si lo mantuvo.
          ―¿Has visto qué tipo tengo? ―¿La alcaldesa le leía la mente?―. ¿Acaso parece que tomo ese chunky monkey?
          Salinger pegó la cabeza al pie de la loca. Esta ni tembló.
          ¿La alcaldesa se acercaba?
          ―¿Cómo es que nunca antes te había visto?
          ―¿No lo sé, señora alcaldesa? ―Qué mal actuaba la desgraciada. La alcaldesa lo salvaría, porque sería otra desgraciada, pero no tonta―. Trabajo aquí desde…
          ―¿Siempre?
          ―¡Sí! ―Lo más alto que hablaba la loca era un susurro desafinado. Mudito le dio con la barbilla en la espinilla―. Desde siempre… Odio el frío… ―Le dio, le dio y le dio. ¡¿La alcaldesa no se daba cuenta o qué?!―. Ni siquiera sé por qué tengo este trabajo… es como si alguien en una vida anterior me hubiera maldito…
          Y el enano quedó helado al ver como aquella loca lo miraba, primero de reojo, luego durante un eterno segundo.
          Aquella no era una loca.
          Aquella era peor que «Eso». Peor que la alcaldesa. Peor que todo.
          ―Bueno… lo siento, señora alcaldesa ―dijo, recuperando la endereza y el papel que interpretaba la muy muy (y mil veces que lo fuera) desgraciada―. ¿Está segura de que no quiere nada?
          ―No. ―¡NO!―. Que tengas un buen día.
          ¡NO! ¡NO! ¡NO!
          La alcaldesa se fue.
          Salinger se preparó para algo peor que la muerte. Las sonrisas psicópatas de la loca hacían buena a la madre de Norman Bates.
          ―Oye, Mudito… ―le dijo, sonriendo como una madre… y acuclillándose―. ¿Tú eras el mudo, verdad? ―Le quitó la mordaza y al ver que no gritaba, lo felicitó―. Porque no sólo necesito que guardes silencio, sino que olvides. Puede que no haya magia en este mundo, pero, por suerte, traje algo del mío…
Mudito no la escuchaba, sólo rezaba y juraba que, si lo salvaban, no leería jamás a Stephen King… Esas historias sí que eran una desgracia. Y él, otra.
―Verás, tu reina malvada debe quedarse tranquila, al margen.
Le mostró una especie de topacio lila…
Qué tranquilo se quedó Salinger cuando lo vio.
Y qué tranquilo se iba a quedar por once años más.
«… Amén…» concluyeron sus rezos… y el castigo de la reina.
Estaba salvado.
...
Storybrooke
8 Meses Después. Agosto, 2001
Otra vez las 6:30.
          Graham no estaba. Lo que menos le apetecía era tenerlo encima.
          Regina giró en la cama, boca abajo. ¿Otro día yendo al ayuntamiento a hacer la imbécil con otros imbéciles? ¿Otra vez soportando los mohines de la ñoña de Blanca?
          No quería levantarse.
Y se levantó.
Los días perfectos que se sucedían debían empezar por ahí, con ella levantándose. Era como si el hechizo también hiciese mella en ella.
Desayunó su cortado y los mismos cereales integrales de miel y manzana.
Era el día 6506 de Storybrooke. Diecisiete años, nueve meses y veinte días.
Era la seismilésima quingentésima sexta vez que la alcaldesa arrastraba sus tacones por la calle principal. Verla era para el resto como sentir la caricia de una mosca.
Al llegar a «La Abuelita», se extrañó. Ni rastro de ella o la descocada de Roja. Tampoco estaba puesto el cartel… Iría adelantada… Sí, Alva Crane se lo confirmó cuando lo vio llegar al puesto de frutas, caja de herramientas en mano diestra y saludo en la zurda.
Regina le giró la cara.
―¡… estuvieras de juerga en juerga por la costa este!
Ya salían Ruby y la abuelita a poner el cartel.
―¡No puedo creer que me hayas vuelto a poner en el turno de mañana!
Regina se sabía aquello de memoria y se creía capaz de imitarlas hasta en francés (je ne peux pas croire que tu me mets de nouveau au le décalage de matin) o en alemán (ich kann nicht glauben dass du mich wieder in die Frühschicht gesetzt hast).
―¡Cuando puse cocida en el menú, me estaba refiriendo a la patata!
Y ahí saltaba el grillo…
―¡Buenos días, señora alcaldesa!
Ella lo siguió con la mirada mientras cruzaba… siguió a Gold, ya al final de la calle; se giró a ver cómo las lobas volvían dentro; cómo Alva le cogía las manzanas; otra vuelta a ver a Marco maldiciendo… Y al girar de nuevo…
Cabezazo con Mary Margaret.
―¡Tenga cuidado! ―Dolía.
―Sssí… se-señora alcaldesa…
Regina no le dedicó más tiempo. Fue a Alva y casi le gritó que ese día trabajaría desde casa y que quería a Hopper allí en dos horas. Luego marchó por el mismo callejón.
No quería que la vieran llorar.
A cuatro mil kilómetros y medio, Emma Swan también lloraba. Su niño merecía una oportunidad mejor de la que ella podría darle.
En menos de un mes, Regina se la daría.
El niño estaba a salvo.
...
Diciembre, 2010
―Henry, de verdad, no sé cómo te has podido poner eso para ir a la ciudad…
          Un bache había vuelto la atención de Regina hacia su hijo, quien pensaba que parte de culpa tenía ella, por no haberlo supervisado. Mamá siempre esperaba demasiado…
          ―Pero… ¿tú te has visto? ―Ella no, porque no quitaba los ojos de la carretera, pero su mano planchaba el pantalón de chándal del niño―. Con la de ropa bonita que te compro. Y ese pelo…
          Henry deseó haberse traído el walkman.
          ―Mamá, todos los niños de mi clase…
          ―Pareces un monje medieval con ese peinado, cariño… ―Le siguió planchando el pantalón. Conservaba una especie de raya, quizás para Henry ya era ir elegante―. Anda, ponte derecho.
          Y Henry se irguió todo lo que el cinturón le dejó.
          Cruzaron un puente y siguieron la carretera 1. Entonces comenzaron a circular más rápido. Dejaron atrás varias gasolineras, vallas publicitarias de moteles y el «HOFMANN'S, EL MEJOR RESTAURANTE DE LANGOSTA DE MAINE». Dejaron atrás algunas casas y Henry vio a un hombre que regaba su jardín. Vestía ropas de nieve y no se marchaba a ninguna parte. Henry sintió compasión por él. Dejaron atrás las marismas y las gaviotas que las sobrevolaban. El infierno quedaba atrás. Era Navidad y el día estaba despejado.
          Era el día en que, al fin, conocería algo más allá de Storybrooke.
          Aunque fuera Boston.
          Ignorando a su madre, se puso a mirar por la ventanilla, quedándose embobado con el paisaje del litoral entre Portland y Kittery. En New Hampshire tomaron la autopista y entonces entraron en Massachusetts. No mucho después, cruzaron un enorme puente y ya estaban en Boston. Había miles de luces de neón, miles de coches y autobuses y edificios en todas partes. Pasaron un dinosaurio naranja que vigilaba un aparcamiento. Pasaron un gigantesco barco de vela. Pasaron un rebaño de vacas de plástico frente a un restaurante. Henry veía gente por todas partes y tanta gente le asustó. Pero también le encantó, porque eran extraños.
Luego coronaron una colina y llegaron a un puente mucho más grande con, al otro lado, edificios mucho más altos, rascacielos alzándose hacia el cielo como flechas de plata y oro. Henry abrió los ojos tanto como pudo, como si estuviera presenciando la explosión de una bomba atómica.
―No te vayas a comportar como un cateto ―le dijo su madre antes de abrazarlo y sacarlo del coche.
Pero Henry no creía lo que veía o, más bien, lo que no veía. Ni la abuelita, ni Ruby, ni Marco, ni Archie ni nadie que conociera. Todos extraños, todos haciendo cosas diferentes.
