domingo, 16 de abril de 2017

Fan Fic: Cruella's Untold Story - The De Vil Within



 Humana no es, no sé qué será, y cual feroz bestia se debe enjaular...  Si reconoces esta estrofa y te consideras un devil darling, no te puedes perder la historia no contada de Cruella que nos trae el autor de Sleeping Beauties, nuestro seguidor Peter Pan.


El Bosque Encantado

Hace Algún Tiempo…


Las gallinas escarbaban la tierra y parloteaban entre ellas.

El gallo cantó una vez.

Cruella gruñó. Debía levantarse y mirar si había huevos que recoger, amén de esparcir un puñado de grano para calmar al corral…

«Bichos asquerosos» pensó, levantándose de aquella manta sobre la paja que le servía de cama.

Por el ventanuco se veía que la capital estaba despierta desde hacía horas. Las gentes paseaban por la plaza y se saludaban, comentando lo pronto que estaba llegando el invierno. Sobre sus cabezas, los pájaros se desafiaban con desafinados trinos. Le llegaba además, debido al cristal roto, la fría brisa que fuera agitaba los árboles y dejaba caer las primeras escarchas del año.

Cruella se quedó ensimismada con las vistas, pero no por gusto. Tanta vida, tanta sensiblería poética y desquiciante la volvía loca. Si por ella hubiera sido, de esa ciudadela no habrían quedado más que los huesos de los que allí malvivían. Pero, claro, era Isaac el que marcaba las reglas en el mundo… En todos los mundos, en realidad. Isaac era como Dios y le había impuesto una penitencia horrible.

«Cruella De Vil ya no puede arrebatarle la vida a nadie» había escrito el supuesto autor. Y ese «nadie» implicaba demasiadas cosas; ni siquiera podía pisar las flores, porque se consideraría asesinato. De plantas, pero asesinato al fin y al cabo.

Aseada todo lo que una podía asearse allí y con un vestido rojo, con corpiño, sombrero y guantes negros, salió afuera, donde ya estaba montado el tenderete. Pongo, su socio, ofrecía las nuevas prendas de abrigo, pero a baja voz y con sus insoportables titubeos. Era un claro ejemplo de alfeñique, de inútil, de idiota… Pero también resultaba útil. No era mal hombre en realidad.

―¡Pongo! ―gritó Cruella, que daba enormes zancadas obligadas hacia el puesto.

―Cruella-a, y-ya hem-mos vendid-do-do los mit-ton-nes ―dijo él, orgulloso, con esa forma de hablar tan particular e irritante que tenía.

―Oh, cierra la boca, querido. Oírte tartamudear es más desagradable que los berridos de un mocoso.

El peletero obedeció. En el fondo, aunque le tuviese miedo, apreciaba a Cruella. No sabía por qué, pero la apreciaba. Empatía por el diablo, quizás. O por su trabajo, tal vez. Cruella era una gran diseñadora y disfrutaba como una cría desollando a los animales que él le traía. Desde que se habían asociado, el negocio había prosperado. Todas las mañanas, pese a que la mujer pudiera ser harto desagradable, daba las gracias por haberla encontrado aquel día ya lejano en el bosque, desmayada y aferrada a sus diseños. Cruella nunca había querido hablar de su pasado ni compartir con él más que la casa y los beneficios de la peletería, pero ya llegaría el momento de ello.

―¿Les estás enseñando los diseños? ―inquirió Cruella, de muy malas maneras, al ver el montón de papelajos junto a las telas y las ropas.

―S-sí.

Cruella volvió a dar zancadas hasta la casa y trajo una silla para sentarse. No iba a estar todo el día de pie. Aunque lo cierto era que poco iba a durar la paz. Los cascos y relinches de los caballos no presagiaban nada bueno…

―¡LA REINA! ―gritó una anciana que venía por la bocacalle sin resuello―. ¡VIENE LA REINA!

Apenas entró en su casa y cerró los postigos, el carruaje de Su Majestad se dejó ver. Cruella tenía curiosidad por saber cómo era aquella regente a la que todos temían tanto.

―D-deberíamos i-irnos… ―susurró Pongo.

―Métete tú en casa. Yo quiero venderle algo a esta mujer.

Cruella sonrió y se adecentó. Destacaba demasiado entre el resto de la plebe burguesa de la capital, que vestían harapos y no tenían el pelo bicolor. Allí no tenían mercado, pero si Pongo y ella conseguían venderle algo a la reina… ¡Sería un gran triunfo! Podrían ir a las ferias de Longbourne más seguido, tratar con la nobleza y hacer fortuna.

El hombre que acompañaba al cochero en el pescante, un señor mayor, de cabello cano y escaso que vestía de negro, fue hasta la portezuela y la abrió. Debía ser el mayordomo de la reina, que, con cara de asco, bajó del carruaje.

―Bueno, bueno, ¿qué tenemos aquí? ―Exhibía una gran sonrisa, fría como el hielo, que dedicó a todos los viandantes. La gente miraba al suelo atemorizada―. He oído que Blancanieves ha estado aquí, usando un nombre falso: Mary Margaret.

Alguien tosió.

―No sabemos nada, Majestad ―musitó la juguetera―. No hemos visto a Blancanieves. Lo juramos.

―Jurar está de más, querida ―repuso la reina con asco―, así que déjalo para tus oraciones.

Empezó a pasearse por los puestos, seguida siempre de su mayordomo y murmurando cosas como «no vendéis más que porquería». Cuando llegó al de Cruella, se quedó mirándola. Jamás había visto a nadie igual.

―¿Cuál es tu nombre?

―Cruella De Vil ―dijo, sosteniéndole la mirada. Por muy malvada que fuera la reina, no le llegaba a la suela de los zapatos al verdadero mal que Cruella había enfrentado años ha.

―P-Pongo ―añadió su socio, con la vista fija en sus zapatos con hebilla―. Yo s-soy Pongo.

―¿Qué te has hecho en el pelo, pelusa? ―se burló la reina―. ¿Y qué es lo que vendéis?

La reina empezó a revolver entre todo el género: desde los pañuelos y polisones hasta las mejores manoplas y pieles. Le llamó la atención un bolso de piel de ciervo.

―Padre, llevadle esto al cazador ―le dijo a aquel al que Cruella había tomado por mayordomo, tirándole el bolso.

―S-serán c-cuatro m-monedas de o-oro, Maj-jestad ―dijo Pongo, que forzó una sonrisa.

