domingo, 9 de abril de 2017

Fan Fic: Sleeping Beauties


Nos llega la segunda entrega de las historias no contadas escritas por nuestro seguidor Peter Pan, que esta vez nos narrará los orígenes de la Bella Durmiente.

La Segunda Guerra De Los Ogros

Hace 100 Años

El hada Azul hacía de vigía desde las almenas, implorando porque el plan del rey Guillot no los condujese a él y a su ridículo ejército al suicidio.

Un escalofrío le recorrió el alma, pues incluso desde allí oía los rugidos de esas bestias, de los ogros, que clamaban por la sangre y la carne de los campesinos. También le llegaba el hedor de la muerte; el viento helado de medianoche se lo escupía a la cara.

«No servirá de nada» pensó, con dolorido espanto. «Ella no se detendrá».

A sus pies, los hombres del rey avanzaban despacio, a pie, cada uno con dos antorchas. Ese era el plan, llevar dos fuegos para que, en la oscuridad, parecer el doble de huestes.

Nadie sabía que los ogros eran ciegos.


La vida de un ogro era pura oscuridad.

No conocían, pues no veían. Vivían en eterna ignorancia y en perpetuo desconocimiento. Eso los hacía temerosos y supersticiosos, pero también violentos, por lo que sólo se relacionaban en refriegas, que llevaban al nacimiento de más ogros. Como no distinguían sexos ni lazos, cada vez nacían menos y, los pocos que iban quedando, tenían la sangre tan mezclada que apenas se podían sostener en pie.

Pero nada de eso evitaba que un simple susurro o una simple amenaza los llevase a levantarse a ciegas contra todo lo que encontrasen. Ese era el motivo de la guerra, los susurros que alguien malintencionado había propagado por el bastión hueco, el valle donde habitaban los ogros. Y la vanguardia de las bestias ya arrasaba el bosque durmiente, al este del castillo del rey Guillot.

La condena de los humanos, ignorantes a su modo, era un hecho. 


Quien comandaba el ejército de los ogros era la gran Brunilda, que, maza al aire, gruñía y gritaba al resto de su familia.

A su vez, quien comandaba a Brunilda era un jovencito, un puberto imberbe pero taimado que, con su voz de ángel, habría llevado a su madre hasta el mismo Inframundo. Y su madre, desde luego, no era otra que la ogra Brunilda, lo que hacía al joven medio ogro, claro que cualquiera diría, y no sin razón, que había salido a su padre.

El muchacho iba en el hombro de su madre, conduciéndola por el bosque, advirtiéndola de los peligros y preparando una estrategia. Brunilda transmitía la información a su gente, que, más o menos, la comprendía.

―Se están acercando, madre. Deberíamos dividirnos y franquear el sendero por ambos lados. Nos ocultamos en la oscuridad y, cuando los oigamos pasar, los sorprendemos.

Primero guiaron a una mitad de los ogros hasta la espesura, luego a los restantes. Entonces, para ir sobre seguro, el joven pidió a su madre que lo bajara para ir a ver cuánto tardarían las tropas del rey en llegar al bosque.

Brunilda obedeció, por supuesto, y dejó a su niño en tierra firme. Para ella era tan pequeño como un pulgar, por eso a veces lo llamaba Pulgarcito.

Claro que su nombre era otro en realidad.


El hada Azul sobrevoló a los hombres del rey Guillot en su carrera hacia el bosque durmiente. Los pocos que la vieron pensaron, y no iban muy errados, que Reul Ghorm velaría por ellos.

Azul tenía una corazonada y pensaba usarla en beneficio del bien en el que ella creía. Calculaba que aún tendría una hora hasta que las tropas llegasen al bosque, por lo que podría tener incluso tiempo de volver a las almenas para custodiar la ciudadela.

Llegó a la linde, descendió y se ocultó entre la maleza.

En el anillo de las hadas, donde estaba el árbol de la sabiduría, había sabido que la única persona con poder suficiente para detener la guerra se le aparecería cuando nevase en los campos y en los cielos. Y, si uno miraba el firmamento aquella gélida madrugada, podría ver un charco de estrellas brillando alrededor de la luna, formando un fiel reflejo del nacimiento de los anillos de las hadas, que se formaban cuando un ogro dejaba caer la leche sobre una seta.

Cerró los ojos, intentando obtener más sabiduría del árbol.

Y oyó los pasos y el crujir de las ramas. Allí estaba.


―¿Eres un hada? ―inquirió el joven al que se había presentado Azul―. ¿La reina de las hadas?

―Las hadas no tenemos reinas ni reyes. Sólo soy Azul y he venido en tu busca porque creo saber cómo ayudarte.

El joven desconfiaba de tanta sonrisa y tanta dulzura.

―Las hadas sois igual que los humanos, por lo que veo. Sólo entendéis de poder y oro; lo queréis todo, pero el precio luego lo pagan los demás ―le dijo con dureza.

―Las hadas somos neutrales ―se defendió Azul.

―Pues tú no lo pareces.

―Entiendo tu suspicacia, pero, ¿y si te dijera que hay un modo de evitar la muerte, tanto de tu familia ogro como de tu familia humana? Porque, si hay enfrentamiento, eso será lo que ocurra. En las guerras nadie gana. Además, los motivos de esta guerra no son los que crees.

―¿Y qué motivos son? ―el muchacho cada vez desconfiaba más de Azul, aunque buena parte de sus recelos se debían a que el encanto que empleaba con su madre no le servía con ella.

―El motivo es tu madre, Brunilda. De sobra es conocida la leyenda del corazón puro de la reina de los ogros. Un corazón que ciega con su fulgor y con el amor que desprende.

―El corazón de mi madre se secó cuando mi padre, un humano, la abandonó por una de su tamaño.

―Puede ser, pero el corazón de tu madre, aunque fue tentado por la oscuridad, no sucumbió a ella. Si ha accedido a esta guerra, si ha arrasado Avonlea no es porque ella quiera venganza ni odie a los humanos; es porque te sigue y te seguiría al fin del mundo, porque te ama con locura.

―¡Los humanos atacaron primero! ―rugió el joven, harto de cuentos.

―No fueron los humanos. Verás…

―¡No, no quiero ver…!

―Las leyendas inspiran romances ―lo interrumpió Azul, que seguía sin perder la calma―. Los romances se propagan y llegan a los oídos más perniciosos. ―Tragó saliva antes de seguir―. Existe una bruja, Maléfica, que lleva años buscando un corazón puro. Esta guerra la ha provocado ella.

―¿Maléfica?

―Matará o hará que maten a tu madre en la batalla y, entonces, podrá quedarse con su corazón.

Pulgarcito sopesó las palabras del hada Azul… ¿De verdad era todo una treta? ¿De verdad era él tan fácil de provocar?

―¿Qué me propones? ―le dijo al fin.

Azul oteó el horizonte. El ejército del rey no tardaría en llegar.

―La magia de las hadas tiene poder sobre el sueño. Si duermo el corazón de tu madre, podré hechizarlo para que tú absorbas su luz (no, eso no te procurará un corazón puro).

―Pero, entonces, ¿el corazón de mi madre se volvería oscuro?

―No. La oscuridad seguiría sin poder tocarla, pero, del mismo modo, tampoco tendría luz. No sería ni buena ni mala, claro que… ―Debía ser del todo sincera con el muchacho―. Tampoco podrá sentir nada.

Pulgarcito decidió poner todas las cartas sobre la mesa:

―¿Y qué gano yo?

―Como el héroe que acabó con la guerra, yo misma me encargaré de que el rey te recompense como mereces y, al mismo tiempo, olvide el nombre de tu padre para que la sangre de ogro no siga siendo tu estigma.

―No, hada Azul. Mi precio es que consigas que el rey me premie a pesar de mi sangre. Nunca renegaré de la madre que me crió.

―Así sea, pues.

Y el pacto quedó sellado de palabra.

Cuando el ejército del rey Guillot se adentró en el bosque durmiente, nada los emboscó. Se envió una avanzadilla y esta no tardó en dar parte de que los ogros se batían en retirada, perseguidos por el mancebo del que se hablaba en todos los corrillos, el bastardo de hombre y ogra. El rey, complacido ante tales palabras, envió a su propio paje a por el joven para que lo llevase a palacio a la mañana siguiente, que sería cuando él regresase con sus hombres, pues esa noche montarían guardia para cerciorarse de que ningún ogro volvía.

Lo dijo con tanta alegría y seguridad que…

El pobre rey Guillot no sabía que otra guerra acababa de declarársele.


Maléfica lanzó un grito horrible, largo, desgarrado.

Con una mano en el pecho, se buscaba el pulso. Era irregular, lento.

Moría.

Se habían llevado una parte de su esencia, de su vida. Necesitaba un corazón puro, necesitaba cernir las sombras sobre la luz para vivir.

Jadeante, se aproximó hasta su trono, siempre apoyada en su báculo.

Y, como si nada importarse, como si el dolor la hiciera más fuerte, empezó a reír, a soltar carcajadas frías y agudas como cuchillos de hielo.

Lo veía, al responsable de su sufrimiento: un joven ladrón, amparado por una luciérnaga azul. Habían destrozado el corazón con el que ella se iba a alimentar…

La carne empezó a oscurecérsele; la sangre a hervirle y, toda ella, a sentir la oscuridad. La verdadera oscuridad.

Se tornó en un fiero dragón y voló hacia el reino de Guillot, hacia el bosque durmiente, hacia donde había muerto el corazón puro, y descargó toda su saña sobre el lugar.

Lo quemó todo.

Sus llamaradas fueron tan abrasadoras que aún quedó un árbol ardiendo media vida después.

El rey Guillot, sus cincuenta hombres, sus cien antorchas y sus cien fuegos perecieron. Pero ni se dieron cuenta. Un instante se helaban de frío en la nieve, al otro ardían y, al momento, no eran más que cenizas bajo armaduras derretidas.

El paje, salvado por su vasallaje, llegó al día siguiente a palacio con el joven bastardo de ogra. El hada Azul cumplió entonces su palabra y convenció a la viuda reina Talía de que recompensase al muchacho y, al final, el premio resultó ser el mejor de todos.

―Nuestro pueblo ha quedado desgobernado. La gente necesita a alguien fuerte, pero también gallardo, al que admirar y seguir. La princesa aún es una niña, pero, si aceptas casarte con ella dentro de algunos años, la corona será tuya.

El chico sonrió hasta más no poder. No pudo mantener la compostura.

―Acepto ―se limitó a responder para no ponerse en evidencia.

La reina Talía alzó la espada de la verdad, una joya de la corona.

―El rey ha muerto ―dijo al joven y a todos los presentes en la sala de audiencias―. ¡Viva el rey!

―¡El rey ha muerto, viva el rey! ―coreó la corte.

―Viva el rey Stefan ―se dijo el muchacho a sí mismo.

Ya no era ningún Pulgarcito.

Ahora sería el hombre más grande de su reino.


El rey Guillot y la reina Talía habían deseado tener una hija por muchos años y, al fin, tras dos décadas de matrimonio, sus anhelos se cumplieron y les nació una niña. El embarazo fue demasiado largo, de diez meses, por lo que bromeaban diciendo que la pequeña se había quedado dormida en el vientre de su madre. Fue por ello por lo que la llamaron Leah.

Gracias a los dones que el hada Azul le regaló con motivo de su delicada salud, la princesa creció llena de gracia y belleza y fue querida por cuantos la conocieron. Tal vez aquel fuese el motivo por el que Stefan se enamoró de ella. Y es que el joven rey, pragmático y absolutista, también tenía su corazón y su lado sensible. No en vano, la luz pura de su madre le corría por las venas.

Cuando Leah cumplió veintiún años, la reina Talía organizó los fastos para el ansiado enlace que tanto habían aguardado. Todo el reino acudió a palacio para ser testigo del regocijo de sus reyes, que, al fin, veían consumada su unión.

Todo el reino, salvo una persona.

Maléfica no se había desquitado del todo tras quemar el bosque y reducirlo a un páramo inhóspito. No. La bruja había aguardado todos esos años a que Stefan lograse sus metas: que levantase el reino, que enamorara a Leah, que se ganase el amor del pueblo… Todo para que la caída que ella propiciaría fuese mortal. Al fin y al cabo, la venganza siempre estaba bañada en escarcha.

Cuando Maléfica apareció en mitad de las nupcias, la sorpresa en todos fue mayúscula.

―Vaya… Sí que es esta una reunión brillante, rey Stefan ―dijo la bruja, haciendo un amago de reverencia―. La realeza, la nobleza, la plebe y… 

Había reparado en el hada Azul, que la miraba con todo el odio que un hada era capaz de albergar, muy al contrario que el resto, que estaba muerto y paralizado por el miedo.

―Qué singular ―se burló Maléfica soltando una risotada―. Hasta la gentuza.

―Maléfica, te ordeno que te marches o… ―Con un movimiento de muñeca, la bruja robó la lengua del hada para impedirle hablar.

―Si soy franca ―continuó Maléfica mirando con asco la sinhueso en su mano―, me sentí bastante apenada al no recibir invitación.

―¡Porque tú aquí sobras! ―Gritó Stefan, desenvainando su espada, en guardia y listo para atacar.

―Oh ―fingió pena la arpía―. Qué situación tan violenta… Y no lo digo sólo por ese feo gesto que me hacéis con vuestra espada.

―¿No estáis ofendida? ―La delicadeza de las palabras de la reina Leah enervaron tanto a su madre, conocida por ser carácter ofuscado e impetuoso, como a su esposo.

―Pues no, Vuestra Majestad. ―Maléfica le dedicó una sonrisa que habría helado hasta su zarza flamígera―. Y, como muestra de buena voluntad, voy a convidaros con un presente a vos y al rey.

―¡NO QUEREMOS NADA TUYO!

Antes si quiera de terminar su grito de guerra, Stefan lanzó la espada hacia Maléfica. Esta la habría atravesado, pero la bruja la hizo cenizas antes de que llegara a tocarla.