―Ese hombre también trabaja arreglando un cartel, mira ―le dijo a su madre, señalándole a un obrero negro subido sobre un escaparate―. Cuando llueva…
―Sí, sí, Henry… Anda, vamos a ver el partido.
A Regina no le hacía mucha gracia aquel viaje. Una reina jamás abandona su trono, pero por Henry… Henry quería salir, necesitaba aire, no estar tan mustio. Además, ella quería pasar un día a solas con él, qué diantres, sin clases particulares y sin interrupciones de idiotas del pueblo. Un día para ellos, para hacer lo que les viniese en gana, pues al día siguiente, ya de vuelta, sería el mismo día.
―Mira, mamá ―se emocionó ahora Henry, señalando una cabina―. Aquí las llamadas cuestan dos dólares.
―No entiendo cómo la gente puede vivir aquí. ―En Storybrooke costaban diez centavos.
Llegaron un poco tarde al estadio, pasada la una, pero el partido fue espectacular; Boston derrotó a los Birds en diez entradas, 3 a 2. Boston tenía un mal equipo aquella temporada, pero en aquella tarde de diciembre jugaron como campeones.
―¡¿Nos podemos quedar un día y venir mañana otra vez, porfa?!
―Mañana no hay partido, Henry ―dijo Regina, divertida, envolviéndolo también con su bufanda.
―¿Cómo que no?
―No.
Henry no entendía nada.
―Pero si los dos equipos del colegio hacen la final todos los días…
―Eso es porque Storybrooke es muy chico y no hay con qué entretenerse. Es otro mundo.
Después del partido, pasearon por el centro de la ciudad, curioseando. Para desgracia de Regina, Henry quiso entrar en una tienda de adornos navideños artesanales. El pobre no sabía nada de la Navidad.
―¿Por qué en Storybrooke no hay Navidad?
―Navidad, bah, tonterías. ―Se hizo la loca su madre―. Vamos a ver si hay cabalgata.
 Para entonces, el estómago de Henry rugía. Regina había devorado un par de perritos durante el partido, pero el niño estaba demasiado impresionado por el espectáculo de los jugadores (personas reales con el cuello sudoroso) para poder comer. Le sobrecogió también la multitud, miles de personas, todas en el mismo lugar. Pero ahora estaba hambriento.
―¡Mamá, quiero una de esas, por favor!
Le señaló a una abrigada Blancanieves (entiéndase una pobre universitaria disfrazada para hacer publicidad) que ofrecía algunos bocados e invitaba a un restaurante… «Las siete delicias». A Regina casi que le vienen siete vomitonas.
―Silbando al comer… ―canturreaba.
―Te atragantarás ―la interrumpió Regina, sonriendo con malicia.
―¿Quieren pasar a probar nuestro menú del día? Es el más delicioso de todos.
―Pues tenga cuidado, no sea que la competencia envíe un cazador a arrancarles el corazón. ―La sonrisa de Regina se ensanchó.
Entraron y Henry pidió filetes. Desde la barra vieron como les sacaban los más gordos y rojos los echaban, bañados en sal y especias, casi con desprecio, sobre la parrilla. Una llama flameó.
―Mamá… Mira. ―Le señaló el tablón con los menús del día―. Cada día hay algo diferente de comer. ―Regina asintió―. El menú del día en el colegio siempre es el mismo todos los días. Igual donde la abuelita.
―Eso es porque esto es muy grande, hay mucha gente y a nadie le gusta lo mismo.
Pero Henry estaba con la mosca detrás de la oreja. Allí nadie parecía hacer lo mismo todos los días, por lo que oía, pero, claro, si su madre decía que todo era normal, normal sería.
Tras comer, bajaron al metro y dieron vueltas en él hasta que se les pasó la novedad… hasta que Henry se mareó y vomitó en sus botines, más bien. A la salida se les acercó una sintecho y les gritó algo acerca del fin del mundo. Parecía que les culpaba de ello, pero Henry no hubiera podido asegurarlo. Su madre le dijo que estaba loca, que había un montón de locos en la ciudad.
Para terminar, fueron a ver una obra de teatro que iba a estar por última vez en la ciudad (¿no la hacen todos los días?). Henry no la entendió muy bien, pero a Regina le encantó. Se sentaron en algo que llamaban «el reservado» y que estaba cinco veces más alto que los balcones del cine de Storybrooke.
          Al salir, entraron en un fotomatón y se hicieron algunas fotografías: algunas de Henry, otras de Regina, otras de los dos juntos. En las que salían juntos, no paraban de reír.
―Quiero volver, mamá, quiero volver ―le dijo cuando se pusieron en marcha a Maine―. Ha sido el mejor día de mi vida.
―Un día único ―contestó ella, cogiéndole de la mano.
La veda quedaba abierta.
Cuando Henry se levantase al día siguiente a las seis y media, tuviese el mismo desayuno y hablase de lo mismo con su madre; cuando saliese con ella, camino del colegio, y viesen que Ruby se había vuelto a dormir, que Alva compraba las mismas manzanas, que Marco arreglaba el mismo cartel… cuando eso volviese a ser lo mismo, una y otra vez, cuando las preguntas de Henry comenzasen, una y otra vez, cuando el día perfecto fuera y fuera por siempre jamás de los jamases, habría llegado, entonces sí, lo que habría de ser: Érase una vez.
...
Octubre, 2011
Embestía, exhausto, las curvas toscas e insistía, infausto y furioso, en que había visto a los espectros.
Catacracatacracatacracatacrac…
Argus siempre tomaba el mismo camino hacia la escuela. Siempre resbalaba por él cuando había nieve y siempre se embarraba cuando llovía. Luego no lavaba los pantalones ni los zapatos y así los tenía.
Catacracatacracatacracatacrac…
No le gustaba aquel lugar tan desangelado. Muchas veces, ni él sabía por qué, sentía que alguien acechaba, que alguien lo seguía.
La bici se bamboleó loca. Argus iba de pie sobre los pedales, aferrado al manillar con las muñecas hacia arriba y la cara vuelta hacia el cielo nublado, con el cuello surcado de tendones salientes.
«Echo de menos llevar naipes en las ruedas…».
Echaba de menos tantas cosas desde aquel día en que encontrase a su esposa en la cocina, esperándolo, igual que lo habían esperado sus padres cuando era niño…
Pedaleó aún más; más que nunca en su vida. Era como si las entrañas le estuvieran subiendo, perdiendo anclas. Sentía, en el fondo de la garganta, un cobrizo gusto a sangre. Su boca colgaba, abierta, tragando aire a paladas. Y lo llenó un descabellado e irresistible entusiasmo, algo salvaje, libre, suyo.
Un deseo.
Se irguió sobre los pedales, instándolos, castigándolos.
Catacracatacracatacracatacrac…
El bosque pasaba como un borrón y la bicicleta zumbaba.
Catacracatacracatacracatacrac…
Más adelante, como un bello sueño, estaba el STOP que indicaba la intersección con la carretera. Los coches pasaban en ambas direcciones por la West Avenue.
En su exhausto e infausto terror, a Argus le pareció casi un milagro.
Entonces, se arriesgó a mirar por encima del hombro.
Lo que vio le hizo invertir los pedales con un brusco movimiento. La bicicleta patinó, estampando goma con la rueda trasera, frenada.
El camino estaba desierto.
Siguió a pie.
Catacracatacracatacracatacrac…
Como odiaba ese ruido. ¿Cuántos años hacía que tenía esa basura?
Fue el primer regalo de su mujer, por eso le tenía cariño.
Pero las ruedas estaban para tirarlas.
Catacracatacracatacracatacrac…
Giraban y giraban, subían y bajaban… y pasaban sobre cualquier camino que encontrasen.
Y él estaba tan cansado de aquella vida por la que tanto había luchado, de aquel sueño que siempre se le escurría. Ahora era suyo y lo envolvía como una raíz, una hierba que lo arrastraba.