―¿Me vas a cobrar? ―Regina se echó a reír―. ¿Tienes valor de cobrar a tu reina? ¿De exigirme tributo, como un perro avaricioso?

Y con un movimiento de muñeca, envolvió al peletero en una nube de humo morado y lo transformó en tal animal. En un dálmata, para más inri. Cruella ahogó un gritito.

―¡Tú! ―le dijo a Cruella―. Háblame de este negocio.

―Nuestra especialidad son las pieles, Ma… Majestad ―explicó Cruella―. Vendemos otras simplezas para la gente humilde, pero las pieles son nuestra… Mi especialidad.

Regina empezó a ojear los diseños. Le llamaba la atención aquel que le había dado la idea de transformar a Pongo en dálmata, en el que el figurín llevaba un abrigo hecho con pieles de tal raza. Estaba firmado.

―Anita Radclife… ―musitó―. ¿No eres tú?

―Una antigua ayudante, Majestad. ―Cruella forzó una reverencia.

Regina le dio la espalda y miró al resto de la plaza, que se había quedado muda, paralizada y encogida por el miedo. Entonces gritó:

―¡Cazaremos a Blancanieves, vaya si la cazaremos! ¡Y cuando esté muerta, cuando su cabeza cuelgue sobre mi trono, esta mujer que aquí veis la desollará y me hará un abrigo con su piel! ¡Un abrigo como este! ―Alzó el dibujo de la tal Anita―. ¡Un abrigo con su piel blanca como la nieve y sus cabellos negros como el ébano!

Y riendo como una loca, a carcajadas, se metió en la carroza, llevándose el dibujo con ella.

Mientras el carruaje se preparaba para partir de nuevo, Cruella miró a Pongo, que gemía, llorando como lloraban los perros. El lado bueno de aquello era que las ganancias serían sólo para ella y que, además, podría controlar al chucho. El lado malo era que todo eso duraría poco, porque era Pongo el encargado de matar a los animales.

Entonces, reparó en un papel que había sobre los dibujos que Regina había ojeado. Un papel donde una caligrafía estilizada y medieval daba instrucciones precisas:

«Esta tarde en la montaña prohibida».



Los Eternos Años 20

Muchos Años Antes


Cuando Cruella entró en el viejo despacho de su madre empezó a temblar. Era la reacción, claro está. Habían sucedido demasiadas cosas y demasiado seguidas.

Necesitaba un trago. Su madre tenía una botella en la oficina. La pobre tenía momentos en los que se veía obligada a beber, a sabiendas de que su estómago no toleraba bien el alcohol y de que unas pocas copas serían suficientes para marearla. Había veces en que deseaba sentirse mareada.

Igual que Cruella.

Abrió el primer cajón del escritorio y sacó la botella, con manos que temblaban como las de un niño. Se llevó el gollete a la boca y bebió, cerrando los ojos. El whisky le quemaba la garganta y su calor le estallaba en el estómago.

Oyó un ruido y se movió en la silla. ¿Sería su madre que llegaba? No; no podía ser; la había dejado en el pasillo. Muerta.

Cruella bebió otro trago para templar sus nervios. Lo logró. Ya no le temblaba la mano. No tenía miedo. Desaparecía.

Era hora de limpiar, tanto la casa como el crimen:

Tendría que quemar el vestido y el pañuelo de su madre en cuanto se hubiera deshecho del cadáver. Sí. Y lo primero sería envolver este en una manta, en una manta embreada, claro, y lo quemaría en el jardín. Era muy sencillo.

Subió al altillo, donde había vivido toda la vida, y encontró lo que buscaba: un viejo cuévano para la ropa, con tapa. Era lo bastante grande para lo que necesitaba. Luego, sin perder tiempo, buscó la manta y, cuando lo tuvo todo, fue a por su madre.

No pudo contener las náuseas cuando llegó al pasillo e hizo allí lo que debía hacer. Encontró el pañuelo y las joyas. Las echó en el cuévano. En los bolsillos de su viejo abrigo recordaba tener un par de guantes viejos; fue a por ellos y se los puso para mover el cadáver. La cabeza era lo mejor parado. El resto del cuerpo estaba mutilado. Esos perros se la habían comido a bocados rabiosos y sucios…

Dobló las piernas y los brazos sobre las ropas, para envolver a su madre en la tela embreada y meterla en el cuévano. Luego afirmó la tapa. Ya cuando regresara, limpiaría el suelo y, por seguridad, también quemaría la alfombra junto a lo poco que había quedado de los chuchos sarnosos.

Pero, cuando estuvo dispuesta para ello, cuando Madeleine no era más que polvo ceniciento volante en el aire de madrugada, cuando volvió al pasillo, iluminado sólo por la clara luna llena que se colaba por las ventanas, cerradas a cal y canto… Sólo en ese instante, Cruella se dio cuenta de que había una persona al otro lado de los cristales, mirando hacia el interior.

«Isaac ha vuelto» fue lo primero que pensó.

Pero aquel enmarcado en la ventana no era Isaac.

Sus miradas se cruzaron. Cruella contuvo la respiración. Chorreaba sudor frío y eso no era normal.

Aquella persona tenía el rostro pegado al cristal, deforme, y sólo se mantuvo allí un momento. El justo para que Cruella supiese que la había reconocido.

Sólo que, antes de marchar, el extraño, con ojos duros y lóbregos, apartó la mirada de Cruella para fijarse en otras cosas.

Cruella tuvo entonces la certeza de que no estaba allí por ella, sino por…

Por otra persona.


Un corte de pelo al estilo garçonne.

Un sombrero ajustado de color rojo, a juego con el vestido preferido de su madre, corto y adornado con flecos negros.

Maquillaje, que resaltase sus facciones angulosas, muchos polvos de arroz y mucho carmín.

Los pendientes y collares de diamantes de Isaac.

Y el colofón: un abrigo de piel de dálmata puro, aunque hiciese calor.

Cruella llevaba ya horas mirándose al espejo, hipnotizada consigo misma. Estaba arrebatadora, pero se daba asco; estaba eufórica, pero se moría de sueño; y ardía en deseos de encontrar a Isaac, pero tenía miedo. Sí. Tenía mucho miedo de que aquel plumilla volviese a hacerle algo con su poder.

Ofuscada, cogió el cepillo de plata de su madre e intentó tirarlo contra el espejo.

Intentó.

Pero no pudo.