―Oídme bien, todos vosotros ―dijo, alzando su cetro y proyectando su voz en toda la capilla, como si esta saliese de los mismos muros―. La princesa ha crecido dotada de gracia y belleza y es querida por cuantos la conocen, mas, dentro de dieciséis días, antes de que el sol se ponga, se pinchará el dedo con el huso de una rueca y… ¡MORIRÁ!

―¡PRENDED A ESA BRUJA! ―gritó Stefan desesperado.

La orden del rey llegó tarde, porque, tan pronto culminó sus augurios, Maléfica se esfumó y en la capilla real sólo quedó su risa fría y maníaca.


El rey Stefan organizó un ejército que cabalgó a lo largo y ancho del reino en pos de Maléfica. Pero ella demostró una vez más que era capaz de todo. Cuando la armada real se aproximó al páramo, otrora el bosque durmiente, Maléfica apareció convertida en un fiero dragón y, sin piedad alguna, incineró a todos cuantos encontró, igual que años atrás. Y, para asegurarse de que nadie la volviese a molestar, levantó un bosque de espinos en la falda de la montaña que habitaba, que pasó a ser conocida como la montaña prohibida.

Así, durante dieciséis días, Maléfica gozó y disfrutó del sufrimiento que su maldición había causado.

Por su parte, la reina Talía hizo acudir a todos los galenos del reino e incluso encerró a su hija en sus aposentos para evitar que su fatídico destino se cumpliera. También se ordenó que todas las ruecas que en palacio hubiese fueran destrozadas y quemadas, enterrando más tarde sus restos en los arrabales.

Todo fue en vano.

Maléfica, cuyos poderes eran inconmensurables, hechizó los sueños de una bella y durmiente Leah para que, sonámbula, se levantase y acudiese hacia la rueca que ella misma había hecho aparecer en la habitación. Así, el fatal maleficio se cumplió.

No obstante, todas las maldiciones podían romperse y un maleficio del sueño no tenía nada que hacer contra un beso de amor verdadero. Claro que Maléfica confió en que todos darían a Leah por muerta y la enterrarían viva. Además, ella no sabía nada del amor, ni de la bondad ni de la caridad. No podía prever ni tampoco creer que la pasión de Stefan por la reina Leah fuese sincera y desinteresada.

Y es que, en un principio, pareció que todo había salido a pedir de boca para la bruja. Todos dieron por muerta a Leah y empezaron a preparar su funeral. La familia del difunto Guillot tenía por costumbre cubrir los cuerpos de sus fallecidos con rosas una vez los metían en sus ataúdes. Luego los llevaban hasta la playa y los quemaban para purificarlos. Eso mismo se iba a hacer con Leah.

Pero Stefan estaba dolido. Él amaba a su mujer, con la que había crecido, con la que se había criado. Ambos estaban hechos el uno para el otro; se necesitaban. Lo suyo no era simple romance, no, también era camaradería, comprensión. Cada uno era el mundo del otro. ¿Cómo podía ser que todo eso se perdiera por un simple pinchazo en el dedo?

En el funeral, hecho un mar de lágrimas, se acercó a dar un último beso a la pobre Leah antes de que se la incinerase.

Cuando los labios de Stefan se posaron en los de su reina, fue como si el mundo temblase y, por un instante, se detuviese. Entonces, Leah abrió los ojos y aspiró y aspiró como si se ahogase. ¡Estaba viva! 


Mientras tanto, en los dominios de Maléfica, la montaña prohibida, la bruja tronaba con su rabia y su despecho, pues su infame profecía se había deshecho.

―¡CON UN BESO DE AMOR! ―chilló una y otra vez, loca de rabia, perdida ante la derrota―. ¡LA HA DESPERTADO CON UN BESO DE AMOR!

Maléfica enloqueció, ya que, además de haber perdido, también había pagado un alto precio por su condena a la reina Leah. Hacer una profecía, cumplirla y su propio maleficio… Todo eso conllevaba un precio. Y es que la bruja había puesto parte de su ser en la venganza contra Stefan, el rey mandíbula cuadrada. Parte de ese ser, de esa magia, de esa oscuridad y de ese fuego que vivía en ella y que precisaba de un corazón puro ya perdido años ha.

Y Stefan, que ni siquiera sabía del estado de la bruja, no tardó en buscar también venganza por su afrenta y se encaminó a la montaña prohibida con sus más leales caballeros y el hada Azul, que hizo de protectora. Los hombres se abrieron paso a espadazos entre la selva de zarzas y los guardianes de Maléfica, hasta que llegaron a sus aposentos, donde, acabada, intentó volver a convertirse en un dragón.

Y fue aquí, donde el amor verdadero y la luz pura de Brunilda afloraron en Stefan, que sintió compasión y lástima de la bruja, a la que así le dijo:

―Maléfica; has querido matar a mi esposa, has querido condenar a mi familia, mataste a mi suegro y a sus hombres, a muchos de mis soldados, a muchos inocentes en la guerra, humanos y ogros, e intentaste matar a mi madre. Hete aquí ahora, acabada, sola, sin fuerzas ni ímpetus.

―¿Ahora vas a matarme? ―retó ella, manteniéndose firme, pero sabedora de su suerte.

―No. No voy a matarte ―dijo Stefan con magnanimidad―. Te perdono la vida, para que seas testigo de mi dicha, de la dicha de Leah y de la dicha del reino, que celebrará tu caída. En tu mano quedará rumiar ese odio que rezumas o redimirte. Aunque un monstruo como tú jamás cambiaría.

Y así fue como el amor verdadero venció al mal. El rey y la reina vivieron felices y de Maléfica no volvió a saberse nada nunca jamás.

Cuando la maldición de la bruja se convirtió en un mal recuerdo, Stefan y Leah intentaron tener hijos, pero la búsqueda de un heredero les fue infructuosa.

Los reyes acabaron acudiendo a Rumpelstiltskin, quien, alegando que no tenían tesoros que pudieran interesarle, se limitó a dar esperanzas a la reina:

―Algún día os pincharéis con la solución, querida.

Y así fue.

Una mañana de invierno en la que los jardines amanecieron nevados, Leah salió a pasear hacia los rosales encantados que las hadas se encargaban de mantener frescos todo el año. A la mujer le llamó la atención una rosa en concreto, una tan roja como el carmín, y, sin celo alguno, la arrancó.

La rosa tenía dos espinas que se le clavaron en la palma de la mano y la hicieron sangrar, pero, también, y eso no estaba en conocimiento de nadie, había sido encantada por el mismo Rumpelstiltskin, que creía que un par de príncipes en el reino de Stefan no le vendrían mal.

«Siento que tendrán una princesita mona que, algún día, me será útil» había vaticinado el oscuro.

Leah quedó embarazada y al cabo de nueve meses tuvo dos hermosas y cuajadas criaturas, un niño y una niña a los que llamaron Día y Aurora, porque, como el alba, llenarían su vida y la de Stefan de luz y calor.

Mientras tanto, Maléfica vivió en la apatía de la derrota y nunca se sacó de la cabeza a la florecilla del reino, a aquella que la había derrotado con un simple y nauseabundo beso de amor verdadero. 


Hace 50 Años

Durante quince años, el reino prosperó, no sólo en oro, sino también en romances y tradiciones. La tierra era rica, los floreales y frutales creían por doquier, y el comercio llegaba hasta el golfo de Agrabah.

Parte de responsabilidad en tanta buenaventura tenía el hada Azul, que amparaba y protegía a la familia de Stefan y, en esos días en los que los reyes se encontraban ausentes por un viaje al sur, el hada se había instalado en palacio. Su deber no era sólo velar por los jóvenes Aurora y Día, que eran tan diferentes como el alba y el ocaso, sino prepararlos para el deber y la responsabilidad que la corona implicaba. La primera tarea que debían afrontar era el banquete real, que coincidiría con el decimoquinto cumpleaños de los príncipes y el eclipse de sol, que se daba una vez cada cien años por aquellos lares.

Pero, deberes a un lado, al ser una fecha tan señalada, Azul pensó en prepararles a los príncipes un regalo y, para ello, pidió ayuda a dos hadas novatas: Verdita y Nova. Todas estaban en la lencería de palacio, en las cocinas, echando un vistazo a unos figurines que Azul había traído.

―Este me gusta mucho ―decía Verdita, que vestía un traje hecho de helechos.

―Van a estar arrebatadores… ―suspiró la segunda, Nova, que vestía de rosa y tenía siempre un aire soñador en la mirada.

―He pensado en hacerles algunos cambios ―dijo Azul―. Al vestido le pondremos unos vuelos bien rizados y no forraremos el jubón.

―¿Y los haremos en verde?

―No, Verdita, Azul mejor.

―¿Y cómo lograremos que no se den cuenta? ―preguntó Nova.

―¿Cómo, si ellos no pueden bajar a la lencería? ―se despreocupó Azul.

Pero, justo entonces…

―¡Buenas!

Día apareció, como siempre, dando la nota: andaba sobre zancos, todavía iba en camisón y llevaba un extraño casco vikingo con plumas de colores. Era la viva imagen la reina Leah; cabellos dorados, labios rojos y ojos como el mar.

―¡Día! ¿Qué haces aquí? Tú no puedes bajar con la servidumbre y menos de esa facha.

A Azul el sobresalto no le impidió reprender al muchacho. Ese era el pan de cada día.

―Quería ver qué estabais tramando vosotras ―dijo Día con una sonrisa de oreja a oreja.

―¿Tramando? ―fingieron todas a la vez.

―Nadie está tramando nada, querido ―aseguró Azul.

―S-sí, sólo queríamos… Eh… ―Nova no sabía mentir.

―Queríamos que tú y Aurora practicaseis el vals, para la fiesta. No se os da muy bien.

Verdita salvó el día, aunque Día la miraba con suspicacia.

―Sí, tenéis que practicar muchísimo más ―secundó Azul―. Bájate de ese chisme, vístete como está mandado y ponte los libros en la cabeza. Vamos, yo te alcanzo ahora ―azuzó el hada.

Convencido de que tramaban algo, pero sin posibilidad de discutir, Día se marchó por donde había venido. En cuanto desapareció entre las cocineras, Azul hizo aparecer los útiles de costura y las telas.

―¡Azules! ―se indignó Verdita.

―Qué lindo tono de azul, ¿verdad? ―Azul estaba la mar de contenta.

―Pero yo quería que fuera verde.

―Ay, Verdita, todas hemos decidido que fueran azules.

―¡Tú lo decidiste!

Verdita sacó su varita, pero Azul no tardó en cortarla.

―¡Nada de magia!

―Pero nosotras no sabemos coser ―volvió a protestar Verdita.

―Ay, pero será tan bonito que aprendamos…

―No me ayudas, Nova.

―Venga, Verdita, deja de quejarte y pone manos a las agujas. Yo iré a ver si Día aprende a bailar de una buena vez.

El hada Azul se alejó revoloteando por las cocinas. Tan pronto hubo desaparecido, Verdita, o sea, Campanilla, que era como le gustaba que la llamasen, sacó su varita:

―Que sea verde.

Y todas las telas se volvieron de ese color.


Día encontró a Aurora en el jardín, junto a los rosales, leyendo «On Horsemanship». Para Día, leer estaba bien, pero había muchas cosas más divertidas de hacer.

―¡Aurora! ―le gritó.

La joven se sobresaltó y dejó caer el libro en la nieve. Su hermano estaba siempre igual…

―¡Día, te he dicho mil veces que no hagas eso! ―Reparó en que llevaba el camisón bajo la capa, impensable a esas horas―. ¿Por qué no te has vestido?

Por toda respuesta, Día se encogió de hombros, lo que era una falta de respeto.

―Es de mala educación ese gesto ante cualquiera.

―Venga no me hables de etiqueta… ―Y la empujó a la nieve.

―¡Día!

Aunque estaba enfadada, la risa de su hermano no tardó en contagiarla. Él se tiró a su lado.

―¡Come nieve, hija de rey! ―le gritó restregándole a la chica una bola por la boca.

―¡Día, para ya! ―dijo, a duras penas, entre risas. El muchacho la acompañaba; a los dos les faltaba el aire de tanta carcajada.

―Aurora, ¿te das cuenta de lo poco que nos queda para ser responsables de nuestros actos?

―¡Yo ya soy responsable de mis actos!

―Mal hecho ―rio Día, tumbándose boca abajo, sintiendo la nieve entrarle en la boca y la nariz.

―El hada Azul está preocupada por ti y también el rey Hubert ―dijo la joven, ya en un tono más serio.

―¿El rey Hubert? ―A Día le picaba la curiosidad. ¿Qué tendría que decir ese fofo de él?

―Dice que no sabes luchar… ―dejó caer Aurora―. Y que eres un mariquita.

―¿Cómo…?

―Sí, se extralimita, lo sé. Al fin y al cabo, tú eres el heredero, tú sabrás qué hacer.

―No me importa lo que diga, Aurora… ―Día intentó ponerse serio también, pero no le salió muy bien―. Yo puedo protegerte, aunque sea con un palo de escoba.

―¿Y qué significa mariquita? ―preguntó Aurora. Era su turno de reírse.

―¡No lo sé! ―volvió a gritar Día, exagerando los gestos. Siempre hablaba a gritos y haciendo aspavientos.

―De todos modos ―siguió la joven―, deberías permitir a padre o al rey Hubert que te enseñen a manejar la espada como un hombre.

―Felipe intentó enseñarme el verano pasado.

Aurora cabeceó.

―No hables de Felipe, ¿quieres?

―¿Recuerdas cuando éramos pequeños y jugábamos los tres aquí, en la rosaleda? ―A Día le brillaron los ojos―. Cuanto daría por volver a esa época, por no crecer nunca ni tener responsabilidades. No quiero tener que cambiar y volverme un serio desaborido como esos reyes pomposos que conocemos.