Siempre se dejaba caer de la bici y entraba firme en la escuela, dejando a su trenca negra volar como las alas de un murciélago.
Iba a su despacho y se cruzaba con algunos niños, pero casi no conocía a ninguno, porque el ministerio lo había hecho director en un pueblucho olvidado y los directores no daban clase, cuando él quería ser profesor de poca monta en una ciudad que lo aplastase de verdad.
«NO HAY FUTURO», había grafiteado alguien (alguno de los Zimmer) otra vez en la pared. Cuán cierto era… pensaba también Argus.
Forzaba sonrisas tímidas y tristes a los niños, devolvía algunos saludos, pero casi todos le evitaban… Entonces aparecía la de música y el hombre no podía más.
―¡Buenos días! ―saludaba ella, todo simpatía―. Estoy ya con lo de la reunión de padres, pero sabes el tiempo que manejan ellos…
La simpatía daba paso a azoramiento, porque Argus apretaba el paso en las escaleras y Dodie, entre las carpetas y el café, no le seguía.
Claro que él a ella tampoco.
―En menudo jardín me has metido con esto… ―Risa de falsete―. Ya sabes, Argus, que yo también empecé psicología con lo del curso puente y todo eso, pero que tuviera tantas matemáticas y tanta biología… me mató.
Llegaron al despacho, contiguo a la sala de profesores.
―Haz tu trabajo y ya, Dodie ―dijo Argus, cansado, sin ganas―. Parecéis peores que los niños. Espabilad igual de bien que ellos… Pero, si tienes dudas, me vienes a mí. Ante un error tuyo, he de hacerlo todo yo mismo.
―Bueno… ―volvió a reír la profesora―. Te quería comentar que si podrías ir a echarles un ojo a los de cuarto en esta primera hora. Mary Margaret no tiene guardia y la profesora de estudios sociales ha llamado, que está enferma. Será sólo hoy. Si dura esto, pues Mary Margaret se hará cargo…
Y por no escucharla, Argus se puso en marcha. Debería estar contento, por fin iba a enseñar, pero no lo estaba. Odiaba sociales.
Sociales se impartía en el aula 7 de la primera planta, donde en invierno hacía el frío suficiente para que se le helaran los huevos a un mono de latón. El aula 7 era de color oro viejo y siempre olía a suelo recién abrillantado, un olor que adormecía a Argus incluso cuando caminaba la mar de despierto. Nueve globos colgantes proporcionaban una tenue y triste luz durante los días lluviosos. Había una vieja pizarra, una línea temporal algo simple, mapas físico-políticos de Norteamérica (el burro delante) y el mundo y, encima, carteles de color verde con el alfabeto según el método Palmer (letras mayúsculas y minúsculas). Después del alfabeto venían los números, desde el cero hasta el nueve, tan bonitos que uno se sentía estúpido y más torpe solo con mirarlos. Los pupitres estaban grabados con lemas e iniciales entrelazadas, la mayoría reducidas a fantasmas por los continuos lijados y barnizados, pero nunca desaparecían del todo.
A su hermano lo que no le había gustado era la aritmética. Temía y odiaba al profesor por los reglazos que le daba. Era hablar de fracciones y hacía el gesto de dolor, el mismo que ocultaba pero revelaba su mirada febril y resuelta. Su hermano había sido un hombre desde jovencito.
Emborronó sus recuerdos borrando la pizarra. Sonó la sirena y los niños entraron a gritos, arrastrando sillas y hablando tan alto que los oiría hasta el Palmer del alfabeto.
―Por este silencio intuyo que mis chicos están entrando en clase ordenados y calladitos ―canturreó con voz rota sin volverse, esperando que captasen la indirecta.
La captaron.
―Ea. A callar. ―Se dio la vuelta. Todo el mundo en su sitio―. No me hagáis sacar la regla, que no sabéis las palizas que puedo dar… ―rio, pero nadie más, así que, manteniendo una sonrisa quebrada, buscó en el primer libro que encontró―. Hoy podríamos ver algo de la herencia de nuestros padres ingleses, ¿no? Os podría leer esta cita de un escritor ilustre, a ver si sabéis qué significa… «En nuestros locos intentos, renunciamos a lo que somos por lo que esperamos ser».
Y con sus ojos de duende, se comió la clase.
...
Mucho Tiempo Atrás
Abandonado en el bosque, las tripas de Malcolm eran las bestias que lo devoraban.
Hojas y bichos y mocos y padrastros, su desfogue.
El pan, su dios ahora.
Envuelto en capas y en una bufanda podrida, recibía el baño de la nevada.
Odiaba esa mierda blanca, los copos, que le caía en la cara.
Cuando era niño y tenía una familia, el hambre se olvidaba con los juegos en el prado. Pero ya no tenía a nadie, ni prado, ni alegría para jugar. Crecía. Ya nadie le iba a llevar la comida a la boca. Pero tampoco iba a poder trabajar, no ahora que lo creían ladrón.
La rabia se agolpaba dentro de él, loca, pero la pena la encerraba.
Dos niños y una niña corrieron junto a él. Iban al lago helado.
Malcolm los odió.
Iban bien vestidos con tulups azules y ushankas calentitos, mientras Malcolm tenía escarcha hasta en los caracoles de las orejas.
Reían y se tiraban bolas de nieve a la orilla del lago, mientras Malcolm no había jugado en años.
Aun teniendo ya todos una edad, porque no le llevaría mucho a la niña y a uno de los niños, seguían libres, mientras Malcolm era esclavo de las súplicas del hambre que clamaba su vida.
Y los tres eran… guapos. Tenían belleza. La belleza de la inocencia.
La vida les quería, eso pasaba.
A Malcolm no.
El trío empezó a lanzarle miradas. ¿Lo estaban invitando? Y su juego se convirtió en una exhibición para el herrerito… He aquí la gran paradoja de la historia: ¿se pararon en el lago porque estaba Malcolm allí? ¿Se habrían parado de no estarlo? Podía pensarse y pensarse, pero no había respuesta, principio o final en el círculo del destino. Lo que es, es, fue y será por siempre jamás.
Igual que el deseo de Malcolm.
El deseo de volver a una infancia perdida estaba bien encostrado en su corazón. Este era ese deseo. Y así, nacía otro círculo sin principio ni fin. Otra vida. Y era como una hierba, salvaje y con raíces, que sólo se arrancaba con la muerte.
La muerte, que también estaba allí.
Uno de los niños (ambos eran rubios) fue hasta el centro del lago. Malcolm no estaba pendiente, así que no lo vio. Sólo oyó el grito, el chapoteo y los gritos de los demás.
El lago se lo había tragado.
Malcolm no lo pensó. Actuó sin saber. Lo único que cruzó su cabeza fue un «no puedo dejar que pase otra vez».
Saltó orilla abajo, tirando sus gastadas botas, la pelliza y la bufanda podrida. No miró a los demás, no miró nada más que el boquete en el hielo.
Dio buenos pisotones en el lago, queriendo romper todo el hielo que pudiera para no quedar atrapados, pero no hizo falta; a los tres pasos, este se quebró del todo y el agua, los cuchillos, le acribilló hasta el pecho… luego del todo.
El niño quería volver a flote, pero no sabía cómo y sólo pataleaba y, con el grito de sorpresa al caer, sólo agua guardaron sus pulmones.
Pero Malcolm había visto bien dónde cayó.
Lo agarró sin delicadeza alguna y lo arrastró hacia sí, alzándolo después, para que alcanzase la superficie antes que él.
―¡Vamos, niño, aguanta!
El pequeño había quedado abrazado a él, paralizado.
Gracias a Malcolm (al dios del Pan), salir no fue difícil. El hielo roto hizo que sólo hubiera que nadar un poco y caminar, dejando los cuchillos del agua para sentir los de la ráfaga decembrina.