Su mano tembló, perdió fuerza y dejó caer el cepillo. Pero, además, tuvo una visión; una espeluznante en la que el cristal bruñido saltaba hecho añicos hacia ella, hacia su cuello.

Y ella moría.

«Cruella De Vil ya no puede arrebatarle la vida a nadie».

Gritó hasta desgañitarse, hasta quebrarse la voz y ahogarse. Corrió al escritorio de su madre y terminó lo que quedaba de whisky, medio desmayada en la silla.

«Cruella De Vil ya no puede arrebatarle la vida a nadie» escuchó en su cabeza, como si fuera una canción infantil.

―¡Cruella, tesoro, te estoy esperando!

Levantó la mirada, dispuesta casi a ponerse en pie, y la botella resbaló de sus manos para caer en su regazo

Esa voz… Ella no había oído esa voz apagada y cascada desde hacía años… Esa voz…

Fue dando tumbos por el pasillo, a oscuras (¿cuándo había vuelto a oscurecer?). Allí no había nadie.

―¿Cruella? ―repitió la voz desde el piso de abajo―. Cruella, estoy aquí.

Aferrada a la barandilla, la joven bajó peldaño a peldaño, pasito a pasito, sumergiéndose en la oscuridad.

―¿Has ido a por el té a china?

Y oír eso fue para Cruella como un resorte, que se dejó de precauciones y corrió hacia aquella luz que titilaba con debilidad al fondo del pasillo, en el salón.

Allí, frente a la chimenea, apoltronado en el sofá, cual sultán, estaba su padre; aquel hombre barrigudo, envejecido antes de tiempo por los vaivenes de la cámara de los lores, con el pelo y la barba grises, el traje arrugado bajo el batín…

Pero no estaba sólo. Una niña rubia, paliducha y ojeriza estaba con él.

―¿Lo has hecho con tus campanillas? ―preguntó el padre a la pequeña Cruella con una sonrisa que era todo dulzura―. ¿Crees que me matará al momento o será algo agónico?

―Ni lo uno ni lo otro ―respondió la niña con otra sonrisa de oreja a oreja―. Ni lo uno ni lo otro ―dijo de nuevo.

―Tienes un don Cruella. Úsalo como convenga. No tengas miedo de tentar al diablo ―dijo el padre, con una sonrisa cómplice, antes de beberse el té de un trago.

―No puedo tener miedo de mi persona.

La niña se giró hacia la Cruella adulta, muda ante la escena, y amplió su sonrisa enseñándole todos sus dientecillos de leche.

―No podemos tener miedo de nosotras mismas ―repitió, pero con una voz mucho más grave, de pesadilla.

Cruella se quedó mirándolos. Parecían estatuas. Ni se movieron más ni hablaron otra vez, pero seguían ahí, sentados y mirando el fuego.

«Tienes un don, Cruella. Úsalo como convengas» oyó en su cabeza, como si fuera un eco.

Con mucha frialdad llegó a la conclusión de que debía buscar a Isaac con el poder que él le había dado y, una vez lo tuviese delante… No lo podría matar, pero se llevaría por delante buena parte de él. Empezaba a comprender que la intención lo era todo.

―¡Padre, eres un gen…!

Allí no había nadie. El salón estaba vacío y a oscuras. En la chimenea no había ni leña. ¡Estaban en junio! ¿Para qué la iban a necesitar?

Sin pensar dos veces en tantos detalles, Cruella corrió hacia al coche que Isaac había dejado abandonado.


Hacía ya varios minutos que llovía antes de que Cruella lo advirtiera e hiciera funcionar los limpiaparabrisas. Al mismo tiempo, encendió los faros; Londres parecía tan tenebrosa como en los tiempos de Jack el Destripador.

«¿Por dónde puedo empezar a buscar a ese escritorzuelo inmundo?» se había estado preguntando, pero lo cierto era que no tenía ni idea. Incluso cabía la posibilidad de que no estuviera ya en ese supuesto mundo, donde se contaba la Historia, donde nunca se avanzaba de fecha…

El coche dio una sacudida y se detuvo sin previo aviso. El frenazo fue tan brusco que Cruella salió despedida contra el volante.

―¡¿Pero qué demonios…?!

Un perro se le había cruzado y… Claro, «Cruella De Vil ya no puede arrebatarle la vida a nadie».

―¡Maldito chucho mugriento, hijo de perra…! ―rugió Cruella bajándose del coche. ¿Le podría dar una buena patada, sin intención de matarlo? El animal seguía allí quieto, paralizado. ¿Tendría miedo o sería subnormal?

Era un perro vagabundo a todas luces, sucio y sin raza. No valía nada… ¿O sí? Cruella casi había olvidado las palabras de su padre respecto a su don.

―Ven, golfillo, ven aquí… ―lo tentó, templando el ánimo al momento, y, sin pensarlo dos veces, exhaló aquel aliento de persuasión que pondría al golfo a servirla.

Pero, ¿cómo darle las órdenes? Aquello no era tan simple como mandar matar. Si le decía que buscase a Isaac… ¿Cuándos Isaac podía haber en Londres? ¿Y al autor? Habría muchos autores también, además, no sabía el apellido de Isaac. Claro que sí sabía una cosa:

―Golfo, condúceme hasta donde haya magia en este mundo. 


Tras una hora agotadora de perseguir al chucho por las calles de Londres, este al fin se detuvo en las inmediaciones de Regent’s Park, en un barrio modesto y burgués, donde las casonas victorianas se habían convertido en pisitos para la clase media. Era el último sitio donde Cruella esperaba que hubiese magia, porque parecía tan corriente como... Como Isaac.

―Supongo que te has ganado un premio ―le dijo al perro―. Anda, Golfo, ve a buscarte un hueso que roer… O lo que sea que comas.

Golfo (así lo había llamado ella) salió corriendo. Cruella inspeccionó la casa que este le había indicado y que parecía llamarla; con todas las luces encendidas, la puerta abierta y el fragor del jazz y la buena conversación que le llegaba desde el interior. Debían estar dando una fiesta.

Afinó el oído. Esa música que sonaba era…

¡Isaac estaba allí, sí! Esa música; su música… ¡Estaba allí!

Excitada sobremanera, Cruella trastrabilló en los escalones del porche y casi se deja caer en la puerta. Justo apareció una criada en la que apoyarse cuando ya se veía de bruces en el suelo.

―Oh, qué oportuna he sido ―dijo esta con una sonrisa tonta.

Nada más verla (bajita y rechoncha, con una cara ancha y fofa) a Cruella le cayó mal.