―Aunque preferiría tener a mi hermano antes que a un rey, me temo que deberás ser los dos. Y, sí, Felipe a veces dice lo mismo, sólo que él querría volver a la infancia para aprender a manejar el florete otra vez. Con propiedad, quiero decir.

―¿Te gusta?

―¿Cómo me va a gustar? Es un consentido y un presumido que sólo habla de espadas y guerras.

―Claro, porque tú, hermanita, tienes mucha conversación…

Aurora iba a protestar, pero el hada Azul acababa de aparecer con clara cara de disgusto.


―¡Ya no sé cómo decirte las cosas, Día! ¡No obedeces y, cuando te emperras con algo, no conoces!

Azul les había echado la bronca por no haber estado ensayando los pasos de baile, ni vestirse… Y por muchas otras cosas, hasta por las que Día recordaba haber hecho sin querer. No tardó un segundo en adornar al príncipe con las más pomposas de las ropas, gorgueras y birrete incluidos, y llevarlo a la sala de audiencias, donde se celebraría el ágape.

El maestro Forte, músico de la corte y reputado cantante, empezó a dirigir a la orquesta. Tocaron un vals lento y aburrido que invitaba al sueño más que una nana. Hasta Aurora llegó a bostezar, pero Azul sólo se daba cuenta de que Día no terminaba de dirigir a su hermana o de que la pisaba… Si era Día el culpable, Azul lo veía al momento.

―Tenéis que aprender a bailar con buena planta y distinción ―decía el hada.

Los pasos de Día eran tímidos. No quería que se le cayeran los libros que tenía en la cabeza y que le marcaban el equilibro que debía seguir.

―Debe ser una exhibición perfecta ―siguió Azul―. Es el vals que siempre se ha bailado en la fiesta del eclipse.

Aurora y Día pensaron en que esa era una tradición absurda. Nadie podía acordarse del vals que se bailaba una vez cada cien años. Mucho menos de aquel, que sonaba como un gato vomitando el arco de un violín.

Con algo más de confianza, Día intentó ir más rápido. Azul en seguida le reprendió:

―No, no, Día. Debe ser más refinado.

Entonces fue más lento.

―No, no, Día. Debe ser más vivo.

Entonces volvió a acelerar.

―Pero más lento.

―Me estás pisando ―dijo Aurora.

―Algo más rápido ―volvió a corregirlo Azul.

―Mira donde pones los pies ―repitió Aurora.

―Alza la cabeza, Día…

Y, sin saber dónde pisar ni dónde mirar, el príncipe acabó por tropezar consigo mismo. Cayó al suelo y los libros con él. Azul se le acercó volando.

―Querido, el garbo y la apostura no se notan si no estás de pie.

Todos le miraban. Desde Aurora y Azul hasta Forte, la orquesta y los cortesanos. Y en cada mirada vio una mezcla de vergüenza ajena y lástima que le rompió el corazón.

―Esto es un caos ―se lamentó Azul.

Día se levantó, ignorando la mano que le tendía Aurora, y se marchó con la cabeza bien alta, sin mirar a nadie. Cuando se supo solo, empezó a correr y a llorar.


―¡Regina!

No hubo tiempo para reaccionar. Apenas habían pronunciado su nombre, ya la habían abofeteado.

―¡Madre!

―Comerse las uñas no es de señoritas ―se justificó Cora, tomando las manos de su hija y examinándolas con atención― Mira que dedos, que padrastros… Se te van a pudrir.

―Madre no empecéis…

―Querida, por favor ―quiso mediar Henry.

―Tú no la consientas ―rugió la dama―. Estoy harta que se comporte como una niña de trapo.

Ignorando a su madre, Regina dirigió una mirada agradecida a su padre antes de volver al entretenimiento del que la habían sacado: mirar el paisaje.

Llevaban horas en la berlina, camino del castillo del rey Stefan. Se suponía que iban en calidad de representantes de la corona, porque su padre, Henry, era hermano del rey que gobernaba allá en las tierras de las que venían, cerca del mar. No tenían una relación muy estrecha con él, ni con la reina ni con el pequeño Eric, el primo de cuatro años de Regina, ya que había otros tres hermanos antes de Henry, tres príncipes pomposos, presuntuosos y prepotentes que hacían de menos al bueno del benjamín porque se había casado con una plebeya. Parecía que el poder tornar la paja en oro, en tiempos de abundancia como aquellos, ya no era una cualidad muy sorprendente.

―¿Dónde está tu corsé? ―saltó Cora, pillando a su hija desprevenida.

―¿Perdonad?

―Tu corsé, Regina, ¿dónde está?

―No necesito un corsé, madre, me cuesta respirar.

―No vas vestida con propiedad entonces. ¿Cómo esperas presentarte en sociedad sin corsé?

Henry bufó ante la nueva reprimenda de su esposa y Regina se limitó a contener la respiración… Y la rabia.

―Disfruta de tu libertad mientras la tengas. ―Cora sabía que daba más miedo cuando empleaba aquel tono dulce―. Casarás y te verás en la obligación de obedecer a tu marido y de parir a tus hijos. Así han vivido las mujeres durante años y así vivirás tú ―concluyó remarcando cada palabra.

Regina se habría marchado si hubiera podido. Ni siquiera quería ir a esa estúpida fiesta, pero, como decían, nobleza obliga.

―Daniel… ―suspiró la joven.

―¿Qué dices? ―inquirió Cora.

―Nada, madre, no digo nada, descansad.

―Como si el traqueteo me lo permitiera, tienes unas tonterías a veces…

Y, entre baches y reproches, hicieron el camino los representantes pobres de un rey ausente.


Día estaba en la cama, haciendo el pino y… Sí, llorando. Era una forma extraña, pero era su forma de meditar.

¿Era un fracaso cómo príncipe? ¿Por qué no conseguía comportarse con propiedad? ¿Por qué no sabía hacer las cosas que había visto hacer a Felipe y a Aurora? Lo único que se le daba bien, además de andar con zancos, era tocar el laúd… Con eso no iba a ningún sitio.

―¿Día?

Era Verdita, o Campanilla. Asomaba la cabeza por la puerta, con muchas reservas, y parecía preocupada.

―Quiero estar sólo.

―No llores, anda… ―La pobre no sabía que decir―. No llores ―repitió, acercándose a la cama.

―No eres muy buena consolando, ¿no? ―Ni con todo ese agobio podía evitar que le saliese el bufón que llevaba dentro.

―No… Yo… ―Se había sonrojado hasta tener las mejillas como manzanas―. Día, eres muy joven y eres un príncipe y… Bueno… Siempre habrá gente que te cuestione a ti o tu liderazgo… ¿Lo he hecho mejor?

Día esbozó una sonrisita bobalicona y dio una voltereta en la cama para quedar sentado frente a Campanilla.

―¿Y tú crees que lo haré bien?

―Muchas generaciones te preceden, creo… Azul me habló una vez de tu abuelo, Guillot el bravo, que luchó contra ese kraken que atacó las costas hace décadas. O tu bisabuelo, Sol el constructor, que trazó los planos de todos los nuevos poblados del reino.

―Y luego está Stefan el bueno ―dijo Día―. Mi padre, que perdonó a los ogros, venció a la bruja Maléfica y demostró lo que es el amor verdadero… ¿Quién lo superará? ¿Cómo podré ser como él?

―A tu padre le llevó muchísimos años que lo aceptasen en la corte, Día. No lo tuvo fácil. Tuvo que demostrar que sabía liderar y proteger a su gente y, claro es, no puede hacerlo solo. Él cuenta con la ayuda de nosotras, las hadas; otros reyes tienen consejos; los sultanes, visires; en Arendelle hay primeros ministros, así como en el reino de Leopold… El rey luce la corona, pero la sujetan muchas otras personas.

―Se te debe de dar muy bien improvisar, porque tu intento de consolarme ha degenerado en un discurso político ―bromeó Día, que empezó a reír de esa forma suya tan exagerada. Campanilla lo acompañó en las chanzas.

―Yo sé que puedes hacer las cosas tan bien como te propongas. No le hagas caso a Azul.

―Si nunca se lo hago…

El hada lo obligó a levantarse y lo llevó al espejo que había sobre la jofaina, donde el joven se aseaba:

―¿Qué ves?

―Un espantajo ―respondió este.

―¿Y eso?

Día pensó.

―Esta ropa que Azul me ha obligado a llevar porque…

―Porque Azul es la que hace las normas para ti y Aurora ―dijo Verdita.

―Sé que lo hace por nuestro bien, pero es una pesada. Es más… ―Día se metió detrás del biombo; la ropa empezó a volar―. Ya me he hartado de ir de muñeco. Yo visto igual que mis amigos del pueblo.

―Así se habla.

Día salió de tras el biombo. No llevaba más que una pelliza negra desgastada, su vieja bufanda y unas calzas marrones llenas de churretones.

―Es más… ―El joven volvió a caer en la cuenta de algo―. ¿Por qué mis amigos del pueblo y sus familias no pueden venir a mi cumpleaños? ¿Por qué no podré bailar con ellos pero sí con la princesa Agrabah, a la que ni conozco?

―Porque son…

―Las reglas de Azul, la que tiene las llaves del reino… ¡Oh, hadita, eres la mejor!

Verdita sonrió.

―¿Y qué vas a hacer ahora?

―No dejar que nadie me diga cómo hacer las cosas. Yo sé comportarme y sé ser yo mismo a mi modo... Creo que eso es redundante… ―Día cabeceó; se iba por las ramas―. Organizaré el banquete y lo primero será repartir invitaciones entre el pueblo.

―Pues deja que te ayude… ―Verdita sacó su varita del bolsito que le colgaba del cinturón, que parecía hecho con ramas de árboles―. Con magia podrás entregarlas al momento. Sólo agita y golpea el fajo e irán volando a sus destinatarios.

―Verás cuando en el mercado vean esta exhibición de magia.

Día tomó la varita de manos del hada y la miró sin poder creérselo. De la emoción hasta le dio un beso a ese ángel de la guarda verde que tenía.

Corrió por los pasillos y las escaleras, haciendo que la varita soltase polvo de hadas por doquiera que pasase. Fue hasta el estudio de los escribas, donde había pergamino y tinta, y empezó a escribir los nombres de sus conocidos del pueblo: «Trisha la comandanta, Charmelón el maestro, el señor Maximiliano y su gentil esposa Laura…».

Después de un buen rato garabateando, con las manos llenas de tinta, cogió la varita e hizo que las invitaciones levitasen tras él. Luego fue a por Vinci, su montura, que ni necesitaba que la ensillasen ni que le pusiesen herraduras, no. Vinci era su monociclo, un invento que nadie se atrevía a manejar más que él.

―Y luego Azul me hace llevar libros en la cabeza… Seguro que ella tiene el equilibrio perfecto para montarte, ¿verdad, Vinci? ―Como era obvio, el monociclo no respondió, pero, de todos modos, Día lo azuzó―: ¡Ay-Ho, Vinci, Ay-ho!

La calle del mercado bullía de vida pese al frío. En aquellos días, lo que más se vendía era leña, botas, sombreros piconeros y, para comer, pan de ayer, pues las nieves no se iban hasta mayo y las cosechas no se aprovecharían hasta el invierno. Sólo las manzanas y las peras estaban a disposición de los mejores bolsillos todo el año. Los más humildes se contentaban con pan y leche y leche y pan.

Día miraba a todos lados, por si veía a algún conocido, pero, de todos modos, las invitaciones volaban solas hacia sus destinatarios. En ellas, el joven especificaba que ninguna norma de etiqueta se aplicaría, que podrían ir solo con enaguas si quisiesen, y esperaba que alguien así lo hiciese.

―Día, ¿te crees que no sé lo que haces?

El muchacho no podía creerlo. Azul revoloteaba a su alrededor, mirándole con gran disgusto.

―Estoy invitando a mis amigos del pueblo.

―Ya hay demasiados invitados.

―Es mi fiesta.

―Es la del eclipse.

―En mi cumpleaños.

―Es un banquete real.

―En mi honor.

―Y en el de Aurora.

―Mas en el mío también.

―Día, las reglas no son así…

―¿Y qué mas dan TUS reglas, Azul? ―Día detuvo el monociclo, que se mantuvo en pie gracias a la magia de Campanilla―. Cuando se impusieron tus reglas y las de mis padres hubo que cambiar otras, ¿no? Pues yo ahora hago la voluntad de mi corazón, que es dejar que todos en la villa disfruten de nuestra fiesta.

―Y eso te honra, querido, mas la realeza implica unos deberes…

―Y el mayor de esos deberes, según mi madre ―recordó―, es saber pensar, ser caritativo, bueno, valiente…

―Y generoso ―completó Azul―. Yo misma se lo dije cuando nacisteis tú y tu hermana.

―Pues así es como estoy siendo. Me arriesgaré y, si a mis padres no les parece bien, que sean ellos los que me impongan penitencia.

Y, sin dejar al hada tiempo de rebatirle, volvió a pedalear calle abajo… Tal vez demasiado rápido, teniendo en cuenta el hielo que se había formado en el empedrado… Pero quería dejar a Azul atrás.

De pronto, Un hombre salió corriendo del horno de Jean el cortés, el mejor panadero de la comarca, y Día lo arrolló, cayendo ambos al suelo helado. El monociclo siguió de pie, por supuesto.

―L-lo lamento, señor ―se disculpó Día, que no sentía sus cuartos traseros.

Nervioso, el hombre se afanaba por recoger todas las hogazas que se le habían caído al suelo. Jean el cortés salió rodillo al aire de su local.

―¡Al ladrón, al ladrón!

El hombre arrollado quiso huir, pero Jean y otros curiosos le cerraron el paso.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Día, temiéndose ya la desgracia.

―¡No he hecho nada malo! ―gritó el hombre con congoja―. ¡Sólo intento sobrevivir al invierno!

―¡LADRÓN! ―bramó el panadero.