Morado y moqueando hielo, Malcolm dejó al niño en la orilla de nieve.
La niña corrió a echarle su tulup por encima.
El niño corrió a arropar al otro, gritando su nombre.
―¡Felix, Felix, Felix, por favor, Felix!
Felix estaba consciente, pero todo había sido tan rápido, tan… eventual, que no sabía cómo reaccionar.
―¡Lo has salvado!
Malcolm no le echó cuenta a la muchacha y se tiró sobre el niño, pero el hermano lo empujó. Él se encargaba.
―¡FELIX, POR FAVOR!
―Te-te… Te…
Se abrazaron.
Malcolm olvidó el frío y odió al hermano mayor. Lo odió con la fuerza de cien soles. Lo odió y lo habría ahogado en el lago.
―¡Vayamos al castillo, rápido!
La chica empujó a Malcolm para que se pusiera en marcha y el hermano mayor cogió en brazos al pequeño.
¿Lo llevaban con él? Iba a caldearse y a calentar el estómago… eso le dibujó una sonrisa morada.
―Soy Fiona ―le dijo la chica, abrazándolo para ayudarle a seguir adelante y… calentarlo.
―Terence ―dijo el hermano mayor a sus espaldas―. Mi hermano Felix.
―Por los suyos, uno es capaz de todo ―les respondió Malcolm.
―¿Quién eres? ―quiso saber Fiona.
―Sólo un niño perdido.
...
Storybrooke
Octubre, 2011
Era el cuento de dos hermanos el que Henry estaba leyendo.
          Y el profesor Christie se lo quitó.
          Cuando fue a su despacho a pedírselo, el cual olía a polvo y estaba tan frío como el aula de sociales, le explicó cuán importante era para él, lo que significaba.
          ―¿La señorita Blanchard te lo regaló?
          ―El otro día.
          ―¿Y crees que estos cuentos son reales?
          ―Sí.
          La mirada del niño era segura. No dudaba.
          ―Sí… ―repitió Christie―. No te falta razón, Mills. Estas historias son reales.
          A Henry le llegó la boca a Florida.
          ―¿De verdad lo cree?
          ―Claro que sí ―asintió el director―. Las historias y tu fe son reales, pero no sabes cómo.
          ―Sí lo sé, mire… ―Abrió el libro por el capítulo que narraba la boda de Blancanieves y su príncipe―: Esta es la señorita Blanchard y su madrastra, la reina malvada, es mi madre… ―Pasó páginas hasta buscar otra ilustración de la misma―. La reina lanzó un hechizo que os trajo aquí a todos…
          ―Sí, Henry, en el rato que he tenido el libro, le he echado un ojo.
          ―No sé quién puede ser usted… ―Volvió a darle vueltas al libro―. Me recuerda a uno de los hermanos de este cuento… mire…
          Juntos, en silencio, leyeron por encima aquella historia, pero a Henry no le estaba gustando nada.
          ―¿El flautista de Hamelín mezclado con Barbazul? ―dijo Christie.
          ―Por eso son tan buenos estos cuentos.
          ―Ya, por eso y porque son reales, ¿no?
          Henry torció el gesto.
          ―Pero mire, este que yo creía que podía ser usted es un villano, es malvado; destrozó la vida del flautista.
          Christie le dedicó una sonrisa de helado, tanto a la ilustración como a Henry. Sí, de helado, porque fue dulce, pero gélida.
          ―No puedes quedarte sólo con el qué, Henry, debes tener en cuenta el resto: aquí dice que este Terence estaba cegado por la pena y el miedo, por su corazón. Él no quería que su familia se separase, quería mantenerla unida y no perderla ante alguien malvado… Deberías entenderlo.
          Cabeceando, Henry acentuó su negativa. A Christie le pareció que era algo redicho. No le terminaba de caer bien.
          ―Pero mire lo que hizo.
          ―Él sólo quería que el flautista se marchara, no sabía de las consecuencias de sus actos… claro es que eso no te hace inocente, pero cambia las cosas. Además, al principio, todos dieron la bienvenida a Malcolm como uno más… por desgracia, eso aquí sólo es el principio…
          ―Terence es malvado, como mi madre ―se obcecó Henry.
          ―No sé cómo será tu madre en casa, pero has de entender…
          ―Mi madre se llama Emma y es la hija de Blancanieves. La reina malvada no es nada mío.
          ―Henry…
El niño tembló. Estaba nervioso.
―Ella dice que esto no es verdad. Me manda con el doctor Hopper, pero yo…
―Henry, haz el favor de escuchar… ―Qué paciencia tenía ese hombre―. Mira…
Le mostró una foto que guardaba en su cartera. Eran él, de joven, con otro niño que estaba en cama. Parecía muy triste y sus enormes ojeras se marcaban hasta en sepia.
―¿Quién es?
―Mi hermano. Yo le llamaba Mantecado.
―¿Por qué me lo enseña? ―El rintintín de su voz estaba poniendo a prueba al profesor.
―Porque quiero que veas cuán reales son tus cuentos: yo, como ese Terence, como tu Blancanieves, sacrifiqué todo por mi familia, pero nunca tuve ese final feliz del que se habla. No existen los finales felices, ni tristes ni de ningún tipo.
          ―No ―insistió Henry―. Usted dice eso por el Hechizo. El de la foto ni será su hermano. El bien triunfa siempre y consigue su final feliz. Los villanos, como Terence, sufren.
El profesor bajó la cabeza avergonzado.
―Yo también creí eso mucho tiempo y tú puedes seguir creyéndolo, pero Henry, has de entender que hay algo más. Que hay mucho más.
―Sí, una familia que he de reunir.
―Tu madre, sea como sea, estricta y muy dura a veces…
―¿Puedo recuperar mi libro y marcharme?
―Henry, si esto es porque eres adoptado…
―¿Puedo irme? ―dijo el niño otra vez, más frío que el mismo profesor.
Christie calló. Se rindió… una vez más.
―Puedes irte. Coge el libro.
Una vez sólo, se desabrochó la camisa. Le apretaba el pecho… Tosió…
El Hechizo le estaba salvando la vida igual que se lo salvó el ser duende en el pasado.
Pero el corazón dolía. Oh, si dolía.
...
La Inglaterra Victoriana
Enero, 2014
―¿Te duele el cacho corazón que tienes?
El Galimatazo esperaba a Alva afuera de la casa de Alicia. La noche caía junto a la nieve.
―¿Y a ti qué te importa? ―Una vez dejaba de necesitar disimulos, Crane podía volver a su natural antinatural―. Pronto habré de volver a ver a Alicia.
―¿Le darás recuerdos míos?
―Tiempo al tiempo… quizás te pregunta qué pasó con la reinita esa que buscan ahora las hadas.
Saborearon (o más bien, lo saboreó el Galimatazo) el silencio por un instante.
―La bella durmiente, la hija de Midas, Rapunzel… ahora le toca a Alicia… ¿Qué clase de maleficio estás conjurando?
―No estoy conjurando un maleficio ―rezongó Alva―; estoy rompiendo uno, pero, lo único que debe importarte a ti es… esto.
De un bolsillo de su levita sacó una varita. Una que antaño perteneció a un hada desdichada.
―¿De dónde la has sacado?
―De la mala ventura de una de las tuyas, lo que se traduce en buenaventura para ti.
Y sin más, se la cedió.
―Bibidi, bobidi… ―Meissa no se atrevía a terminar. Sentía un cosquilleo en todo ella. Sentía alas brotar.
―No me importa lo que hagas ni a donde vayas. Te ayudaré en la parte que me interesa de tu venganza y nada más. Después, te irás de Storybrooke para siempre. Quizás a Camelot, a encargarte del resto.
―¿Y tú?
Alva no la miraba, parecía distraerse con cualquier cosa.
―Yo estaré viviendo la vida. Ahora sólo me falta una familia.
Y dando por concluida la conversación, atusándose la capa, marchó cual saltimbanqui bajo la nevada, tarareando como el Jeremy Potts que creyó ser durante el Hechizo.
Como el que creía en un corazón.
...