―Gracias, gracias, pero no era necesaria su ayuda ―le dijo con desdén, quitándole las manos de encima―. Déjeme pasar.

Contraída por su mala educación, la criada cedió a Cruella el paso, ya que pensó que era otra invitada excéntrica de sus señores.

Ruido, ruido y ruido. El salón, la fiesta, un hervidero de jazz y foxtrot, estaba en el punto álgido de la noche. La gramola tocaba un tema bastante movido, el favorito de Cruella, y los invitados, copa en mano, habían formado un corrillo alrededor de una pareja, que bailaba del modo más alocado posible; dando grandes zancadas o pateando, cogiéndose en brazos, en volandas, girando y girando como peonzas… Era como ver una pelea, pero una pelea erótica, llena de vigor y sensualidad. El vestido de la muchacha volaba y volaba con cada movimiento, dejando ver su ropa interior. Su pareja tenía la camisa por fuera de los pantalones, con los tirantes caídos y el chalequillo desabrochado. La corbata era lo único que tenía bien anudado, pero en la cabeza, no en el cuello.

Y todos les aplaudían y vitoreaban, pidiéndoles que fueran más rápido en aquel trote de zorros.

Cruella buscaba a Isaac entre la multitud, pero no lo veía. Demonio de autor. Además, la pareja de bailarines la distraía.

«Bueno, si Isaac está aquí lo veré tarde o temprano. Esta casa no es tan grande» se resignó, buscando ahora una bandeja con copas. Le apetecía una ginebra.

La música cesó y sobre el barullo imperante se alzó una voz femenina:

―¡Amigos, necesitamos un poco de aire y un poco de alcohol, bailad vosotros ahora!

Era la bailarina y, sin duda, la anfitriona; una belleza cansada, sí, esa era la palabra. La mujer parecía exhausta por algo más que el baile. Su cabello cobrizo estaba recogido con dos pasadores a juego con su vestido, verde botella; sus facciones eran bonitas, pero tensas, y sus labios sonreían sin alegría alguna. Era como una actriz.

Y tan embobada se había quedado mirándola, que Cruella no se dio cuenta de que la mujer cada vez se le acercaba más, consciente de su curiosidad.

―Buenas noches. Creo que no nos conocemos ―le dijo tendiéndole la mano―. Soy Anita, Anita Radcliffe.

―Oh… ―Si hubiera sido más consciente de lo que significaban las normas sociales, Cruella se habría sonrojado―. Cruella De Vil.

Le correspondió en el saludo. Anita se sirvió otra copa.

―¿Has venido con alguien, Cruella?

―Sí, con un amigo. Isaac. Supongo que lo conocerás…

Pero la mentira no le fue útil. A Anita no le sonaba ningún Isaac.

―No te preocupes, yo también me he colado en muchas fiestas ―le dijo cómplice―. Además, no puedo recriminarte nada con ese abrigo que llevas. Es fabuloso.

Cruella se sintió halagada. Le gustaba que le bailasen el agua.

―Piel de dálmata auténtica, querida.

―Me encanta. Aunque yo le haría algunos cambios… Quizás le añadiese una cola… ―Anita reparó en el semblante molesto de Cruella―. Es que soy diseñadora ―se excusó―. Trabajo en la Maison de Pierre.

―Pues yo no trabajo ―dijo Cruella, que no estaba impresionada por esa tal Maison de Pierre―. Ni creo que trabaje nunca.

―Lo celebro.

Anita no parecía intimidada ni molesta ante su prepotencia. Sólo se la veía cansada.

―Señoritas… 

Era el hombre con el que Anita había estado bailando. También se le veía cansado y ojerizo, pero, por lo demás, era un hombre fuerte, rubio como la paja, con rictus de dureza en la boca y aires de suficiencia. Los ojos, brillantes de arrogancia, dominaban su cara y le daban un aspecto de peligro, de violencia. Cruella se vio reflejada en ellos.

―Buenas noches ―le dijo y, sin darse cuenta, se mordió el labio inferior―. Cruella De Vil.

―Roger Radcliffe ―se presentó él, aunque sin tender manos ni hacer ningún gesto.

―Es mi hermano ―completó Anita―. Un gran compositor.

―¿Compositor?

―Ese tema que bailábamos, “El brindis de Beak Street”, es su último gran éxito ―explicó Anita. Roger se mantenía impasible, mirando a Cruella como quien miraba un buzón vacío.

―Así que eres el autor de mi canción favorita, querido ―dijo Cruella, sonriendo―. Anoche me maté bailándola en el Murray’s.

―¿Con ese amigo tuyo?

―Con ese mismo, Anita, con ese mismo.

―¿Por qué no nos sentamos? ―propuso Roger, sirviéndose una copa. Al fin decía algo, aunque Cruella se fijó más en la reacción de su imponente masa muscular cuando el hombro se movía bajo la camisa. Roger tenía un cuerpo capaz de desarrollar una fuerza enorme. Un cuerpo cruel.

Atravesaron el abarrotado salón hasta el gabinete, que se unía a la casa por dos puertas de cristales. Era un espacio rosa y cursi, como una tarta de bodas, donde sólo había mesillas, juegos de té y un enorme sofá blanco. La tormenta se oía al otro lado de las cortinas.

―¿Otra copa, Cruella? ―le ofreció Anita, invitándola también a tomar asiento. Ella aceptó.

―Esta bebida es mucho más potente que la ginebra ―dijo Roger, sacando una botella del mueble bar―. Se llama absenta. ¿La has probado?

Cruella no había probado más que la ginebra y el whisky de su madre. ¡Había estado veinte años encerrada en un altillo! Claro que esa información se la guardó para ella misma.

―Algunos prefieren rebajarla con agua ―siguió Roger―, pero a mí me gusta dejar que me llene, que me llegue al cerebro… ―Disfrutaba con el discurso. Llenó tres vasos―. Es una bebida con clase. Hay que saber cómo tomarla.

Brindaron por las manchas.

―¡Por las manchas negras! ―dijo Anita.

―¡Por los dálmatas! ―añadió Cruella, pensando en los perros de su madre.

La absenta ardía y casi la hizo vomitar, aunque logró disimular y beber otro trago. En apenas cuatro, el vaso de Cruella estaba vacío, claro que ya ni recordaba por qué había ido a casa de los Radcliffe.