―Alteza ―dijo la verdulera, haciéndole una reverencia―, necesitamos su sentencia.

Para echar más leña al fuego, el hada Azul llegó al espectáculo.

―¿De qué sentencia hablan? ―le preguntó al hada, que le miró con gran pesar.

―¡Si he robado ha sido por hambre! ¡Por mi hambre y la de los míos!

Jean el cortés, que perdía la cortesía por momentos, le dio un puñetazo.

―¿H-has robado? ―dudó Día.

―Sí, alteza… ¡Mas tengo una familia a la que alimentar y el oro escasea, igual que el trabajo!

A la muchedumbre la recorrió un murmuro de compasión.

―¡Perdonadlo! ―se oyó gritar.

―Seré duro, pero honesto ―dijo el ladrón al borde de las lágrimas―: por mucho que creáis que aquí, cerca de palacio, se vive bien, es sólo un espejismo. Más allá del bosque nos morimos de hambre y luego ni nos podemos pudrir porque nuestros vecinos nos echan al puchero. ¡Mi familia no sobrevivirá al invierno!

―E-entonces… ¿A-admites tu crimen? ―Día miraba de hito en hito al hada Azul y a los pueblerinos. No tenía idea de cómo proceder.

―Admito que he hecho lo que la necesidad me ha obligado a hacer.

―El castigo por robar es la amputación de tres dedos ―sentenció Azul, mirando a Día―. ¿Das el permiso?

El muchacho estaba horrorizado. Entre la gente se oían a favor de la condena y a favor del perdón.

―¡Hacedle pagar!

―¡Piedad!

―¡Cortadle los dedos!

―¡La mano entera, mejor!

―¡Dejadle ir!

―Si lo condenas ―dijo Azul―, deberás ser tú el portador del hacha, Día.

―¡Alteza! ―suplicó el ladrón―. ¡Soy un hombre inocente! ¡Lo he hecho por mi familia! ¡Muchos más lo hacen y lo harán después de mí!

Demasiadas voces enturbiaban la verdad y al joven sólo se le ocurría pensar en qué haría Aurora…

Miró a Azul. Miró al pueblo. Miró al ladrón. Y habló sin titubeos.

―Yo, el príncipe Día, sé que mi casa os escucha. Ordeno que este hombre sea perdonado y yo mismo pagaré lo que robaba.

Los abucheos empezaron a escucharse.

―Alteza, sois misericordioso ―dijo el ladrón, arrodillándose.

―Castigaros sería castigar a vuestra familia. Por eso os dejo marchar.

―¡ES UN CRIMINAL! ―gritaron muchos.

―¡Sigue siendo tan vasallo mío como vosotros! ―alzó la voz Día―. ¡Merece mi protección tanto como vosotros! ¡El hambre hace al malhechor, pero siempre hay esperanza!

―Mas estos robos se volverán a repetir con esta sentencia ―dijo Azul.

―Es mi palabra. Y mi palabra es ley. ―Y así quedó zanjado el asunto.

―Alteza ―repitió el ladrón―, mi familia os debe la vida. Nunca olvidaré la deuda que he contraído con vos.

Día miró a Azul, muy satisfecho de sí mismo, pero el hada le arrojó un cubo de agua fría con sus palabras:

―Deber de la corona es dar ejemplo e impartir justicia. Tu misericordia ha sido en parte cobardía, pero, supongo, lo entiendo.

Y se alejó volando, igual que las gentes volvieron a sus quehaceres.

Y Día se quedó solo en un mar de dudas.

―Ay-ho, Vinci ―fue todo lo que dijo de camino a casa.


En las murallas, Aurora fue testigo de la llegada de un espectacular caballo blanco, que se encabritó al acercarse a ella. Sobre él, con la camisa y la casaca militar abiertas, una sonrisa de suficiencia y aquel control sobre el animal, que relinchaba manoteando sus cuartos delanteros en el aire, Felipe no necesitó mucho más para despertar más recelos en la muchacha.

«¿Pero qué se habrá creído?» pensó, arrugando la nariz.

Tras él llegó una calesa cargada de presentes, conducida por Esopo, el exótico criado del rey Hubert, que seguía tan orondo y charlatán como siempre.

―Mi querida y dulce Aurora, ¿cómo estáis? ¿Y vuestro hermano? ¿Y vuestros padres, llegarán mañana? ¿Y la reina Talía marchose con ellos? Entiendo, entiendo…

Apenas le dejaba resuello para responder cualquiera de sus dudas.

―Esa hada es demasiado estricta, siempre lo he dicho. Acabará sola, como mi prima Beatrice.

―Las hadas no pueden…

―Como mi prima Beatrice ―repitió, dejando claro que no le importaba que las hadas no pudieran siquiera enamorarse.

Hubert la dejó allí y empezó a decirle a Esopo como cargar el equipaje, como si en vez de rey hubiese estado sirviendo toda su vida.

―Como ves, Su Majestad no cambia.

Felipe había bajado del caballo y la miraba con una forzada cortesía. La misma que ambos se habían vistos obligados a consentir por muchos años, ya que estaban prometidos desde la cuna, pero ninguno se aguantaba. Era un matrimonio condenado a la infelicidad.

―Mil gracias por venir ―le dijo Aurora con poco entusiasmo.

―Mil gracias os doy yo por acogerme ―respondió Felipe sin disimular un ápice de desdén.

Aurora le tendió la mano, pero él ni la tomó ni la besó. En lugar de eso le dijo:

―¿Un ósculo en vuestra mano, Aurora? ¿Queréis que me enferme?

Y, tratando de tranquilizarse, la joven le dio la espalda y se fue tras el rey Hubert y Esopo.

―¡Oye, oye, tú!

Aurora se volvió. Estaba roja como un tomate.

―¡Felipe! ¡¿Pero crees que esas son maneras?!

―Si hubieras ido al frente a verme sabrías que allí importan poco las formas. Sólo importa la vida ―se jactó el muchacho. ¿Acaso sólo quería hacerse el gallito?

―Bastante tenía con verte todos los días de junio a septiembre, gracias.

―¿Verme todos los días? ¿No sería mejor decir “dejarme ver coqueteando con todos los guardias del palacio para que marches de una vez”?

―¿No sería mejor que te callaras? ―Aurora siempre estaba a la defensiva.

Felipe se echó a reír. Chinchar a su indeseada prometida era tan sencillo…

―Y luego soy yo el que falta a las formas…

―Si te crees un caballero, te digo que no lo eres.

―Y si tú te crees una dama, te diré que sólo eres una imitación de tu madre.

Aurora le lanzó una última mirada asesina y marchó. No volvió a girarse, no iba a caer otra vez en el absurdo juego de Felipe.


El carruaje del príncipe Henry, Cora y Regina se detuvo en el apeadero del pueblo. En teoría, querían hacer algunas compras antes de ir a palacio.

―Birretes, que por aquí se estilan mucho, y unos zapatos nuevos ―iba enumerando Cora―. Si deseas cazar a un hombre con fortuna y nobleza debes ir impecable, hija.

Regina, que iba cogida del brazo de su padre, dejaba que todo lo que decía su madre le entrase por un oído y le saliese por el otro. Ella ya tenía un hombre con fortuna y nobleza, pero en el corazón.

―¿Manzanas, jovencita? Llévese una ―ofreció el frutero cuando pasaron junto a su puesto. Regina la aceptó encantada.

―Sigue comiendo así y verás cómo acabas igual que un cochino.

El comentario de Cora le hizo arrojarla.

―Regina, hija… ―A Henry todo aquello le dolía más que a nadie, porque no se sentía capaz de defender a su tesoro―. No le eches cuenta a tu madre.

Pasaron por delante de la botica, donde los dueños echaban la bronca al mancebo que tenían empleado. Al lado estaba el zapatero, en un humilde tenderete, haciendo hormas. Cora pensó que aquel lugar era demasiado poco para ella y, aunque el buen hombre le ofreció un buen par de zapatos, ella los despreció sin reparos. Lo positivo del asunto fue que Regina se libró de hacer de muñeca, claro.

―Henry, ¿por qué no vas con Regina en busca de una buena sastrería? Yo iré a ver si hay algún puesto de flores.

―¿Flores? ¿Con este tiempo?

―Henry…

Ante la mirada de su esposa, Henry supo que lo mejor era no discutir. En realidad, tanto él como Regina se alegraban de alejarse de la órbita de Cora un rato. Esta, por supuesto, no tenía ninguna intención de ir a por flores. Deambuló en busca de un callejón y, oculta de todos, se envolvió en una nube de humo morado.

Se apareció en la montaña prohibida, que se veía más ruinosa y tenebrosa que nunca. Hacía muchísimos años que no iba allí, casi desde que Regina apenas levantaba un palmo del suelo. En el pasado había intentado aprender más magia de la mano de Maléfica, pero, cuando la conoció, vio que la ayuda la necesitaba la bruja y no ella. Lo más que pudo obtener fue un libro de nigromancia, que guardaba como oro en paño.

Cuando Cora entró en los aposentos de Maléfica, le dio un vuelco al corazón (sí, a ese corazón que no tenía). La bruja estaba igual que la última vez que la había visto: acabada y medio muerta en un sillón por esa pócima para dormir que se inyectaba, con los ojos en blanco y un hilillo de baba chorreándole por la barbilla. ¿Y esa era la emperatriz del mal?

―Márchate, ¿quieres? ―le dijo Maléfica sin siquiera moverse.

―Oh, querida… ―Cora cabeceó, aunque el asunto le divertía―. Estás como la última vez que vine. Creo que ni te has cambiado de túnica.

―¿Qué haces aquí? ―preguntó la bruja bostezando.

―Pasaba cerca y me dije, ¿por qué no ir a ver a una vieja amiga?

―Tú y yo no somos amigas.

Cora se tomó la libertad de ocupar el otro sillón frente a la chimenea. En la mesilla entre los dos asientos había varios frasquitos: agua salada, extracto de hongo venenoso y sabia de sueño mortal. Maléfica se los había enseñado cuando fue a pedirle esas cortinas que hacían que cualquier ventana comunicara con Oz.

―¿Cuánto crees que falta para…?

―Cora, no tengo ganas de estos juegos tuyos. Sea lo que sea lo que tengas entre manos…

―¿Cuánto crees que falta… para tu muerte? ―insistió Cora.

―¿Perdona? ―Maléfica perdió algo de somnolencia, pero no se movió.

―Han pasado más de veinte años desde que Stefan despertó a Leah, ¿hasta cuándo te durará esta pataleta?

―Esto no es una pataleta, Cora, bien lo sabes. Ni siquiera yo puedo vivir para siempre sin hacer un mínimo esfuerzo.

Maléfica miró la chimenea, apagada. No había tenido un buen fuego en décadas. El castillo estaba helado y ella tenía que cubrirse de mantas y pieles para no morir congelada. Seguro que a Stefan le habría encantado hallar su cuerpo en un bloque de hielo.

―Un corazón… Todo por un corazón.

―Un corazón puro, que no es lo mismo.

―Desde luego ―dijo Cora―. Conozco la historia de esos corazones que derrochan magia luminosa y amor verdadero. ¿Acaso olvidas que el oscuro fue mi mentor? Leí las crónicas del primero de esos seres y las encontré muy… Instructivas.

―Ese corazón puro que Stefan me robó podría haberme dado más fuerza, alimentar mi espíritu vital.

―Pero hete aquí, vivita y coleando.

―¿Y qué vida es esta?

―¿Ya no recuerdas cuando eras la hija del sepulturero?

―No lo sé… ―Maléfica miró a Cora con profundo odio―. ¿Recuerdas tú cuando eras la hija del molinero?

―Por supuesto. Es algo que siempre tengo presente. Los malos sentimientos aumentan el poder.

―Cora…

Maléfica tanteó en la mesita en busca de una aguja. Había tres y cogió una. La mojó en la mezcla de pócima que tenía entre las mantas y se pinchó en el dedo corazón. Al momento se relajó.

―Cora… Por mucho que aprecie tu compañía…

―Imagina el más glorioso de los futuros ―interrumpió ella―. Siete de los más puros corazones, todos rebosantes de luz. Juntos, otorgan el poder de destruir tanto la oscuridad como la propia luz. Mas, si uno de esos corazones se perdiera en las sombras, la oscuridad engulliría los otros seis y, ¿quién sabe qué negro futuro nos esperaría?

―Eso venía en las crónicas ―aseveró Maléfica.

―Una tal Nimue dedicó mucho tiempo a buscarlos, mas no sabía algo.

―Intuyo que me lo vas a contar.

―Del mismo modo que la oscuridad era tan sólo algo metafísico hasta que se ató al oscuro y a su daga, la luz no es tangible hasta que, por decirlo de algún modo, un fragmento de ella encuentra un corazón digno, uno recién nacido.

―No me dices nada nuevo. Sabes que mi padre también emprendió sus cruzadas en pos de los corazones puros y que nunca halló ninguno.

―Mas yo sí. Adivina dónde.

―¿En los capullitos de flor de la reina Leah?

―En los mismos.

―No los podrás tocar. Esos mocosos están protegidos por las malditas hadas. El hada Azul no deja de meter las narices en todos lados.

Cora sonrió con frialdad. Maléfica estaba tan dormida que no pensaba con claridad. No la entendía.

―¿Quién ha dicho nada de quitarles los corazones? ―Como vio que la bruja no respondía, siguió―: Lo que me propongo es algo muy diferente. Tal vez te anime.

―No hay nada que me anime…

―Entonces, me temo que deberé sentirlo por ti.

―¿Por qué Cora? ¿Qué te han hecho a ti Stefan y su familia?

―Uno de esos capullitos que tienen, el príncipe Día, será el prometido de Blancanieves. Stefan ya lo ha discutido con el rey Leopold, según me han dicho mis espías en la corte. Planean anunciar el compromiso en el décimo cumpleaños de la joven, dentro de tres semanas.