Starring: Dean-Charles Chapman como Alva Crane, Peta Sergeant como el Galimatazo, Lucas Till como Argus Christie.

Special Guest Starring: Ginnifer Goodwin como Mary Margaret Blanchard, Lana Parrilla como Regina, Sophie Lowe como Alicia, Peter Gadiot como Cyrus y Robert Carlyle como Mr. Gold.

Returning Guest Starring: Jared S. Gilmore como Henry, Patrick Fischler como Isaac, Shaun Smyth como Edwin, Heather Doerksen como Sarah, Elizabeth Mitchell como Ingrid, Timothy Webber/ Graham Verchere como el Aprendiz, Wyatt Oleff como Rumpelstiltskin niño, Lindsay Collins como Fauna, Glynis Davies como Primavera, Keegan Connor Tracy como el Hada Azul, Meghan Ory como Ruby, Beverley Elliott como la Abuelita, Raphael Sbarge como Archie, Tony Amendola como Marco, Robbie Kay como Malcolm joven/ Peter Pan, Jeffrey Kaiser como Mudito/ Mr. Salinger, Ryan Robbins como Morgan.

New Guest Starring: Poppy Miller como Fred, Eve Gordon como el hada madrina, Colby Mulgrew como Felix niño, Colin Ford como Terence joven, Avi Lake como Fiona joven, Noah Schnapp como Vanitas/ Mantecado, Elliott Hanna como Rufio, Harry Treadaway como Roger Radcliffe, Zoe Boyle como Dodie Dearly, Max Thieriot como Maximus/ Cecil Mae, Laura Wiggins como Laura, Gugu Mbatha-Raw como Tiana, Davi Santos como Naveen, Jay Brazeau como Marcel DuChamp.


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15 comentarios:

  1. ¡AAAAAAAAAAAAAAYYY DIOOOS, ME VA A DAR UN INFARTO! Bueno, luego en casa cumplo. ¡Besotes!

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    1. ¡Y el día menos pensado, la eterna espera terminó! ¡En fin, aquí tenemos, en pleno marzo, una historia navideña jejeje! ¡Let's begin!

      Me matan los extractos del principio jejeje, pareciera un libro escrito por nuestro querido Jefferson.

      También me mata el plagio del prólogo del libro de Dickens, pero me gusta. ¿Será acaso Scrooge el tío de Edwin? Y me mata también la aclaración de que en esa Inglaterra era el 1800 y pico y acá 1965 jeje.

      Qué adorable se ve la actriz de Fred Liddell, y pobre el personaje. Menos mal que no me tengo que fumar otro parto, aunque ya estaba preparada XD, y de hecho me mencionan. Pobre Frances y pobre yo por aguantar ésto. De más está decir que me sorprende que el hada madrina se llame Gothel, aunque aún tendrá que aparecer mucho para que me quite de la cabeza a la violadora de Wook jeje. Y este maldito de Isaac escribiendo todo, qué gordo que me cae.

      ¡SABÍA QUE TU ADORADÍSIMO ELLIOT ERA RUFIO, LO SABÍA, ESTABA SEGURA! ¡Y ENCIMA LO MATA NUESTRO HÉROE PAQUITO! De todos modos me gustó mucho cómo lo describes y su aparición, parece casi un Pinocho humano. Habrá que ver qué interés puede tener por él el petardo de Isaac. "La música no se compra, se hace", sorry pero me hace acordar a lo de la Petete y second chances jeje.

      ¡Oh, qué divertida la escena de las hadas! Sí, digamos que Azul siempre hizo el papel de Flora. Se me hace un poco raro que quisieran criar a Ruperto como mortales, aún cuando Malcolm todavía no había abandonado a su hijo, pero supongo que ya se aclarará. Eso sí, sieeeeempre fue raro que le dieran una habichuela a un niñito.

      ¡OH MY GOD, QUÉ GRANDE QUE ESTÁ EL JOVEN RUPERTO! ¡Y ENCIMA ES TODA UNA MEZCLA ENTRE BOBBY, DYLAN Y JARED! ¡LAS TRES GENERACIONES! Al menos, MH, estás teniendo la decencia de hacerlo filmar en la actualidad y no sacar archivos del 2012 enlatados como Jared XD. "No es consistente", está bien, tienes la sutileza que yo no tengo. Eso sí, tremendo lavado al joven Ruperto XD. ¡WAIT A MINUTE! ¿UNA MILAH JOVEN Y NO PONES CASTING? ¡QUÉ GRAN DESCUIDO! Me sorprende que apareciera pero, salvo ese descuido, no me disgusta. Me da mucha lástima lo de las hadas desapareciendo/muriendo, sin duda son muy adorables ambas.

      Eliminar
    2. ********************************************************************************************************************************************

      "Trayendo caros modelos de París", ¿hay OTRO París en la misma dimensión que esta otra Inglaterra? ¿Y también unas Américas? En fin, se me hace divertido imaginarme a Alva Crane fingiendo ser doctor, y me hace acordar a Jafar cuando hizo algo similar. Pobre Alicia, lo que va a tener que padecer, menos mal que está su Cyrus.

      ¡OOOOOOH, THE EDGE OF REALMS! Laura ignora el nombre "Mantecado" y Peter ya sabe lo que ella piensa. ¡PERO QUÉ HERMOSOS QUE SON LOS DOS! ¡Hacen muy linda pareja Graham y Noah, muy bonita! Eso sí, ABC jamás consentiría ésto, es aún más grave que TOIYB. Encima me los imagino desnudos, porque aquí dice que ni ropa necesitaban. Pero bueno, no importa, una escena infinitamente mejor que el 7x04. ¡Muy romántico todo!

      ¡HABLANDO DE ROMÁNTICO, EL PRÍNCIPE DE PRÍNCIPES, EL DIOS DE DIOSES, EL HOMBRE MÁS HERMOSO, PERFECTO, CELESTIAL Y ÚNICO EN EL MUNDO, MI MAXIMUS PRECIOSO! ¡Pobrecito mi amor, en esa situación humillante y desgarradora, con esos músculos hermosos hinchándose agitados, la mugre y suciedad que no le quitan su belleza, y el dolor horrible de esta situación! Encima hiedras como en el 7x06, Deus. Este DuChamp no le duraba ni un minuto si no fuera por la magia. Me conmueve mucho cuando habla de mí y de nuestros hijos. Eso sí, lamento haber leído esa escena antes, al parecer al final no había nada más. Ojalá me equivoque. La verdad me los imagino muy bien tanto a Max interpretando esta escena como al verdadero héroe. Si el tipo tiene tanta magia no sé para qué lo hace trabajar a él, más que nada será para molestármelo. Al menos no miente, le dice "guapito".