―¿Y dónde has comprado ese abrigo, Cruella? ―preguntó Anita. Roger había vuelto a su papel de testigo impasible. O juez, mejor dicho, porque juzgaba con esos ojos… ¿Dónde los había visto Cruella antes?

―Lo encargué en un atelier ―mintió ella―. Pero cerró ya. La dueña murió.

―Siento oírlo… ―En realidad no lo sentía. A Cruella le parecía que Anita cada vez estaba menos cansada―. Una buena amiga mía, lady Mae, tiene una casa de modas en Oxford Street. Tal vez deberías pasarte.

―No me imaginaba que se codeasen con la nobleza ―rio Cruella, tomando la botella y sirviéndose otra copa―. ¿A qué se deben tales relaciones?

―Nuestro padre era lord ―explicó Anita con un poco de orgullo―. La suya era una baronía modesta, aunque antigua.

―O sea, que no eres lady, ¿no?

―No es lady, no ―se adelantó Roger―. Pero es… Honorable.

A Cruella no le fue inadvertida la mirada que se lanzaban los hermanos. Sobre todo la de Roger a Anita. Esos ojos… Ella ya los conocía. Ya había visto a través de ellos, a través de esa vista embarrada, castaña, llena de cieno...

Y Roger parecía poder ver a través de los suyos también.

―Nadia lo duda ―rio Cruella. Los hermanos la acompañaron.

¿Por qué estaba en esa casa? ¿Qué buscaba?

―Por curiosidad ―dijo Anita de nuevo―, ese tinte… Me fascina, Cruella. ¿A qué se debe? Pocas mujeres se han arriesgado a dejar atrás lo natural. El tinte no está teniendo éxito más que en las cabelleras canas.

―Ganas de innovar, Anita, querida…

No pudo hablar más. Se le iba la cabeza… Volvió a beber. Sentía cómo el licor le caía por la barbilla. Debía de estar borracha. Sí, estaba borracha. ¿Y qué? Mientras su madre no se enterara... Ah, no, que estaba muerta.

―Creo que lo mejor será que me marche ―acertó a decir―. Pero estaría encantada de volver otro día y tomar café en lugar de esta… De esta absenta.

―Cuando quieras ―dijo Anita, poniéndose en pie y ayudándola a levantarse.

―Permitidme…

Roger, caballeroso (en teoría), fue el que tendió el brazo a Cruella para volver a cruzar el salón. La joven estaba impresionada con sus músculos y, de nuevo, sin darse cuenta, se mordió el labio inferior.

―¿Has venido en coche? ―preguntó Roger, mirando hacia la calle, donde seguía lloviendo―. No puedes conducir así.

―Ordenaré a un caballo que me lleve ―dijo Cruella, que no estaba de broma.

―Puedes quedarte aquí.

Roger la miraba a los ojos y le ponía los pelos de punta, pero Cruella no podía pensar. Ya no podía relacionar esos ojos con otros que hubiera visto antes, ya no podía recordar siquiera que en casa de los Radcliffe, de los honorables Radcliffe, había magia. Y Roger la tenía sujeta con esos brazos fuertes… Y ella se mordía el labio, que estaba húmedo por la absenta…

―Sí ―acabó contestando en un suspiro.

―Deja que te lleve a la cama ―dijo Roger, juntando su cuerpo con el de ella―. Te lo vas a pasar bien.


La cabeza le dolía a rabiar a la mañana siguiente, cuando despertó en aquel cuarto que no conocía, apestando a alcohol (y a algo más, aunque no supo qué), en aquella cama deshecha y… Medio desnuda.

―Oh, Roger ―susurró complacida, humedeciéndose los labios―. Qué bien hice en venir.

Se desperezó y buscó su ropa, que estaba tirada en el suelo, junto a la de su improvisado amante. Habían pasado una noche tórrida bajo las sábanas; la primera de Cruella, pero no de Roger. Él parecía harto entendido.

Abajo estaba Anita, almorzando. Era casi la una.

―Anita, querida ―saludó Cruella, que se tomó la libertad de sentarse con ella, porque, total, más confianza no iba a poder tener con aquella familia―. ¿Y Roger?

―Tuvo que salir. Volverá pronto ―contestó la muchacha, ordenando con un gesto a la criada que preparase otro servicio para Cruella.

Esta la veía igual de cansada que la noche anterior, aunque también preocupada.

―¿Ocurre algo?

―Nuestro hermano ha sido expulsado del internado.

La mirada que le lanzó Anita a Cruella fue muy extraña, la segunda lo advirtió, igual que la primera, que intentó serenarse y disimuló tranquilidad.

―Vaya… Lo siento, querida… ¿Qué percance ha podido provocar tal problema? ―Le importaba un rábano, pero necesitaba echar lazos en aquella casa. Ya por la mañana lo veía todo más claro. Estaba más fresca. En aquella casa había magia.

Anita alzó los ojos, que había mantenido bajos. Estaban llenos de lágrimas.

―El director no entra en detalles. Sólo dice que no pueden mantenerlo en la escuela. Dice que… Que su presencia constituye una ofensa para los docentes y el resto de sus compañeros.

Para igualar a su nueva amiga, para conseguir que se convirtiera en tal, Cruella, llena de sarcasmo, exclamó:

―¡Sí, para sus pobres e inocentes compañeros!

―Es espantoso que digan cosas tan crueles ―dijo Anita―. El niño no ha cumplido ni los diez años.

―Sí, sí, es increíble… ―Que burra era Anita―. No tengas miedo de que tu hermano corrompa, querida.

Cruella dijo aquello con una ironía tan evidente que Anita tuvo que echarse a reír, aunque un poco nerviosa.

―En fin, creo que sería mejor que nos veamos otro día. Nanny te dará nuestro número, pero, ¿te parece si vienes a tomar el té el próximo martes, a eso de las cinco?

―Con mucho gusto.

―Tal vez puedas conocer a Miles. Verás como no es mal niño.

―Seguro que no es malo en absoluto, querida. ―Qué horror, tener que tratar con un mocoso. La magia no estaba pagada.

―Roger se esfuerza tanto por criarlo bien…


A primera hora de la tarde, Roger Radcliffe caminaba con brío y una sonrisa distraída en los labios por Oxford Street. Todos con los que se cruzaba le correspondían con otra sonrisa. Parecía un hombre envidiable.

En la mitad de la manzana, un anciano desdentado montaba guardia junto a una desconchada carretilla llena de flores. El color predominante era el amarillo: una fiebre amarilla de junquillos y azafranes tardíos.