―Tienes idea de asesinarlo, pues.

―Cuando se tiene un corazón, este se controla y, así, se ostenta el poder. Mas, ¿de qué me sirve un corazón que no puedo ni tocar? Esa estúpida mosca selló el sino del joven cuando lo marcó con su luz.

―El corazón puro moriría ―apuntó Maléfica.

―Aurora aún conservaría la otra mitad. Créeme, si entiendo de algo es de corazones. Esos hermanos están no solo unidos por la sangre, sino también por la herencia de esa ogra guerrera y, algún día, querida, puede que consigas hacerte con ese corazón.

―Ya no merece la pena pensar en esa familia… ―Maléfica volvió a pincharse―. ¿Deseas algo más Cora? ¿Hay algún otro pensamiento que te mueras por hacer público?

―El amor es debilidad, Maléfica ―dijo Cora, poniéndose en pie, ya preparada para marchar.

―Yo no amo a nadie.

―Oh, sí, sí que amas a alguien. Te quieres a ti misma, eres vanidosa y no aceptas una derrota que ocurrió ya hace décadas. Eso es lo que te ha quitado el fuego, lo que te ha quitado la fuerza y la vida. No Stefan o Leah.

Maléfica fingió dormir para no tener que rebatir a Cora y esta no pudo evitar reír.

―Odias estar equivocada, ¿verdad? ―acabó preguntándole.

―No lo sé ―dijo Cora, que se ocultaba dentro de su capa―. Como nunca lo he estado… No estoy familiarizada con el sentimiento.

Y girando sobre sí misma, se desapareció.


―¡Mira, Azul, mira estos presentes!

Nova mostraba con entusiasmo los retales verdes que debían ser tomados como los trajes de Aurora y Día.

―¡También he hecho un bizcocho de queso!

Le acercó la bandeja y Azul, que ya venía disgustada, arrugó aún más la nariz al ver aquel dulce blandengue y crudo por dentro.

―Lo hemos hecho sin magia, tal y como nos habías pedido. ―Nova estaba del todo orgullosa―. Aunque le veas la textura un poco rara, por dentro está buenísimo.

―Mas creo que una de vosotras se ha tomado lo de no usar la magia demasiado en serio… ―dijo mirando a Campanilla―. ¿Me equivoco, Verdita?

―Si es por prestarle la varita a Día, ha sido porque…

―¡Me da igual porqué haya sido! ―En seguida se arrepintió de haber gritado―. Uno, dos, tres, cuatro, cinco…

―¿Azul? ¿Qué haces? ―preguntaron Campanilla y Nova.

―Contar me ayuda a calmarme y… ―Apuntó con su varita hacia los retales y dijo―: que sea azul.

―Sé que no debemos desprendernos de nuestras varitas, mas Día…

―Verdita ―Azul se esforzaba por no perder los papeles―, no puedes disponer de la magia como tú quieras. Siempre conlleva un precio, hasta la nuestra que es la más pura. Si somos hadas es porque somos desinteresadas, porque auxiliamos y aconsejamos a los demás. Los humanos, en cambio, usan la magia para fines propios.

―Mas, Azul…

―No quiero que vuelvas a cometer ni un solo error más, Verdita.

―Campanilla…

―Verdita es tu nombre ―dijo Azul, cansada del tema―. Si se te ocurre volver a pasarte de la raya.

―¡Pero, Azul!

―¿Y si ahora sí hacemos los trajes y el pastel con magia, Azul? ―medió Nova―. Nosotras… Bueno, Campanilla, digo, Verdita… Ella tiene razón. Nosotras no sabemos hacer estas cosas y, además, hemos estado solas…

Azul sonrió; parecía olvidar los problemas.

―Tienes razón, venga, ¡a trabajar! ―Y con aireo de varita, los retales se deshicieron y bailaron alrededor de ellas―. Nova, tú encárgate del pastel, querida.

―¿Y mientras yo? ―preguntó Campanilla.

―Tú, que no tienes varita, ayuda a las criadas a limpiar.

Campanilla se puso a gruñir, ¿pero, qué remedio? Cogió la cubeta, los paños y la escoba y se tiró al suelo a frotar y a frotar. El trabajo sucio no la asustaba.

Azul, mientras tanto, controlaba, como con hilos invisibles, las tijeras, las agujas y los alfileres. El vestido de Aurora y el jubón de Día no tardaron en cobrar forma.

Nova, por su parte, ajena a sus compañeras, había dado al nuevo bizcocho una forma imposible. El antiguo había quedado olvidado y a merced de los ratones, que no temían a un cólico. Además, con ligeros toques de varita, lo iba horneando poco a poco.

Entonces, a Campanilla, que siempre llevaba un vial con polvo de hadas encima, por lo que pudiera pasar, se le ocurrió echar un poco en los ropajes que estaba haciendo Azul.

―Que sea verde.

Y estos cambiaron de color al momento.

―¡Verdita! ―a la superiora eso no le hizo ninguna gracia―. ¡Que sea azul!

―¡Verde que te quiero verde…! ―Y los trajes volvieron a ser verdes.

―¡Azul!

Pero antes si quiera de que volvieran a cambiar, Campanilla lanzó más polvos que, en lugar de caer en la ropa, lo hicieron sobre Azul, que pasó a estar vestida de verde.

―¡Pero, Verdita!

Las hadas se miraron y, entonces, empezaron a reírse.

―¡Que sea verde! ―repitió Campanilla, volviendo, ahora sí, verdes los trajes.

―¿Por qué no vas a ver si Aurora necesita algo? O recuperas tu varita, al menos.

Y, escoba en mano, el hada abandonó las cocinas.

En los pasillos se oía una música muy animada que invitaba a danzar. Quizás Aurora y Día, que ya debería haber vuelto, habrían retomado las clases de baile. Campanilla se dirigió al salón de audiencias y allí estaban, bailando, cómo no. Parecían dos peonzas incansables, pero no solo ellos; el rey Hubert también bailaba, aunque sin pareja, y el príncipe Felipe, apoyado en la pared, no quitaba ojo a los hermanos, que le hacían bastante gracia.

«Yo he contribuido a esta dicha» pensó Campanilla. «Yo he hecho a Día más seguro de sí mismo, más decidido. Ojalá esto dure para siempre».

Y, sonriente como nunca, empezó a danzar sola. Aunque Hubert no tardó en sacarla a la pista, claro…

Esa noche, Día se le acercaría para devolverle la varita y darle las gracias:

―Te debo mucho, hadita. Y no te preocupes. Por mucho Azul me diga, no volveré a dudar de mi persona.


La sala de audiencias era un mar de joyas, pieles y tejidos de colores brillantes, pero, también, de prendas deslucidas y sonrisas humildes, aunque sinceras. Las damas y los señores, junto al pueblo llano, se aglutinaban en el fondo de la estancia, de pie junto a los enormes tapices que mostraban a los ancestros de la reina Leah, y se empujaban como pescaderas en un muelle.

Todos los nobles rivalizaban por la atención de los reyes aquel día, porque, en aquella fiesta, no faltaron monarcas de reinos vecinos. El rey George, por ejemplo, había acudido con su hijo James, de nueve años. Ambos vestían igual, con sendas túnicas escarlatas ribeteadas en dorado.

El príncipe Henry y la princesa Cora iban de negro, pero la hija de ambos, Regina, lucía un precioso vestido blanco. Sencillo, pero no falto de encanto. La joven se había sentado en un rincón apartado y rechazaba a todo aquel que la invitaba a bailar.

Día y Aurora, que llevaban los trajes regalados por Azul (de color verde), tuvieron que abrirse paso entre el gentío para llegar a la parte delantera de la galería, donde estaban los tronos. Allí esperaron a que la fanfarria de cornetas anunciara la llegada de sus padres, su abuela y los invitados del sur.

―¡El rey Stefan, la reina Leah, la reina madre! ―gritaron primero.

Los tres, que vestían de color vino, saludaron al pueblo y reverenciaron a la nobleza. La reina Talía se quedó de pie junto a Aurora, mientras que Stefan y Leah ocupaban los tronos.

―¡El sultán de los sultanes y la princesa Jasmine! ―dijeron luego.

Un hombrecillo bajito y moreno, vestido de blanco, llegó junto a una niña de no más de seis años.

―¡El sultán de la Agrabah meridional y el príncipe Mirza! ―anunciaron en tercer lugar.

Al contrario que su homólogo de la capital, el sultán de la Agrabah baja era un hombre imponente que, pese a la edad, mantenía el atractivo. Su hijo Mirza, sin embargo, ya un adolescente, se veía enclenque y carecía de la seguridad que tenía Día, por ejemplo.

―¡El primer ministro de las provincias del norte! ―La cabeza de Cora se alzó entre el público al oír tal nombre. Aquel político era el diplomático enviado por el rey Leopold, el encargado de ultimar las cláusulas del matrimonio entre Día y Blanca.

―¡El rey Hubert y el príncipe Felipe!

El rey Hubert y su padre vestían igual que Aurora y Día: de terciopelo verde ribeteado con marta cibelina y capas de la misma piel.

Y, por último…

―¡Sus honorables excelencias: la buena hada Azul, la buena hada Verdita y la buena hada Nova!

Los reyes bajaron del trono para recibirlas, lo que era un gran honor, y se arrodillaron ante las tres.

Y entonces dio comienzo la fiesta.

El maestro Forte no se demoró en tocar la pieza compuesta para la boda de la reina Leah y el rey Stefan, «La Bella Durmiente», aunque las risas y las charlas acabaron por opacar la música. Fueron, cómo no, Aurora y Día los que abrieron el baile. El joven príncipe, hecho un manojo de nervios, se centró en sus pies como si fueran un problema aritmético de esos tan complejos:

«Vamos, Día, siéntelo. Tienes que dirigirla e integrarte con los otros. Pon atrás su brazo izquierdo, sí, así, muy bien. Ahora… ¡Un pisotón! No pasa nada, no pasa nada. Sigue, tú sigue y… Un, dos, tres. Un, dos, tres… Ahí lo tienes».

Luego cambiaron de parejas y eligió a una más a su nivel; la pequeña Jasmine. Ese baile no fue tan tenso.

Aurora, en cambio, tuvo que bailar con Felipe.

―Alguna vez tendremos que hablar ―le dijo este.

―¿Hablar de qué?

―Queramos o no, nos vamos a casar.

―De momento. ―Aurora no estaba dispuesta a casarse si no era por amor. Lo tenía muy claro.

―¿Cómo en un cuerpo tan sensible pueden caberte tantos cojones? ―se chanceó Felipe, que tuvo un pequeño triunfo, pues a Aurora se le escapó una risita―. Estos meses, en el frente… ―prosiguió―, he pensado en ti y en mí. He pensado en que siempre supimos que el día de nuestra boda llegaría. Tú tienes quince, yo diecinueve… Dentro de seis años habremos de casarnos. ¿No deberíamos empezar a ser amigos?

―Tus palabras son demasiado sensatas, Felipe ―dijo Aurora extrañada―. Pero veo al mismo chico con el que boxeaba de pequeña y que siempre me dejaba el ojo morado; el mismo que me dejaba sola para irse al lago con los otros niños del pueblo; el mismo que nunca quería jugar a los disfraces ni a…

―¡Sabías que no soportaba disfrazarme!

―¡Y tú que yo no sabía boxear! Además, ¿acaso en el ejército no vas disfrazado?

―En el ejército se aprenden muchas más cosas de las que crees.

―Sí, he oído que los chicos como tú os lo pasáis de maravilla entre vosotros cuando no tenéis a muchachas cerca.

―Prefiero no entender eso que dices, pero, ¿no te has dado cuenta?

―¿De qué? ―Aurora se enervaba por momentos.

―Tu hermano no es el único que ha aprendido a bailar.

Y era cierto. La última vez que habían bailado juntos, el verano pasado, Felipe parecía un pato mareado.

―¿Clases?

―No. Pero un buen soldado debe tener un buen juego de pies. Al ver que me podrían servir para aprender a bailar fue cuando pensé en ti por primera vez. Como amiga, quiero decir.

Aurora se sonrojó, pero no quería hablar más con él. Así que, sin reparo alguno, lo dejó plantado en medio de la pista y se dirigió a la parte trasera de la galería, para esconderse un rato. Allí estaba Regina.

―Alteza ―saludó esta, inclinando la cabeza.

Pero Aurora no tenía ganas de hablar.

―¿Habéis visto a mi padre?

Un niño pequeño, muy nervioso, lo preguntaba. Un niño de pelo rubio y mirada sufrida.

―¿James? ―preguntó Aurora, que estaba segura de que era él.

―Sí.

―¿Qué te aflige?

Regina los miraba con curiosidad.

―Me ha dejado solo… Y… Y no me gusta ―reconoció el pequeño, avergonzando en demasía.

Aurora pensó en distraer al niño, pero no sabía muy bien cómo. Tras pensarlo un rato se decantó por algo que seguro conocería:

―Dime, James, ¿te gustan los caballos?

El muchacho sonrió.

―¡Sí! Tenía una yegua torda. Se llamaba Sahara, pero mi padre la regaló para castigarme, porque una vez me escapé y…

Se tapó la boca. Había hablado demasiado.

Aurora, sin darle importancia al asunto, pidió a una criada que le trajese su libro sobre jinetes. Regina no quitaba la oreja.

―Mira, esta historia es sobre un caballero que montaba una vaca creyendo que era un corcel… Y esta otra ―dijo buscando entre las páginas―, esta otra es el Quijote, que tampoco estaba muy bien de la cabeza y tomaba a los molinos por gigantes.

―Que tonto ―rio James―. ¡Si los gigantes son herbívoros! ¿Por qué atacarlos?

Aurora se encogió de hombros y dejó que James fuera a enseñarle el libro a su padre. Aunque intuía que nada bueno saldría de aquello.

―Yo también tengo ese libro ―dijo Regina con timidez―. El nombre de mi caballo, Rocinante, lo saqué de ahí.