      Pensé que todo iba a ser con Isaac en primera persona y ahora está en tercera, mmm qué raro. Y sí, me lo imagino muy bien al hermoso Vanitas muerto, pobrecito.

      Qué antojos raros que tengo yo en FTL jeje, pero bueno, es cierto que odio la lluvia y a Maxi le encanta. Me hace muy mal, y el maldito no sé cómo hace para disfrutarla. Qué bueno que la Tiana no prostituta nos atiende, y también a nuestra niña hermosa. Ahora hay que ver qué tendremos con el suegro de Henry. Y Gothel nos encaja dos niños preciosísimos pero que seguro vienen con problemas. En fin, al igual que en el escenón de Cecil, estoy un poco molesta de que no haya nada inédito. Al menos por ahora.

      Eliminar
    3. *****************************************************************************************************************************************************

      ¡Oh, nuestra querida Reina Láctea! Qué pena que ya no esté lo de Emma joven, pero tú sabrás. Buena escena, buena explicación del bucle, interesante el artículo sobre el pobre Owen...aunque ya sabemos que Ingrid algo hizo. No mucho pero lo suficiente. Me mata que Tontín sea un maníaco jeje, igual sigo sin entender bien por qué el Aprendiz siempre la ayudó.

      Cuidado que a veces dice "Salinger" y otras "Salinder". El tipo en la escena eliminada parecía muy tranquilito y acá se ve lo alterado que estaba. Medio raro eso. ¡Qué feo queda en castellano! "Mudito, ¿tú eres el mudo?"

      ¿A Regina no le interesaba tener encima a Graham? ¿Ves que es una jodida que no se conforma con nada? Digo yo, ¿no tenía días de descansos esta mujer, es decir, como sábado y domingo? Porque entonces la maldición se le volvió en contra XD. ¡Oh, y aprovechas para restregar tus conocimientos de idiomas, claro! Muy bien igual. Me mató la última parte, que en ese momento Henry acababa de nacer.

      ¡Oh, el archivo de Jared, qué milagro! Ey, ¿y Regina planchaba mientras manejaba? No cualquiera. Bueno, ¿una reina nunca abandona su trono? ¿Y cuándo iba de acá para allá con el "Where is Snow White"? Me encanta esta escena, me imagino al pobre niño viendo el magnífico Boston, y no sé por qué me acuerdo de "Home Alone 2/Mi pobre Angelito 2". Los negocios, el partido, la Navidad...¡Oh, Regina esa dama tan fina comiendo panchos, como que no le queda! ¡Y ahora me acuerdo de la Blancanieves del 7x04! No sé a la madre qué le costaba quedarse más, y que bien por MM que ese día no se la tuvo que aguantar. Pero en general es muy buena la idea de que Henry empezara a sospechar/continuara sospechando a raíz de este viaje.

      Y ahí tenemos al MH, digo, a Argus, enseñando. Qué bueno que por fin pueda dedicarse a lo que le gusta en vez de a su rutina aburrida. La comprendo a Dodie, no sé por qué hay tanta matemática en la carrera de psicología.

      ¡Aquí tenemos al victimísimo Malcolm, y oh, todo un héroe, rescatando al niño del hielo! Quizás por eso Félix le es tan leal. A Fiona no me la esperaba, pero sí esperaba que el hermano fuera Terence. Los tres castings están geniales, pero en especial es muy pero muy hermoso Terence, mi favorito.

      Otra vez archivos del 2012, pobre Jaredcito cómo lo explotaban. Ey pero, ¿en cuánto tiempo se leyó Argus algunos cuentos del libro OUAT, que ya habla con Henry como si se los supiera? La escena me gusta, pero entre ésto y lo que venimos leyendo, haces quedar a Henry como un mocoso impertinente que tenía una vida genial y el maldito libro le lavó la cabeza. Básicamente el argumento de los Evil Regals de la Vieja Escuela. Me gusta la escena y me encantó la de Boston, pero no me termina de parecer ésto. Encima el chico le falta el respeto al propio director, y luego dices de mí XD. Interesante que su falso hermano fuese Vanitas.

      Pues no hubiera estado mal ver a Jabberwocky en Camelot, una pena. Supongo que la niña de Alicia es otro de los corazones que busca Alva.

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    4. CONCLUSIONES:

      Estoy muy contenta de poder al fin seguir leyendo tras tanto tiempo. Estaba muy preocupada. Hay cosas que me aburrieron pero no porque esté mal en sí sino porque me interesan poco los personajes, como lo de Isaac o la madre de Alicia. Interesante que el hada se llame Gothel. Digamos que fue "un poco de cada cosa" este fic. Me pareció poco consistent que a veces narrara Isaac en primera persona y a veces no. Me gustó un montón lo de Rumpel y las hadas, pero es de terror no tener un casting de Milah. Por el contrario, Fiona, Terence y Félix son un prodigio, y hasta el pobre Rufio. Lo de Ingrid estuvo muy bien en el sentido de explicar el funcionamiento de la maldición. Lo de mi Maxi precioso y lo de Maura me encantó, pero yo ya sabía TODO, ya no hubo ninguna sorpresa ni dejaste nada oculto. Eso no me gustó. Lo de Malcolm sí me gustó, lo del Edge of Realms ME FASCINÓ, y la escena de Henry y Regina en Boston es GRANDIOSA, para mí la mejor.

      Por considerar los pros y los contras:

      CALIFICACIÓN: 7,50

      Iba a ser un 7 pero seré generosa. No es ni lo mejor ni lo peor que hiciste, está bien, tiene cosas bonitas y hace de puente. Jugó un poco en contra que no me llevé sorpresas con lo que más me interesaba, que es mi hombre XD. Esperemos que llegue pronto la continuación y estoy segura de que tendrá mejor nota.

      ¡Besotes, lindo!

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  2. Reservamos lugar para la review. En breve estará disponible.

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    1. Y aquí estamos para comentar el capítulo de Navidad más desubicado en el calendario después del de Tru Calling, que se emitió por primera vez en marzo.

      En esta ocasión, en lugar de sorprenderme en directo con lo que la historia nos vaya presentando, iré haciendo comentarios generales de las escenas. A ver qué tal funciona este sistema en este fic. Y ahora, sin más dilación, empecemos.

      Muy interesantes las primeras líneas extraídas de un libro aserejeniano. A ver si es cierto que las respuestas que demandamos se hallan aquí. Vamos con la Inglaterra Victoriana.

      Y empezamos con un entierro, bonita manera de comenzar un fic. Scrooge ya no podrá quejarse de la Navidad nunca más.

      Y de 2014 pasamos a 1965. Una escena bastante interesante, con referencias a Peter Pan incluidas. Me ha gustado ver a Fred, y esta vez has evitado mostrar un nuevo parto, debes estar enfermo jajajaja. La presencia de Gothel me ha sorprendido mucho (¿quién es el usurpador aquí? ¿Alva, que es “Gothel”, o esta, que se llama Gothel? Jajaja). Y ahí vemos una conexión con Ella. Bien.