―Mi joven amigo ―dijo el anciano―. Ser joven y estar enamorado… Por una libra tendrá su ramo.

―Es caro. ―Roger no perdió la sonrisa. Miró el carro atento.

―Lo bueno siempre es caro, mi joven amigo ―rio el anciano―. ¿Su madre no se lo enseñó?

―Quizás lo mencionara ―respondió Roger arqueando una ceja―. Quizás no.

―Lo completaré con un poco de helecho. A ella le encantará ―añadió el hombre.

―¿A ella? ―preguntó Roger, sin dejar de sonreír.

―Vamos, nadie compra flores para uno mismo. Eso sí, sólo me quedan los junquillos y los azafranes, así que puede que su novia reaccione como un contable.

―Claro. Mi novia… ―Roger meditó un momento y se ruborizó. Una libra era una libra―. Prepare ese ramo.

El anciano escogió las flores, les recortó los tallos, las roció con agua y las introdujo en un envoltorio cónico que aseguró con un sencillo lazo.

―Dígale a su novia que, cuando las ponga en agua, les eche un poco de azúcar. Las mantendrá por más tiempo.

―Descuide.

Roger le pagó con la libra y se llevó el ramo. Olían muy bien. Frescas. Bellas. A verano… A él no le gustaba el verano. Nada de nada. Le recordaba a la casa estival en Devon, en la playa, y a los gritos de su madre: «¡No te internes tanto! ¡No te metas allí! ¡Hay corriente! ¡Has comido hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!». Hasta le decía que se cuidase de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ni siquiera podía acercarse al agua. Se le descomponía el estómago.

Siguió caminando, con las flores en la mano, ajeno al hecho de que dos mujeres con las que se cruzó interrumpían su conversación y se volvían para mirarlo. A ellas hacía mucho que nadie les regalaba flores.

Cuando llegó a casa, antes de ir a ver a Anita, fue a dar las flores a su destinatario. Subió a su cuarto, donde había dejado dormir a Cruella, y abrió el armario. La sonrisa de Roger se iluminó. Se hizo radiante.

―¡Miles, te he traído flores! ―exclamó con una sensación de dichoso alivio―. Son para ti, Miles, todas para ti. Siempre fue todo para ti…

Dejó las flores dentro, cerró el armario y bajó a ver a su hermana. 


La madrugada del martes al jueves, mientras dormía, Cruella oyó algo. Era un ruido… Un ruido viscoso.

Aún con la cabeza en sueños, miró la oscuridad.

«Sólo es el reloj» quiso creer.

Pero por debajo del tic-tac se oía algo más, algo que se movía con mucho sigilo, pero no demasiado, porque quería que Cruella lo oyese. Era un deslizamiento pegajoso, un chasquido seco.

Cruella cerró los ojos. Si oírlo era espantoso, verlo sería… Y ella no lo podría matar.

Pero, ¿acaso estaba creyendo en monstruos? Bueno, sí, total, había conocido a un autor con los mismos poderes que Dios; ella misma podía controlar a los animales. Debía tener la mente abierta.

Claro que, ¿qué haría si esos ruidos cesasen de pronto? Ya se imaginaba una risa estallando sobre su cara mientras unas manos costrosas se cerraban alrededor de su cuello, matándola antes de poder vengarse.

A la mañana siguiente encontró un rastro de cieno e inmundicia que iba desde su cama hasta el jardín. Hasta el punto exacto en el que había enterrado los restos incinerados de su madre y los perros.

Temblando, helada, fue al baño. Allí la esperaba otra sorpresa desagradable.

Se veía maquillaje usado y tirado por todas partes, como si allí se hubiera realizado una celebración macabra. Había frascos de polvos y cremas destrozados en el suelo, manchas de lápiz labial frotado contra los azulejos, el inodoro estaba lleno de cepillos y rizadoras, como si alguien hubiese intentado hacerlos desaparecer por la cloaca. Todo indicaba una furia insana y, aunque Cruella no podía comprender nada, vio claro que era un ataque contra ella. Era la obra de un loco, de un loco adulto; los frascos estaban destrozados con fuerza y las manchas indicaban decisión. Era la obra de un loco lleno de odio. Cruella estaba azorada por lo que veía y levantó el rostro para verse reflejada en el espejo roto. Entonces se agachó y rebuscó por los cajones hasta encontrar lo que necesitaba.

Una navaja.

Claro que… «Cruella De Vil ya no puede arrebatarle la vida a nadie».


A las cinco en punto, Cruella llamaba a casa de los Radcliffe. Nanny no pudo ni anunciarla, la mujer conocía el camino y se adelantó a la criada.

―¡Anita, querida!

―¿Cómo estás, Cruella? ―saludó la muchacha, levantándose para recibirla.

―Aburrida, como de costumbre. Completamente hastiada… ―respondió ella, dejándose caer en el sofá con aires de actriz. Ese día llevaba un vestido negro, largo, como de noche. El abrigo no era el de dálmata sino un visón con bolso a juego. A Anita le daba calor sólo de verlo.

―Quizás esto te distraiga para bien ―dijo Anita con una sonrisa. Se sentó a su lado y le pidió a Nanny que le trajese una carpeta de su habitación. La criada volvió al punto con ella. Contenía los bocetos de un abrigo muy parecido al que Cruella se había hecho con los perros de su madre.

―Anita, querida, es… Es maravilloso.

De arriba llegó el sonido de un piano que tocaba “El brindis de Beak Street”.

―Es Roger, está ensayando ―explicó Anita a nadie en particular―. Estos días hemos estado algo liados…

Cruella se mordió el labio pensando en Roger. Anita no se dio cuenta y siguió hablando.

―No sólo ha venido nuestro hermano, Miles, también tenemos un perro.

―¿Un perro? ―Cruella estaba segura de qué tipo de perro iba a ser.

―Un cachorrito de dálmata ―confirmó Anita―. Se llama Patch y es muy gracioso porque tiene una mancha en el ojo izquierdo y la oreja derecha es negra. Apareció de la nada y lo hemos adoptado.

Anita se echó a reír, como si hubiera contado un chiste divertidísimo. Cruella la miró expectante. ¿Eso era todo? Sólo tenía ganas de sacar la navaja y pedirle que la llevara hasta la magia. Es más, desde que había aparcado el coche en la puerta había sentido algo ominoso en la casa, como si algo la vigilase. Y ese soniquete al piano… Ese tema que había bailado con Isaac… Esa casa tenía algo malvado, diabólico. Pero, a la vez, Anita parecía tan inocente… O era la más tonta del mundo o era la más lista.