―Es una historia muy curiosa la de ese Quijote ―quiso responder Aurora, aunque no tenía muchas ganas de hablar con otra señorita.

―A mí me lo regaló un buen amigo. Daniel.

La princesa miró a aquella joven morena que empezaba a contarle sobre sus clases de equitación. Fue curioso aquel encuentro, pues años más tarde, cuando una revitalizada Maléfica ejecutara su venganza contra la inocente Aurora, esa misma joven morena la acompañaría.

Aurora no olvidaría nunca la cara de Regina la reina.


A las doce del mediodía, la luna ocultó el sol y bañó el reino en sombras. Todos salieron al gazebo, a los jardines, para contemplar el fenómeno, de una belleza absoluta. Sobre ellos, la luna ardía, pero apagaba el día en plena aurora.

Cuando volvieron al gran salón, las hadas habían colgado guirnaldas de luces por todas partes, por lo que este estaba iluminado para parecer propio de un cuento de hadas. El maestro Forte, entonces, se arrancó a cantar su famosa tonada, que hacía que la gente, más que bailar, corriese:

Hoy aquí hay glamour,

música, magia y compas.

La estrella de Día

ya quiere brillar

y llevarte del brazo al baile.

Muy especial será.

Qué gran función,

que te quita la respiración.

Pobre o príncipe verás

el eclipse hoy.

Canta y baila con gran gusto

y date el gusto

de danzar sin descansar.


Para Día, todas las caras se hicieron borrosas. La gente giraba y giraba, lo tomaba de las manos y lo soltaba. Así se bailaba aquella alocada pieza. Vio a su hermana, a Felipe, al rey George, a una señora de negro…

Entonces sintió el pinchazo.

Y mientras Forte mantenía la última nota y el resto se daba el gusto de girar y correr, de volar los pliegues de vestidos y túnicas y de reír y tocarse una y otra vez… Día cayó al suelo de boca.

Todo el salón quedó paralizado al momento.

―¿Día? ―preguntó Aurora, que estaba cogida del brazo del sultán de la Agrabah baja.

―¡¿Día?! ―la reina Leah gritó sin darse cuenta.

―¡DÍA! ―A Aurora ya no le importaban las formas.

Pero fue Felipe el que corrió hasta el joven y le dio la vuelta. Estaba morado e hinchado.

―¡SE AHOGA! ―gritó el rey George.

Felipe le abrió el jubón y le rompió la camisa, temiéndose lo peor. Todo lo que había era una pequeña mancha de sangre, apenas un rasguño, sobre el corazón.

―Está muerto ―anunció con la voz cogida.

Con un grito de dolor, Aurora cayó al suelo y se arrastró hasta su hermano.

El resto del espectáculo resultó demasiado morboso como para ser narrado. 


Las hadas hechizaron el cuerpo de Día para que recuperase su aspecto natural y, además, lo encantaron para que se preservase siempre igual de bello. La familia lo veló durante quince noches, esperando que se levantase, que todo fuese una de sus bromas pesadas. Pero toda esperanza buen en vano.

La causa de la muerte, según se hizo oficial, fue un trágico accidente: un alfiler, olvidado en sus recién confeccionadas ropas, se le había clavado en el pecho, produciendo una mínima pérdida de sangre. El problema era que, sobre el corazón, aquello era fatal.

Todos los ojos acusadores se dirigieron hacia quienes tanto bien habían hecho y el hada Azul tuvo que dar la cara. Era, junto a la familia, quien estaba más destrozada por lo acaecido y, en el fondo, llegó a culpar a Verdita por haberla distraído y por haberse tomado todo siempre como un juego; arrastrando a Nova y arrastrándola a ella misma. Desde ese día, Azul renunció a mantener cualquier relación con nadie del mundo humano. Las hadas ya no se dejarían ver ni ampararían a nadie y sólo unas pocas se convertirían en hadas madrinas.

La muerte era la muerte y era demasiado horrible que unas hadas se la hubiesen llevado a un niño inocente. Esa sí que iba a ser una espina que siempre se le quedaría a Azul clavada en el corazón.


De la tierra nosotros nacemos.

Somos rosas. Crecemos fuertes.

Y a la tierra nosotros volvemos.

Hermano, juro y juro guardar tu legado.

Las coronas se acaban fundiendo,

el oro se acaba gastando

y la sangre siempre se derrama.

Mas el rugido de los ogros

en el invierno siempre será mi llamada

para intentar traerte conmigo.

Lucha, lucha, Día el audaz,

pues vives en mi corazón.

Mi príncipe, mi hermano y mi ejemplo.

Gracias a ti, creceré fuerte.

Las rosas crecerán fuertes.


Mi querida nieta:

Sé lo mucho que adorabas a tu hermano y que estás destrozada por su pérdida, igual que lo estamos todos. Mas habrás de abandonar cualquier sentimiento, pues el deber de la corona te llamará pronto y deberás prepararte para ser reina. El duelo por Día se dejará notar por todo el reino, por ello, más que nunca, el pueblo necesita nuestra fuerza y liderazgo. Y tú, que gobernarás sobre nuestras almas algún día, deberás ser la primera en mostrar tales cualidades. Llora a tu hermano, pero llora por dentro. Que una espina no te haga arrancar el rosal.


En la rosaleda del palacio, Aurora mandó construir una estatua que representase a Día en su monociclo con el casco vikingo que le gustaba llevar. Aunque sus padres quisieron quemar tales reliquias con el cuerpo del joven, Aurora se negó, pensando que sería mejor guardarlos para los hijos que un día tendría.

Esos días de duelo, la lluvia azotó el reino, derritiendo la nieve y adelantando la aparición de los primeros brotes. Aurora decidió entonces plantar más rosas alrededor de la estatua. En eso se ocupaba cuando Felipe apareció. Tenía un aire abatido y tristón que no encajaba mucho con él. Parecía que, en aquellos días, había madurado de golpe.

―Una vez me dijo que le daba igual morirse, porque había hecho siempre cuanto quería ―se lamentó. Él también estaba afectado, pues Día era su único camarada cuando pasaba los veranos con ellos―. Me llamó gallina ―añadió―. Y es cierto; nunca seré la mitad de jaranero que él.

Aurora apreció sus palabras y así se lo dijo.

―Fue muy bonito eso que cantaste en la despedida.

―Gracias, Felipe, mas no tengo ganas de hablar ahora mismo…

―Sólo venía a despedirme y a…

―¿A qué? ―Algo nuevo veía en Felipe. Era el mismo bruto de siempre, pero tenía algo en la mirada… Algo que Aurora no había visto antes.

―Mi padre y yo partimos hacia Nemea, en el reino de Midas, y tras hablarlo con tus padres he pensado que quizás quisieras acompañarnos, para tomar distancia y abrir nuevos horizontes.

―Esas palabras no son tuyas ―dijo Aurora, esbozando una tímida sonrisa.

―Ya. Yo no sé hablar ―reconoció Felipe avergonzado―. Pero la idea sí que es mía.

Aurora le dio la espalda y se quedó mirando el rostro de la estatua. Día habría estado loco por acompañar a Felipe y, de seguro, habría ido tras la carroza en monociclo.

―Entonces, ¿quieres venir? ―repitió Felipe.

Aurora se llevó un dedo a los labios y sonrió como su hermano le había enseñado.

―Sólo si tú me aguantas, amigo. 


Maléfica, cetro alzado, estaba de pie frente a la chimenea, que se había encendido e inundaba la estancia con un resplandor espectral, pues las llamas no eran las propias de una hoguera, sino, más bien, las de los aquelarres en las que se invocaba al demonio negro: primero eran llamas fatuas color verde, luego pura brea negra que atacaba a placer.

En las puertas del salón estaba Cora y, a sus pies, el cuerpo de un muchacho. La mueca de triunfo de aquella dama que no era su amiga se convirtió en un rictus de placer.

―Aquí tienes: uno de los capullitos de Stefan y Leah.

―¿Qué has hecho, Cora?

Esta se le acercó, dejando atrás el cadáver, y le dio una aguja.

―La tomé prestada. Me ha sido muy útil.

―¿Cómo…?

―Veneno ―se adelantó Cora―. Veneno y naturaleza. En el fragor del baile le clavé este estilete en el corazón. Uno de mis nuevos venenos, uno que no deja rastros, contaminó su sangre al momento. Del mismo modo, la que bombeaba el corazón se derramó. Murió en un instante.

―¿Por qué lo has matado? No creo que tenga que ver con Blancanieves.

―No del todo, podríamos decir. Mas ahora la alianza entre Stefan y Leopold es débil y no tardará en quebrarse. Y para mis planes es esencial que Blanca se encuentre sola y desamparada. Además, pronto deberé usar este veneno de un modo no tan concentrado; debía probarlo para ver si funcionaba.

―¿Y cómo te has hecho con el cuerpo?

―Es una ofrenda, querida ―rio Cora, volviendo junto al cadáver de Día―. Disfracé otro cadáver, que fue el que la familia quemó. Este te lo traigo para que hagas con él lo quieras. Cómetelo, quémalo, tíralo al mar, hazte un abrigo con su piel… Es un regalo. Tuyo es. Tómalo.

Con el pie, Maléfica giró el rostro de Día, cuyos ojos seguían abiertos y la miraban sin ver. Eso la traspasó. No sabía por qué, pero la traspasó.

―Eras la hija del sepulturero… ―Cora ya se marchaba―. Tu padre los hacía más hermosos que cuando vivían… Me figuro que sabrás qué hacer.

Y riendo como otrora habría reído Maléfica, se desapareció.

La bruja, tras mirar una vez más el cuerpo del niño, ridículo y encogido, concedió a Cora algo de razón: esa noche iba a cenar buena carne.


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32 comentarios:

  1. Peter,me ha encantado el fanfic.
    Lo que mas me ha gustado es que ha habido muchas cosas que me han sorprendido,y no me las esperaba : que el rey Stefan sea también pulgarcito,que Aurora tuviera un hermano (me ha gustado mucho el personaje de Día,aunque ya me temía como iba a acabar el pobre,aunque no que se lo cargaría Cora).
    Lo que si me ha creado un pelin de trauma es el personaje de Felipe,jeje.
    A pesar de lo poco (o casi nada) que salen en la serie,me encantan los Felipe y Aurora de OUAT. Pero tengo que admitir que me he reído mucho con las discusiones entre Felipe y Aurora. Y me ha gustado que al final se lleven un poquito mejor,y que Felipe " evolucione" algo. La frase que le dice a Aurora de los cojones me ha hecho reír mucho,jaja.
    Peto,como en el oteo fanfic,para mi lo mejor es que esta todo hilado,y encaja perfectamente.

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    1. ¡Y además has salido tú, Nova! Jajajaja.
      Me alegro mucho de que te haya gustado y, sobre todo, que te haya sorprendido ^^ Ese giro de Stefan creo que fue lo único que pensé con anticipación. Quería profundizar algo más en los ogros, que en la serie no han dicho mucho sobre ellos (sólo en una escena eliminada del 1x12, bendita Jane Espenson que la contó en Twitter).
      En una próxima Untold Story, la de Felipe, veremos más de su infancia con Aurora y de cómo llegaron a enamorarse. OMG, ya me parezco a los two xD.
      Y sí, Día ya sabes que está condenado desde que aparece jajajaja. "Su día acabó" :P

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    2. Jajajaja. La verdad es que el detalle de las tres hadas también me ha gustado.
      Y pobre Nova,mediando siempre entre Blue y Campanilla. Me ha parecido muy acertado que Blue tenga mas participación en la historia,algo así deberion hacer en OUAT.
      Que bien que habra otro fanfic sobre Felipe. Al final me he quedado con la sensación de que quedaba mucho por contar sobre Felipe y Aurora,así que me alegro que la historia siga xD.

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  2. Madre mía, madre mía, madre mía O.O... me ha encantadoooo!!! Antes de nada, decirte que a Brunilda me la he imaginado como a Fiona de Shrek xDDD (en su versión ogra, claro está). También me gusta que Stefan fuese Pulgarcito... un detalle a lo temporada 1 ;).

    El trasfondo que le has dado a Azul ha sido muy interesante. Gracias a este Fic, se comprende el hecho de que Azul no se involucre mucho con los demás, y vaya más a su aire xD. Campanilla y Nova también han estado muy bien.

    El prólogo contando la historia de Leah y Stefan ha sido de lo que más me ha gustado ^^. Y tambien ha sido muy interesante saber cómo nació el odio de Maléfica hacia Stefan.

    Los caemos en el baile también me han gustado mucho. La pequeña princesa Jasmine *_*...

    En definitiva, ha sido muy ameno y lo has hilado todo muy bien. Eso sí, la escena de la muerte de Día en el salón, muy macabra :(...

    PD: Peter, ¿qué Fic te ha gustado más escribir, el de Tink o este? Yo me quedo con este, aunque el de Tink también fue maravilloso ^^. Esperando el de Cruella con ansias!!! Espero que de miedito ;)...

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    1. Alice <3 Quita a la Wicked del avatar, que de wicked no tienes nada jajajaja. Me has hecho sonrojar y tó xD.
      Fíjate, no había pensado yo en Fiona. Me imaginaba a Brunilda como una especia de Grawp, el hermanastro de Hagrid en Harry Potter.
      Sí, con este fic quería mostrar que, si bien nuestra querida mosca era de siempre un poco puñetera, algo tuvo que pasar para que se volviese más aún. Además, el hecho de que "culpe" a Campanilla y que además esta le diese magia a Día "explica" que ya le estaba dando una segunda oportunidad cuando lo de Regina.
      Con la de personajes que tiene esta serie, no sé cómo no tiene más cameos y crossovers de este tipo.
      Y si la escena te ha parecido macabra, tendrías que haber visto la original... Nope, mejor no la veas xD.