      Que en esta ocasión hayas optado por narrar de una manera diferente aprovechando que es un fic especial y no forma parte de la temporada 7 también es interesante, aunque con Dickens me pusiese de los nervios y tuviese que dejarlo XD. Pero es eso, que en este caso, al tratarse del fic especial de Navidad, no sólo no chirría sino que hace gracia en el buen sentido de la palabra.

      Ahora vamos con los años 20. Ya sabes que Isaac es uno de los personajes que más odio de la serie y cuanto menos aparezca, mejor para mí, pero la escena ha sido entretenida. No sólo hemos podido volver a los Años 20, sino que, además, hemos visto un poco más de sus trampas de autor, y es muy conveniente teniendo en cuenta que este fic está siendo narrado con una mayor participación por parte del narrador… vamos, tú xD. Además, ha enlazado la parte de la Inglaterra Victoriana, que acababa con la palabra “rufián”, con Rufio, que me ha parecido un personaje interesante.

      Y hablando de enlazar, si en la anterior enlazábamos rufián con Rufio, aquí nos vamos al Bosque Encantado y enlazamos a las hadas como malas madres con nuestras queridas hadas hilanderas. Hemos empezado con una escena de las tres hadas solas. Sin duda, ha sido un hermoso plagimenaje a La Bella Durmiente y hemos podido ver cómo se decidió que Fauna y Primavera se hiciesen cargo de Rumple. Era algo necesario de ver.

      Luego pasamos a un Rumple adolescente. Es interesante ver que, al igual que en LBD el decimosexto cumpleaños era clave, aquí también sea la edad a la que deja de hacer efecto la magia que lo une a las hadas. Da mucha ternura ver a Rumple queriendo hacer un regalo a Fauna y Primavera. Y la aparición estelar de la joven Milah es una grata sorpresa. Y Fauna y Primavera diciéndole a Rumple que se tienen que separar… muy triste. Así que esta historia, en general, está muy bien.

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    2. SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS
      SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS

      Pero bueno, volvamos a la Inglaterra Victoriana. Ay, por Dios, que me pones a Alva Crane fingiendo ser quien no es ahí, al lado de nuestra querida Alicia. Aquí hay más tensión que cuando Zelena se acercaba a Snow en la 3B. No me esperaba que el médico fuese Alva. Un ISTJ fingiendo ser ENTP… Peligro, peligro xD. Y aquí, nos olvidábamos antes, también hay un enlace entre escenas, como era de esperar. Hemos pasado de que una madre debía proteger a su hijo a Alicia, cuya hija está en peligro, ahora que AC está ahí. Y si Alva habla de la historia de amor de su mentor, quiere decir que pasamos a…

      El Confín de los Reinos. Bueno, más allá de que estén usurpando a Bella y Bestia (se salvan porque Gideon, al fin y al cabo, es hermano de Chip y nieto de la Sra. Potts, que si no… xD) y de que ya sabes lo que opino sobre que hayas reciclado el Edge of Realms y no me voy a extender con eso, la escena en sí ha sido bonita a la par que triste, sabiendo que al final se tuvieron que separar. Me ha gustado ver a Gideon con Vantecado, muy cuquis ambos.

      Storybrooke, Maine. Pues muy interesante la escena de Cecil, que por sus hijos accede a trabajar para alguien como DuChamp. Pensar que la única manera de protegerlos es hacer lo que él le mande… incluso cuando con su propia magia podría hacerlo él mismo y lo obliga a hacer eso sólo para reírse de él. Muy bien. Además, enlaza con las escenas de BTLB, así que queda perfecto. Eso sí, da miedo ver a DuChamp tan tranquilo: tuvo que ir a reunirse con todos y dirigirse a buscar a Lily y Maléfica, tener unas palabras con ellas… y todo eso antes de que Cecil llegara, y aun así estaba bastante seguro de que le daría tiempo. Este sí que tiene perfect timing.

      Sobre la escena entre Isaac y DuChamp, da miedo. Entre que Isaac todo lo sabe, que de DuChamp no sabemos ni la mitad de cosas y que tienen a Vanitas ahí… Esto da para un especial de terror xD. Pero muy bien. Una escenita breve que deja con ganas de más.

      Bosque Infinito. Me ha gustado mucho ver a Laura y Maxi en una situación cotidiana, sin dramas, con su hija… Muy monos. Y, obviamente, ver lo bien que les va a Tiana y Naveen en su posada también me encanta, que incluso tienen a Louis como músico. Precioso todo. Y ahí tenemos también a esa Gothel que ahora de repente está en todas partes xD.

      Maine. Muy interesante y necesaria esa escena entre Ingrid y Gideon. Por un lado, necesitábamos ver la llegada de Ingrid a Storybrooke, hacía falta que se encontrase con el Aprendiz, era imprescindible; por otro, las explicaciones sobre la maldición y sobre lo que Ingrid debe hacer también han estado muy bien. Gideon hace bien de recomendarle que no llame la atención y ahora ya sabemos qué fue de Mudito después de que Ingrid le borrara los recuerdos. Además, se nos deja con la intriga de por qué Sarah Fisher es un nombre importante para Regina. Muy bien.

      Con la escena de Ingrid en la heladería no puedo comentar mucho porque es lo que vimos en la escena eliminada, pero con la novedad de “oír” los pensamientos de Mudito, que ha sido interesante, y tener al fin la escena como canon. Las referencias a Stephen King y Psicosis son más para ti que otra cosa, porque a mí ni fu ni fa, pero no molestan, así que no problem jajaja.

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    3. SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS
      SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS

      8 meses después. Un poco como con Ingrid. Es la escena que hemos visto varias veces, así que a nivel argumental hay poco que comentar, pero las clases de lengua y matemáticas se agradecen jajaja. Y también está bien ver cómo se enlaza con el nacimiento de Henry y es el día que Regina llama al despacho a Archie.

      2010. Me ha gustado mucho ver esta escena. Es muy importante ver un poco de Henry antes de que se pusiera como loco con lo de la maldición y buscase a Emma, y aquí lo hemos visto fuera de Storybrooke, viendo que fuera de allí las cosas no son igual todos los días, que la gente hace cosas diferentes… y eso lo llevará luego a cuestionarse las cosas y sentirse extraño viendo que en Storybrooke todos los días pasa lo mismo mientras que él crece.

      También me han gustado los guiños a Blancanieves y los enanitos, e incluso la carne “a la parrilla” xD. Y ver a Regina en su papel de madre, dura y exigente como era la alcaldesa Mills pero a la vez demostrando que quiere a Henry lo suficiente como para llevárselo de viaje aunque sólo sea un día me ha parecido una gran idea. Pero al final no has cambiado el “chico” por “enano” jajaja.

      Octubre 2011. Está bien empezar la escena con Argus llegando a la escuela en bici (a pesar de que hayas vuelto a poner una vez más la frasecita de Juego de Tronos, que ya sabemos que te gusta, pero no hace falta que la vayas repitiendo xD), aunque con los catacracs yo no podía dejar de pensar en los ruiditos que se oyen de fondo cuando hablamos por teléfono y que no dejan oír bien xD. Luego, la referencia a los Zimmer me ha gustado y el cameo de Dodie también. No ha dicho gran cosa, pero el simple hecho de que apareciera ya está bien. Qué maja ella. Y qué amargado Argus, de verdad xD. Cuando se rompe la maldición es más majo.