―¿Y cómo está vuestro hermano? ―decidió preguntar Cruella, que no sabía de qué hablar―. ¿Cómo lleva esa… expulsión?

―Oh, querida Cruella, eres la primera que me lo pregunta y no sabes lo que me alegra decirte que ha sido una bendición del cielo que lo echasen de ese horrible lugar. Miles es tan bueno… No merece estar donde no se le aprecia.

―Vaya… ―Cruella estaba algo sorprendida. Se había imaginado a Miles igual que ella, que también fue expulsada en cierto modo de su casa, siendo obligada a vivir en el altillo, como un monstruo.

―Tuve mis reservas, claro ―explicó Anita con los ojos brillosos―. Cuando fui a buscarle temí encontrarle cambiado, pero no. Cuando lo vi en la estación percibí la misma positiva fragancia de pureza que él ha emanado siempre. Ya te digo, Cruella, que Miles no sabe nada del mundo, más allá del amor. No puedo asociar ninguna mala fama con semejante ternura e inocencia.

Cruella intentaba evitar un bostezo. Sus ojos brillaron como los de Anita por ello. Bebió más té.

―Nanny, trae a Miles. Quiero que Cruella lo conozca.

―Oh, querida, no te molestes… ―Genial. Un mocoso. Como si aquello no estuviera resultando estéril.

Pero en cuanto el niño apareció con la criada y ese cachorrito en brazos… Cruella se quedó blanca. Claro que bajo el maquillaje no se notó.

―Encantado de conocerla, señorita De Vil ―dijo Miles, tal y como le habían enseñado.

Las palabras eran inofensivas, igual que su sonrisa torva, pero a Cruella no le gustaron una pizca.

―Lo hemos apuntado en una academia cerca de Victoria, he oído hablar muy bien del sitio… ―Mientras Anita hablaba, Cruella desvió la mirada, no sólo hacia ella, sino también alrededor del salón, que ahora estaba amueblado, no como el día de la fiesta. Había muchas fotos de familia y en una de ellas se veía a Miles pequeño, fantasmal, distorsionado.

Y mirándolo ahí, fascinada, Cruella se fijó en el otro Miles, el que se reflejaba en el cristal de la foto.

El que se transformó.

Cruella apenas entrevió el cambio. Tan sólo distinguió durante una fracción de segundo el rostro de Miles mientras se transformaba en algo… Diferente.

Se volvió con brusquedad, más pálida si cabía, ignorando a Anita, que seguía hablando de las vacaciones en el mar de su infancia.

Miles, detrás de su hermana, la miraba con expresión inocente y perpleja. Sus manos seguían con el cachorrito en brazos. En su cogote se apreciaban los primeros indicios de un remolino. No parecía asustado.

«Ha sido fruto de mi imaginación ―se dijo Cruella―. Estaba buscando algo y mi mente me ha jugado una mala pasada. Parece inocente del todo, pero… Pero Isaac también era un mundundi y mira lo que te hizo».

Los ojos de Miles eran castaño oscuro, como los del dálmata, como los de Roger, como los un animal, como los del lodo que yace en el fondo de un río de cauce lento, como los del cieno y la inmundicia que inundan los sepulcros cerca del mar…

Y esa mirada se quedó clavada en ella. Esa mirada de infantil inocencia que parecía decir: «Tenemos un secreto, ¿eh?».

Aquel hechizo se rompió cuando Nanny, venida de la cocina, secándose las manos con un trapo, se llevó a Miles a merendar, murmurando algo de que los cereales ya estaban blandos. Parecía la imagen total de lo cotidiano y a Cruella eso la mosqueaba mucho.

Arriba, la música cesó y Roger se les unió en la tertulia. Como no, también empezó a hablar de Miles.

―No siempre ha sido un angelito ―contó, cogiendo la mano de su hermana, que miraba a Cruella con aquella sempiterna expresión de tristeza que mendigaba amistad―. Cuando era pequeño lloraba y berreaba como un condenado.

«Como un animal» pensó Cruella.

―Recuerdo cuando tenía tres años, sí, creo que eran tres años… ―Contó con los dedos―. Tenía tres años y teníamos que hacerle dejar el biberón, porque los dientes le salían torcidos. Él lloraba todas las noches por ello y Anita me decía que no nos obstináramos, que ya lo dejaría. Pero así es como se echan los niños a perder, ¿sabes, Cruella? ―Cruella, se mordió otra vez el labio. Roger la hacía bailar por dentro―. Si eres tolerante con los niños, los malcrías. Después te hacen sufrir. Se dedican a maltratar chicas, ¿sabes? O a emborracharse. O se hacen maricas. ¿Te imaginas lo horrible que debe ser que tu chico, tu hijo varón, o tu hermano pequeño, sea un sodomita?

»También lloraba porque le daba miedo la oscuridad ―siguió contando Roger―. Anita quería quedarse muchas veces con él hasta que se durmiera para que estuviera tranquilo, pero yo no se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, no se lo perderá nunca…


Esa noche, Roger insistió en acompañar a Cruella a casa, lo que le sirvió de excusa para cenar con ella, aunque pasaron a los postres sin más preámbulos. Aquel hombre con aire atormentado era como un animal embrutecido y eso a la joven Cruella le gustaba. Sentía que algo bueno sacaba de tanta visita estúpida a casa de los Radcliffe.

Pero en esas, durante las embestidas, Cruella vio a Miles en la mirada vacía y oscura de Roger. Lo vio esbozando una desagradable sonrisa en la oscuridad que se extendía tras sus párpados cerrados. El rostro empezó a transformarse…

Y antes de distinguir en qué se estaba convirtiendo aquel rostro, se desmayó. 


Cruella pasó una noche inquieta, por lo que a la mañana siguiente se mostró brusca y malhumorada.

«¡Basta! ―se dijo con severidad―. Te estás comportando como una niña asustada y tú no eres así».

«¿Qué era lo que vi cuando se transformó? Algo bulboso. Algo que relucía. Algo que me miraba y que no era un niño. Era viejo y malvado».

Decidida a llegar al fondo del asunto, se puso en marcha hacia Victoria. No estaba dispuesta a dejar pasar otro día eterno a la espera de una invitación de Anita. Ella vivía en un cuento de hadas, donde su casita era un castillo encantado y sus hermanos unos valerosos caballeros andantes. Pero Cruella sabía que Miles era peor que Satanás. Humano no era. Pero no sabía qué.