      Pues creo que me quedo con el de Tink. Fue más sencillo de escribir y le noto como algo, no sé, mágico. Aunque también es cierto que yo tengo debilidad por los personajes de Nunca Jamás de OUAT. En este lo que pasa es que se me han atragantado las escenas de Cora y la Maléfica sedada. Han sido muy difíciles de escribir y nunca les encontraba el punto.

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    2. Jajajaja, pues sí me lo quiero cambiar, la verdad xD. Por cierto, ¿cómo se te ocurrió que Stefan fuese también Pulgarcito?

      Las escenas entre Cora y Maléfica te han quedado estupendas, así que no te preocupes :).

      Una pregunta... Stefan sabe quién es su padre? Se lo diría su madre Brunilda? Brunilda es pura de corazón, pero... no ha sentido algún mal sentimiento por el hombre que la abandonó? O.O

      He leído la sinopsis de la siguiente Untold Story. OMG, vas a hacerme malos a Roger y Anita? Quizás sean unos psicópatas xDDDD...

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    3. Perdonad el doble post, pero ya está, foto editada. Me he puesto a Aurora y al rey Hubert xD.

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    4. ¡Oh, Hubert! O Huberto, en realidad. Ha sido raro llamarlo Hubert xD.
      Pues, mira, aunque sea un poco lioso te lo voy a decir: se me ocurrió desde el principio, ya que en la versión de Perrault, que es en la que me he inspirado, el príncipe que despierta a la bella durmiente es hijo de una ogra. Luego tienen a los gemelos, Aurora y Día, y esta intenta comérselos.
      Lo de ponerle Grimilda vino después, casi por casualidad. Buscaba ogros famosos de cuentos o la mitología y me topé con el Cantar de los Nibelungos, que lo estudié en bachillerato. Eso hace que el padre de Stefan sea Sigurd. Y sí, él sabe quién es, igual que todos xD. La pobre Brunilda no lo culpó de nada porque era tan buena que entendió que prefiriese a alguien de su tamaño.
      Preparaos, que Roger y Anita no van a ser esa divina y encantadora pareja de los dibujos xD.

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    5. Pues me tengo que leer la versión de Perrault, pero ya xD. Me pregunto qué habrá sido de Brunilda... porque sin corazón, la pobre ni siente ni padece xDDD. Pues bueno Peter, gracias por responderme a todas mis dudas y curiosidades :). Y deseando estoy de ver que les has hecho a Roger y Anita... espero que den mucho yuyu (ains, que macabra soy xD). Y, no exagero si te digo que tal como son de vacíos los capis de OUAT ahora, espero más tus Fics que los capítulos xD. Aunque el de esta noche es el que más espero, junto con el 6x19 ;).

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    6. Oh, Alice, muchas gracias ^^ <3 A un escritor le encanta que lo halaguen, si no mira la que lió Isaac para eso xD.
      Roger y Anita, aunque inspirados en los personajes de toda la vida, van a estar contaminados por otra historia muy famosa. A ver si la adivináis, aunque creo que es algo difícil.
      Y yo también tengo ganas del 6x16, porque espero mucho de la Black y Nunca Jamás es mi punto débil, pero, al mismo tiempo, me da mucho miedo que nos los estropeen.
      Y si queréis tomar como canon lo que yo escriba, yo encantado xD.

      PD: Aunque no lo has preguntado, te digo que Guillot, el nombre del padre de Leah/ Briar Rose, es el nombre del escudero del príncipe en la versión occitana del cuento. Y Talía es el nombre de la propia Bella Durmiente en la versión de Basile.

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    7. Yo sí lo tomo como canon, por supuesto. De hecho me imagino un capítulo así, y puffff... sería flipante *_*.

      Roger y Anita contaminados por otra historia... pero de cuento?... pues así, a primera vista, no me viene ninguna xD. Pero trataré de averiguarlo, jajajaja. Yo soy muy fan de las historias de terror, y me preguntaba si el Fic de Cruella lo enfocarías más al terror... de hecho el 4x18 fue bastante oscuro xD.

      PD: Gracias por confesarme esos interesantes datos (los nombres de los padres de Leah)

      PD1: Que sepas que el Fic de Cruella es el que más espero, pues el personaje me encanta, y sé que puedes crearle una historia muuuuy interesante. Por cierto, ¿crees que será más corto que este, u ocupará lo mismo que el de Tink? :)

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    8. Con respecto al 6x16... sí, emociona y asusta a partes iguales. Luego está el 6x17, que también lo espero con ansias (Snowing ^^). Y el 6x18... que con este capítulo tengo las expectativas muy bajas xDDD.

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    9. Sip, el fic de Cruella va a ser un cuento de terror jajajaja. Mi intención es que ocupe lo mismo que el de Campanilla o, si lo supera, que al menos no se me descontrole la longitud como este. Porque el de Campanilla fueron 29 páginas y este unas 53 O.O ¡Una locura! Pero claro, el de Cruella tendrá su parte de flashback y su parte de "actualidad", así que no sé como me irá con esa estructura. Espero que esté a la altura de vuestras expectativas xD.

      Y sí, el 6x18 no lo quiere nadie jajajaja.

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  3. Y así uno se despierta un fin de semana llena de alegría al leer un bello fan fic de su tesoro lindo wow o.o me ha ENCANTADO

    MUCHAS GRACIAS 😊😆

    Saludos hasta mañana 😘

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  4. ¡Hola, Peter!

    Te has vuelto a lucir. He estado enganchado a la historia de principio a fin. Para empezar, me ha encantado que empezaras con la Segunda Guerra de los Ogros, la relacionaras con Stefan y además él fuera... ¡oh, Pulgarcito! Ha sido una gran manera de empezar y, cómo no, esa Maléfica que hemos visto ahí es la que mola. Además, me ha gustado que hayas hecho esa referencia a la neutralidad de las hadas. Precisamente, cuanto tras el 6x13 surgió el comentario de por qué las hadas no intervenían en la 1a guerra de los ogros, comenté la posibilidad de que fuesen neutrales (no recuerdo si en algún punto de la serie lo han llegado a afirmar). Tu fic nos lo ha confirmado (yo lo cuento como canon xD).

    También me ha gustado ver esas escenas entre Cora y Maléfica, y creo que has captado muy bien a la Maléfica depresiva, aunque dijeras que no la acababas de pillar. Además, has utilizado ingeniosamente (aunque haya sido triste, a la vez, pero eso lo dejo para el final) la historia de la Bella Durmiente para hacer referencia a los planes de Cora para con Eva.

    También me ha gustado esa mezcla de diferentes casas reales en el baile: los Agrabahenses, George, la familia de Regina... Asimismo, también me ha gustado la referencia al origen del nombre de Rocinante (podríamos discutir si deberían conocer o no el Quijote como libro, dado que su historia forma parte de la LOUS, según el libro que encontró Henry), pero me ha matado la frase de James: "¡Si los gigantes son herbívoros! ¿Por qué atacarlos?". James, dentro de unos años cambiarás de opinión... jajaja. Por cierto, me ha gustado el cameo de Forte (aunque en La Bella y la Bestia 2 sea malo jajaja).

    La dinámica entre las hadas también me ha gustado porque me ha recordado a la peli (siempre digo que La Bella Durmiente no es una de mis favoritas, pero también tiene sus momentos buenos xD). Ahora bien, la hipocresía de la Blue (que todos conocemos desde la primera temporada) no tiene límites. Y luego dirá que las hadas nunca mienten, pero esta hace siempre lo que le da la gana. Suerte que Nova y Campanilla (oh, Campanilla, qué amor de hada) salvan el honor de las hadas. Y pensar que es la Blue quien tiene las llaves del reino... Así nos va.

    La relación-pique entre Felipe y Aurora también me ha gustado. Está bien que hayas mostrado que al principio no se llevaban bien (esta Aurora me ha recordado mucho a la de los primeros capítulos de la 2a temporada, cuando no la soportaba, pero aquí ha estado mejor de lo que recordaba de ella en esos primeros capítulos), pero un suceso trágico empieza a unirlos.

    Y llegó Día (de hecho, ahora ya es mediodía, pero no pasa nada xD). Un personaje exquisito. Me ha encantado de principio a fin. Es un rebelde que simplemente siente que no encaja, que no está de acuerdo con los convencionalismos, e incluso tiene miedo de no ser como sus antecesores. El pobre tiene demasiada presión, lógico que quiera escaparse y hacer de las suyas. Ha sido una delicia de personaje, aunque su final (para el cual ya me estaba preparando, con esa conversación entre Cora y Maléfica; por cierto, me ha gustado esa referencia a los 7 corazones puros) me ha dejado hecho polvo. Vale, tenía que pasar, y ha sido perfecto para la historia, pero a mí me has destrozado. Los pobres Trisha, Maximiliano, Laura y Charmelón ya no lo van a volver a ver xD. Y prefiero no hablar mucho de la imagen mental de Maléfica devorándolo... Me conformaré con su recuerdo de cuando estaba vivo. Un gran acierto el tuyo, con este personaje.

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    1. Y ahora imagino que entra el juego de las adivinanzas. Decías que había una referencia a una futura historia, y yo no sé con cuál quedarme. Haces una pequeña referencia a Oz, pero imagino que simplemente es para cerrar el "cómo Cora fue a ver a su primogénita". Luego, de Jasmine ya dijiste que no ibas a hacer ninguna historia, a no ser que cambiases de opinión, y tampoco creo que la cosa vaya por el tema de James.

      Con lo cual, ahora mismo, que recuerde (seguro que hay más pero, o se me han ido de la cabeza, o se me han pasado por alto), queda la referencia a Eric y la mini-referencia a Pinocho con el bueno, valiente y generoso. Y, seguramente... no tendrá nada que ver con esto, pero han sido las referencias con las que más me he quedado xD.

      En cuanto a dudas para el futuro, me gustaría saber cuándo recuperó la Blue su lengua xD. Y con el ladrón al que perdona Día, me he quedado como si faltara algo, no sé. Me esperaba que tuviese alguna aparición más adelante en la historia, pero parece que simplemente estaba ahí para que viésemos lo bueno y misericordioso que era (a diferencia de la maldita Blue) Día.

      No sé si me olvido de comentarte algo (la historia es tan completa que seguro que había algo que quería decirte cuando lo he leído y se me ha ido de la cabeza jajaja). ¡Saludos!

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    2. Ojú, Charmed, que comentario más completo. No sé cómo cogerlo xD.
      Sabía que os iba a gustar lo de Stefan como Pulgarcito jajajaja. Además, lo he retorcido para que ese tamaño fuese pequeño en comparación con su madre la ogra xD. Ahora que hablas de la espada, en una futura historia veremos cómo la Blue la forjó (madre mía, si yo fuese guionista la Keegan no pararía de trabajar xD).
      Me alegro que te haya gustado Maléfica. Aunque yo sigo sin estar del todo contento con esas escenas xD. Y tranquilo, no se lo comió crudo. Lo despellejó, despiezó y horneó por partes OMG, podría haber invitado a la bruja ciega :P
      Yo siempre he estado en contra de que los two toquen el Quijote, no se merecen destrozar parte de nuestra cultura. Pensemos que hubo alguien parecido a él en el EF (y que luego marchó a la LOUS) y que el autor de ese libro de título alemán (el que lee Regina en el 2x15 cuando Cora le dice que vaya a ver a Daniel) se inspiró en él para crear a ese Quijote particular. El chiste de James salió solo jajajaja.
      Campanilla lleva dos apariciones seguidas xD. Qué casualidad. Ella debería ser la superiora, vamos.
      Aurora también ha sido particularmente difícil de escribir. Porque debía parecerse a la del 2x01, pero, a la vez, debía hacerla más joven. Al final creo que Día se la ha comido xD. Sobre eso que dices del ladrón, no, era sólo un padre de familia robando jajajaja. Nadie oculto. Me imagino que si esto fuese un capítulo de la serie provocaría que en las siguientes mil entrevistas preguntasen a los two "¿sabremos quién era el ladrón al que perdonó Día?" xD. Y ellos "este año no".
      Sobre la referencia... No. No has acertado xD. Mira que me pareció demasiado obvia cuando la puse jajaja.

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    3. ¡Oh, Peter! Ahora que lo estaba releyendo por encima por si me había dejado algo, me he dado cuenta de que había olvidado que Rumple salía y comentaba que algún día Aurora le sería útil. Tiene un papel tan pequeño, durante la primera mitad de la historia, que al acabarla se me había ido que estaba. ¿Puede ser que inconscientemente quiera olvidar todo lo que tenga que ver con Rumple, después de lo que están haciendo en el presente? xD.

      Y muchas gracias por especificar cómo Maléfica se comió al pobre Día. Esa imagen en mi cabeza era súper necesaria jajaja.

      Y sobre el Quijote, sí, supongo que deberemos imaginar eso xD. Y gracias por aclarar lo del ladrón, me quedo más tranquilo jaja.

      ¡Saludos!

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    4. Jajajaja. Frío, frío. Charmed no das una xD. Con eso Rumpel se refería a lo ocurrido en la 2ª temporada.
      Maléfica también le puso una guarnición de ensalada, para no engordar, y un poco de tortilla de queso xD.

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  5. MADRE MIA!!! Tú eres mil veces mejor que los two. Muy bueno.
    Has dado explicacion mas extendida del por que de la depresión de Malefica. Luego verla con Cora ha sido... un puntazo. Y que bien se lo pasa Cora riendose de ella. Como odias a la pobre Blue. Y no se le ha devuelto la lengua. Luego los ogros... sabes? Me hubiera encantado que en ouat hubieran incluido (aunque no sea de disney) a shrek y fiona. Fiona es hija de Tiana y el sapo. Y shrek un ogro (aunque en ouat ciego cosa de la que ni me acordaba). Luego ponerle a Aurora un hermano OMG. Y que Regina y Aurora se conociesen... que lol y lo de eric primo de regina. Que conectado todo lol y eso que el arbol genealogico ya es grande de por si en el canon de ouat!!!