      Mucho Tiempo Atrás. Que hayas aprovechado aquel poema para el principio ha sido curioso, me ha gustado, y también ha sido interesante ver cómo conoció Malcolm a Fiona… e incluso a Terence y Felix. No me lo esperaba para nada. Y la verdad es que Fiona muy maja. Ella era buena…

      Octubre 2011. Henry no sabía quién era Rumple, pero sí que se había leído la historia de Terence y Felix. Si es que… Este niño leía los cuentos de una manera muy aleatoria xD. Ay, Terence como el villano de la historia… A saber qué es lo que hizo, nos quedamos ahí con la intriga. Pero vaya, sabiendo como sabemos cómo era Malcolm/Peter… Y Henry ahí con su carácter y no dejándose convencer por Argus, bien. Y el final… Ay, el final. Nuestro duende está malito…

      Inglaterra Victoriana. Oh, el Galimatazo. Qué maleducada, estar ahí y no entrar a saludar a su amiga Alicia… Qué vergüenza. “Ahora sólo me falta una familia”… Please jajajaja. Fuera bromas, las escenas entre estos dos siempre son interesantes y, como no, tenían que ser ellos los que cerraran el fic. Incluso hemos tenido una mención a Anesteisha, si es que es de ella de quien hablan, claro xD.

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    4. SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS
      SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS SPOILERS


      Y fin. So… Comentarios generales. Aunque haya algunas ausencias que podrían haber aportado su granito de arena al fic, igualmente el resultado ha sido muy bueno. Hemos tenido historias bastante variadas, situadas en tiempos diferentes, y a pesar de ser un especial que no entra en la numeración de la séptima temporada la trama actual no ha quedado congelada, ha seguido, con Alva Crane tan creepy como siempre acechando a Alicia y un DuChamp que tiene ahí a Vanitas.

      La presencia del hada Gothel ha sido curiosa y Rufio ha sido una buena adición; la historia de los orígenes de Terence con Malcolm, Fiona y Félix está interesante y tengo ganas de ver más; ver a Henry en la época pre-S1 también ha estado muy bien; lo de Ingrid era muy necesario y aprovechar el fic de Navidad para presentar esas escenas de la Reina de las Nieves ha sido ideal; lo de Rumple con las hadas ha sido bonito y triste a la vez, al igual que Vanideon en la LOUS; y Alva y DuChamp ahí siguen con sus cosas y a ver cómo continúa la historia.

      En fin, que en este especial ha habido un buen equilibrio entre las historias y has podido aprovechar para contar aquellas que van ligadas a la trama principal pero también otras que quedaron colgadas en la serie y que ha sido muy interesante ver. En esta ocasión no pondré ránking porque, al igual que la Final Battle, no puedo mezclar este fic con los de la séptima temporada, pero que sepas que me ha gustado.

      Too-da-loo!

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  3. Wow entro al blog para saber alguna novedad y ¡¡PUM!! ☺💖💖

    GRACIAS Peter ❤💕😘

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  4. Maxi pide disculpas, está muy cansado porque fue un día de no parar. Le guardo el lugar para mañana.

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    1. Hola campeonazo, ¿cómo va? Disculpas por la demora pero estos días en el trabajo me están matando. Como el jueves el gimnasio está abierto hasta las 12 y el viernes cerrado, está viniendo mucha más gente estos días y la verdad es que no doy abasto con atender a tantos, llego muerto a casa. Pero bueno, acá estoy. Feliz con el feriado de jueves a martes.

      No te juzgo por lo que tardaste en publicar porque acá en casa veo yo mismo lo difícil que es terminar de escribir y cómo Lau tiene días mejores y peores. Igual estuvo bastante bueno, tuvo cosas interesantes. El romance del aprendiz con Vanitas ya me está dando lástima, justamente porque es lindo. Me mareé un poco con los cambios de tiempo y espacio, no sé si soy yo o que la cosa estuvo medio brusca. Lo de Rumple y sus madrinas muy triste, y lo de la hermana de Ashley como tía de Alicia es re de culebrón, más de las argentinas de un tal Estevanez donde al final son todos parientes jajaja. Que la madre de Alicia sea más grande que Ashley me hace acordar al chiste de la hija de Robin y las cronologías jajaja, pero ya me explicó Lau que se la robó el hada negra.

      El papel de mi alter ego me mató, me dejo muy sorprendido, y acá la pícara lo sabía y no me dijo nada. No sé qué decir ni qué haría en una situación así, trataría de que no le pase nada a nadie pero menos que menos a mi familia. Los tres nenes son preciosos, los quiero tener enserio jajaja, pero enserio que me encantan. Y sí, la verdad que nunca me molestó la lluvia ni fui nunca muy friolento.

      Se nota una bocha lo que te apasiona Peter Pan porque suena a que vas a mostrar hasta la última coma de su vida jaja, igual estuvo bueno. Lo de Henry en Boston también, y los actores la verdad te felicito, debe ser difícil encontrarlos.

      No sé campeón, me suena muy a culebrón que todos sean parientes pero aparte de eso está muy bien, muy entretenido y bien escrito. Me da mucha intriga lo que va a pasar conmigo y Lau, espero darme el gusto de romperle la cara al tipo.

      ¡Abrazo de gol, suerte!

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  5. lo más interesante me ha parecido henry descubriendo el mundo fuera de storybrook, no que en si todo lo demás no sea un fic interesante, pero es la parte que más me ha gustado porque me encaja absolutamente en el canon, parece de verdad parte del guión totalmente. Y tengo una duda sobre el ataúd y la figura de vanitas, imagino que es referencia a el término o figura alegórica de la buena muerte o está sacado de alguna historia más concreta ?( como hay una manga sobre un chico que "controla" vampiros y se llama vanitas y esa autora se suele basar en personajes de libros o leyendas ,a lo mejor es que hay algún cuento concreto antiguo en el que aparezca un vanitas o algo pero pregunto porque si es así no lo conozco XD) también muy bueno como se introduce ingrid en storybrook y me ha gustado el giro con lo de alice y su madre y esa gothel hada

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  6. ¡Hola, Peter! : D
    Buah, ya se extrañaban los fics ;w; Me pareció algo corto en comparación con otros, pero supongo es porque ya nos habías pasado pedacitos antes por el chat. En fin, ahí voy.
    Me encanta el inicio, me abruma y me gusta.
    La Blue usurpando a Flora me mata. Lo del Rumple y las hadas me ha parecido exageradamente corta venas, que me saco lágrimas y algo de rabia :''(, es imposible no sentir pena por el Rumple teen de esa época y amor hacia sus madres : S
    Alva de doctor con Alicia... es acordarse de la loca de la verde con Blanca en la 3B (cuando le toca la barriga...), puff, creepy.
    Gideon y Vanitas, esto también ya lo pasaste, sabes que pienso, pero me repito xD, que nunca viene mal más azúcar de la buena, es que no solo ellos, es taaaaaan asfdsdhawdaje todo. Contigo el fluff siempre nos sale caro (All magic comes with a price), que Malinda me los ampare : S.
    Con lo de Maximus y DuChamp tambien lo habías pasado, igual me repito *se acuerda de la conversación por el escupir a los pies* Ya tenía que acordarme también de la trama que lleva en SB los fics, se extrañaba esto también (cuantos ''también'' junto en un solo párrafo...).
    El Maura precioso, como siempre.
    Estaba como Ingrid con la explicación del bucle xD, la explicación de lo de la heladería me gusto bastante : )
    Lo de Henry en Boston , pobrecillo, esto también me saca lagrimas : S
    Tengo muchas ganas de ver el seguimiento de la historia de Felix, Fiona y Terence. Ver también como Fiona la loca parece dejar la vida acomodada (supongo por la ropa) por Malcom, y el rollo de Félix y Terence.
    Como siempre, gran fic, con ganas de lo siguiente. Embodado quedo siempre después de leerte, es un gran gusto, admiro mucho como eres capaz de escribir todo esto.
    ¡Saludos!

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