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  6. Muy buen fanfic. Ha tenido partes de kingdom hearts o de la película de maléfica algo modificadas pero está genial. Espero que sigas haciendo más!

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    1. Gracias, Kevin ^^ De Kingdom Hearts me he tomado la licencia de los corazones puros, pero de Maléfica no recuerdo haber usado nada O.O

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    2. Maléfica es lo normal. La escena del bautizo y tal. Pero esta genial!

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    3. Ah, bueno, pero esa escena también sale igual en la peli animada, que es la que he usado xD, amén de la versión de Perrault. La película de Maléfica (Benéfica) no me gusta nada.
      ¡Pronto publicaré la historia de Maléfica antes de todos estos eventos! ^^ Espero que también te gusten.

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  7. ¡Hola lindo, me encantó! No me leí la opinión de nadie todavía, para escribir sin influencias. Honestamente estoy REVENTADA, es decir, sé que no tenía la obligación de leerlo hoy, con lo terribles que me son los lunes (clase, gym, novio, estreno y review), pero quería cumplir pronto. De todos modos lo pasé muy bien "cumpliendo", mucho mejor que la semana pasada, si cabe.

    En líneas generales tiene muchas curiosidades destacables, ya de entrada es interesante tocar la Segunda Guerra de Ogros, y hacer de Stefan un Hagrid sin padre en vez de sin madre. Pero que fuera Pulgarcito me pareció super interesante y me encantó, de tanto Disney y tanto Hook (esto último no es crítica) los Two se olvidaron de muchos clásicos. Pero una de las cosas más interesantes fue tomar lo poco bueno que tuvo la peli de Benéfica, así como también lo mejor de la Bella Durmiente, y que yo me haya dado cuenta no tiene ningún plot hole sino al contrario, viene a taparlos. Hay aspectos de Cenicienta 2, querer repartir invitaciones a todos y no sólo a los ricos, y de la Princesa Encantada, que es la relación inicial de Aurora y Felipe. Esas cosas también me encantaron.

    Hablando de sorpresas gratas, ¿¡EL SEÑOR MAXIMILIANO Y SU GENTIL ESPOSA LAURA!? ¿PERO QUÉ ES ESO? ¡CASI ME DA UN VUELCO EL CORAZÓN, YA TE PASAS DE TAN PRECIOSO QUE ERES, MUCHAS GRACIAS. Si se te llegara a ocurrir una historia Snowing nos encantaría tener un cameo jeje, aunque si para esta época ya estábamos casados, en la década Snowing rozaríamos los 40 años o 35 jeje. Porque acá tenemos él 26 y yo 25 (me caso en julio 2018).

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    1. Volviendo al tema que nos interesa, como siempre son muy pero muy vívidas las imágenes, y no sólo de los conocidos sino de los nuevos, aún sin conocerlos. Regina joven, Cora, Tinkerbell, en fin, TODOS. La química de Aurora y Felipe la imaginé a la perfección, las escenas divertidas de las hadas también, bah en realidad todo. Puntualmente de las hadas, a pesar de los colores diferentes a sus contrapartes del cuento, Azul sería Flora, Nova Fauna y Tink Primavera. Me pareció un poco injusto que no le dijeran Rosa a Nova mientras que a Tink por la fuerza le dicen Verde jeje, pero está implícito que todo ese lío fue la "primera oportunidad" de Tink de la que hablaba Blue.

      Mención especial a Día, que me encantó el personaje y me encantó el actor elegido. Creo que fue una de las mejores cosas del relato, un personaje nuevo y no visto en la serie, que sea capaz de transmitir tanto.

      Pero me temo que tengo dos críticas. La primera, que no me gustó que James, tres años después de la muerte de Robert, aún siguiera siendo bueno. Ya de por sí no me gustó en la serie, para mí un mínimo de maldad se le debería haber notado. La segunda, que es un poco más importante, es que esperaba un mejor papel para Maléfica. La villana del relato me pareció más Cora que ella. Quiero decir, sé que estuvo bien hilado, sé que no hubo plot holes, sé lo que amas a Cora, y sé que en esa época Maléfica tenía apatía total. Pero debe ser precisamente por el tiempo en el que transcurre el relato, que más de la mitad se enfoca en el tiempo de Aurora y Día. Tal vez con un relato dividido en dos partes, la primera profundizando mucho más en Leah/Briar Rose como la Bella Durmiente, hubiera sido mucho mejor para nuestra querida Maléfica. De hecho se la podría haber mostrado a una joven Cora peleada con Ruperto siendo su alumna.

      No sé, ES UNA IDEA, ahondar más en esa época sin destrozar nada de este relato. Si los Two pueden meter un FB en medio de los FB de otro capítulo y que quede bien (salvo excepciones claro) tú también lo puedes hacer.

      Para terminar, si quieres te punteo. Los dos relatos tienen un 8, el de Tink y éste. Por considerar que el primero me interesaba menos como temática y tengo cero quejas, y éste me interesaba más pero tengo esas dos quejas. Así que un 8 para ambos.

      A partir del lunes 22 de mayo, ya sin serie ni reviews, seguramente pueda disfrutar más tranquila de tus relatos sin sentirme en la vorágine. Pero como siempre, esa es una cuestión personal.

      ¡Muchos besotes!

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    2. Laura de mi vida y de mi corazón partío bendito, ¡muchas gracias por la reventada en la vorágine! <3 ^^ Mi corazón palpita como una patata frita ante tu comentario *.* Yo no cobro dinero por escribir, a mí me pagáis con comentarios xD.
      Veo que a todos os ha sorprendido lo de Stefan/ Pulgarcito y la guerra de los ogros. Bien. Esa era mi intención, aunque no esperaba tanta sorpresa, porque Stefan/ Felipe es hijo de una ogra en el cuento clásico. Pero supongo que nadie esperaría que tirase por ahí. Y sí, la Cenicienta 2 me dio alguna idea, pero no sé qué es eso de la princesa encantada ._. Es la primera vez que oigo de esa historia, Laura.
      Mmm, si tienes 25 (ya eres mayor que Regina incluso) y la historia toma lugar en 1965... Naciste en 1940 y ¡al lanzarse la maldición quedaste congelada a los 43 años!
      Sip, Azul culpó a Campanilla por lo de Día, por lo que esta fue "su primera oportunidad". De un plumazo hemos cerrado varias cosas con esta historia.
      Me alegra mucho que te haya gustado Día (siempre es arriesgado introducir personajes nuevos, aunque sean del cuento) y no saber cómo me alegra que sientas vivos a los personajes con sus diálogos ^^
      Sobre James, te anticipo que tendrá su propia Untold Story para ver cómo, cuándo y por qué cambió. Así que no te preocupes. Ya que no era malo en el 6x12, habrá que buscarle motivos, aunque como tú, yo siempre pensé que fue un consentido egoísta que sólo quiso más y más toda la vida.
      Sobre Maléfica, yo no puedo hacer nada si está depresiva desde lo de Leah :S Es cierto que Cora ha matado a Día, pero para mí la antagonista ha sido la Blue xD. Y podría haber hecho sólo la historia de Stefan y Leah, pero no encontré sentido a hacer un copy-paste de La Bella Durmiente, que es lo que habría hecho. Pero no te preocupes, Maléfica tendrá su propia historia, donde veremos sus orígenes y donde la veremos de emperatriz del mal. No de hada bondadosa y despechada de los valles.
      Y tengo que preguntarte, ¿qué hay en el fic de la peli de Benéfica? Porque yo no he cogido nada de ahí O.O La escena del bautizo (que aquí es una boda) es de todas las versiones. Quizás Stefan siendo rey por ganar una guerra... Pero eso lo he cogido del cuento de Pulgarcito :S Ya no sé me ocurre qué más. ¿Que vive en un páramo? En castellano creo que lo tradujeron como "las ciénagas", pero igual lo de páramo lo saqué del 4x14, que dicen que vive pues, en eso, en un páramo xD.
      En fin, muchos besitos de rueca ^^

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    3. ¡Qué divino que eres Peter, eres el mejor!

      Respondiendo, la Princesa Encantada es la de la princesa que se convierte en cisne, Odette, que tiene una película de dibujos de 1994, y el príncipe es Derek. Ahí ellos se conocen de toda la vida y se llevan pésimo hasta que son grandes.

      En la vida real tengo 24, pero recuerda que me caso con 25. De todos modos muchas gracias por todo el cálculo.

      Lo de James, sólo puedo decirte que mil mil gracias por todo lo de ayer, y que me vuelvas a disculpar por interferir.

      De Benéfica transcribiste dos frases textuales, tras maldecir a Leah, lo de "Maléfica se deleitó en el sufrimiento que había causado", y poco después, eso de que construyó un bosque de zarzas para que no se le pudieran acercar y que los hombres de Stefan la persiguieron, también es un calco. A lo mejor fue casualidad, pero gigantesca.

      ¡Besotes lindo!

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  8. ¡Peter! ¡Me gustó mucho el relato! Lo leí cuando se publicó, pero, ya sabes, no me he dignado a escribirte nada hasta ahora, ¡MEJOR TARDE QUE NUNCA! :')

    La trama me ha gustado mucho. Siempre me ha atraído la historia de la Bella Durmiente, desde que leí el cuento original (aunque no me acuerdo de qué autor era esa versión). Por tanto, me han encantado las referencias a la historia original, desde la madre de Stefan (que, por cierto, creo que era medio ogra en el cuento original, pero, aún así, me ha gustado mucho) hasta los dos mellizos de Leah: Día y Aurora. Siempre quise que metieran un hermano para Aurora en Once Upon a Time, y me alegra que tú lo hayas hecho.

    El personaje de Día me ha parecido muy tierno y me ha dado mucha pena cuando la maldita de Cora lo ha asesinado. Entiendo que el veneno que usó con Día es el mismo que usaría con Eva, ¿no?

    La escena del baile con muchos de los gobernantes del Mundo de los Cuentos también me ha gustado mucho, como buen friki de la organización política de este mundo. Encima, me gusta mucho como explicas temas como que Regina es prima de Eric, o los sultanes de Ágrabah. Lo explicas con mucha naturalidad, como si siempre hubiera sido así, no como en la serie, que de repente te encuentras un reino nuevo del que nunca se ha hablado.

    Qué cara se le habría puesto a Aurora en el 04x14 cuando vio a Maléfica acompañada de Regina, la joven que conoció en el baile.

    Otra referencia que he pillado ha sido el "Aria" de La Bella y la Bestia de 2017, que la has adaptado para tu cuento. El hecho de conocer esa melodía me ha permitido cantarla y todo :'D Y creo que el maestro Forte también es una referencia al personaje de La Bella y La Bestia: Una Navidad Encantada, ¿no? Muy chulo.

    La aparición de las hadas estuvo bien, aunque no me imaginaba yo a Azul como una niñera :') Creo que todos los oncers hemos pensado alguna vez en Flora, Fauna y Primavera como Azul, Nova y Campanilla, así que me ha molado.

    Finalmente, hablar sobre la cronología, cómo no. Supongo que el "hace 100 años" y el "hace 50" los estableces contando también con los 28 años del Maleficio, ¿no? He estado escribiendo esto mientras pensaba que tenía una objeción con respecto a este tema, pero, qué va, he vuelto a hacer mis cálculos y está todo guay :D

    En conclusión, la historia en sí, sin pensar en referencias ni cronologías, me ha enganchado, y te felicito por que hayas contruido un relato tan chulo -dijo Yon mientras se daba cuenta de que se acababa de publicar en el blog un NUEVO FIC SOBRE CRUELLA DE VIL. Me voy corriendo hacia allá. ¡Chao y enhorabuena!

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    1. Yon! Esperaba tu review con ansias.
      Exactamente, el veneno es el mismo que Cora usó con Eva.
      Me alegro que te haya gustado Día. ¿Sabes? Hace tiempo se me ocurrió que si tuviera hijos mellizos, niña y niño, los llamaría así: Aurora y Dia.
      Sobre la cronología: yo siempre cuento los años malditos. Ahora no tengo mi documento de la línea temporal, pero echando cuentas, dado que Granny dice que la II Guerra fue hace 60 años en el 1x15, debe caer sobre 1910, años arriba o años abajo. Luego, la otra parte, 50 años antes, sería en el año 1965 o 66, no recuerdo bien ahora. Luego intentaré mandarte a Twitter esto bien explicado xD.

      Perdona la cutre respuesta, pero estoy de viaje y mis visitas son limitadas. ¡Espero tu review en el de Cruella!

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  9. Enhorabuena por el relato, Peter. Me ha encantado (incluso más que el de Tinkerbell, quizás porque el cuento de la Bella Durmiente me gusta más). Ha quedado todo perfectamente hilado, y las escenas de Cora y Maleficent, aunque dices que te han costado, son lo mejor de todo para mi gusto. Hace tiempo que se echa de menos en la serie más relación entre villanos. Además, siempre me quedé con las ganas de ver a una Maleficent verdaderamente mala, y no a esa blandengue que nos presentaron. A partir de ahora creo que te voy a tomar a ti como canon y a la serie como fanfic, porque los TWO se quedan en pañales a tu lado jajaja.
    Por cierto, eres de Andalucía occidental, verdad? Porque la expresión "echar cuenta" (no le eches cuenta a tu madre) solo se usa por aquí según me han dicho varios amigos de otras zonas.
    PD: Estoy deseando ver tu review del último capítulo, me da que no te habrá gustado mucho.

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    1. Muchas gracias, Fiyero. Ya sabes, cada domingo tendrás una Untold Story :)
      Me alegro mucho de que os hayan gustado las escenas de Maléfica y Cora. A ver si se me dan igual de bien cuando las saque por separado y en su máximo apogeo.
      Y si, soy de Andalucía occidental (de la capital). No sabía que esa expresión era típicamente nuestra, fíjate. Cada día de aprende algo nuevo xD

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