Se apeó del coche y vio que los niños habían salido a jugar a la plaza que quedaba rodeada por la academia. El ruido del juego parecía muy lejano, como perteneciente a un sueño. Había algunos profesores, pero Cruella se encargó de distraerles con unos pájaros con diarrea.

No tardó en localizar a Miles y, durante un momento, permaneció inmóvil, con la vista clavada en él. Él le devolvió la mirada y, aunque esperó a que bajase los ojos intimidado, el niño se la mantuvo, acentuando la fijeza. De pronto, una pequeña sonrisa empezó a dibujarse en las comisuras de sus labios.

Cruella se acercó a él a grandes zancadas. Miles ni se inmutó.

―¿Por qué sonríes? ―inquirió en voz baja.

―Somos bastantes ―anunció, como si hablara del tiempo―. Once.

«Malvado, muy malvado ―se dijo Cruella asombrada―. Increíblemente malvado».

La sonrisa de Miles se hizo más amplia. Se ensanchó hasta enseñar sus dientes.

―¿Quiere ver cómo me transformo, señorita De Vil? ¿Quiere verlo bien?

Y para horror de Cruella, el rostro del niño se difuminó como cera derretida. Los ojos se le derramaron como yemas pinchadas con un cuchillo, la nariz se abrió como un bostezo…

No fue capaz de mirarlo más y salió corriendo. ¡Estaba asustada! ¡ELLA!

La risa de Miles la acompañó en la huida. 


Cruella De Vil no podía tener miedo. Ella no podía dejarse vencer por un niño. Claro que Miles no era un niño; era un monstruo. Un engendro mágico con poderes, igual que Isaac. Y ella no lo podía matar, de ahí su miedo. No iba a poder ocuparse ella sola del asunto ni tampoco ordenarle a un perro que le mordiera en la yugular. ¿Qué hacer entonces? Los poderes de Isaac eran demasiado poderosos. ¿Podría sugerirle a Anita que matase a Miles? Imposible. Aquella pánfila estaba ciega. Ciega del todo.

Fue a refrescarse al baño y se quedó petrificada al verse en el espejo. Ella nunca había tenido esa mirada temerosa y vigilante. Con un sobresalto, se dio cuenta de que el reflejo borroso, pálido y respetuoso de Miles se había adueñado de ella.

Buscó su maquillaje y se embadurnó la cara en polvos de talco. Luego, con pulso ebrio, se pintó los labios con carmín, mucho carmín, que también puso en las mejillas. Parecía una extraña suerte de payaso. Así, entre maquillajes y copas, esperó a que llegase la noche. No quería dormir. No se atrevía. Su casa presentaba también aquella espectral aura ominosa que tenía el piso de los Radcliffe. Allí había algo con ella. Algo que la vigilaba.

Y ella también iba a vigilar. Faltaría más.

Subió al altillo y acercó su cama a la ventana. Abrió uno de los postigos sin hacer ruido y pegó su cara al cristal. La luna hacía que la noche fuera penetrable y le mostraba en la calle a una persona, empequeñecida por la distancia, que permanecía de pie, inmóvil y como fascinada, mirando hacia el lugar donde se encontraba ella. Pero no la miraba a ella, no; miraba por encima de ella. Era evidente que había otra persona arriba, en el tejado. Aunque lo más preocupante era que la figura de la calle no era la que Cruella, confiada, había resuelto enfrentar. No. La figura de la calle (y Cruella se sintió enferma al confirmarlo) era Miles. Pero otro Miles. 


En el piso de los Radcliffe las cosas estaban demasiado tranquilas a la mañana siguiente. Anita, temblorosa, deambulaba por él buscando a Nanny o a sus hermanos, pero no los halló a ninguno. Sin embargo, los automóviles estaban aparcados al otro lado de la calle.

―Se han ido ―informó Miles, que apareció de la nada―. Todos se han ido.

―¿Salieron? ―preguntó Anita. Era demasiado ingenua.

Patch apareció meneando el rabo. Miles lo cogió en brazos.

―Se marcharon. Para siempre. Nanny dejó una dirección para que le envíes el salario del último mes.

Anita no lo podía creer.

―¿Por qué se marcharía Nanny?

―No importa, hermana, podremos arreglárnoslas.

―Debe haber dado una razón.

―A mí no.

―Eres un niño. Hablo de mí o de Roger... ¿Dónde está Roger?

Miles se encogió de hombros.

―No lo sé, Anita.

Y le sonrió.

Ella parpadeó atónita. Luego bostezó. De pronto, tenía sueño.

―Sé que saliste anoche ―le dijo al niño―. Sé que te marchaste.

―Leí la carta de la escuela. ―No era una excusa o, al menos, no sonaba como tal―. Quería saber qué decían de mí, aunque ya lo sabía.

―¿Y bien?

―Bueno… dije cosas.

―¿Cosas?

―A mis compañeros.

―¿A todos?

Miles sacudió la cabeza con tristeza.

―No… Sólo unos cuantos. Los que me gustaban.

¿Los que le gustaban? La cosa, en lugar de aclararse, se volvía más oscura y a Anita, en medio de aquel despertar, de aquel momento de lucidez, la llamó la piedad. Algo la forzaba a tener piedad. A olvidar. Ese niño era inocente.

―Algunos repitieron lo que yo les dije. A quienes les gustaba, claro.

―¿Y por qué saliste anoche?

―Para demostrarte que puedo ser malo.

―¡Dime la verdad! ―Anita no había visto nunca todo tan claro―. ¡¿Para qué saliste?!

Miles sonrió muchísimo. Era maravilloso. El blanco de sus ojos y sus dientes brillaban con luz propia.

―¿Podrás comprenderlo si te lo digo?

A Anita el corazón le saltó a la garganta.

―Dime.

―Lo hice para que tú hicieras lo que estás haciendo. Para que pensaras que soy malo.

Era encantador. Nadie podía hablar como él y Anita lo sabía, igual que sabía que aquel que creía (y no creía) su hermano la estaba volviendo a dominar. El sueño se apoderó de ella y la falsa sonrisa que disimulaba normalidad volvió a su rostro.

―¿Qué te apetece para cenar? ―le preguntó antes de ponerse a cortar verduras, tal y como Nanny había hecho por años.


Si alguien echaba un vistazo al jardín trasero de los De Vil pensaría que la familia estaba loca. Cruella había buscado por toda la ciudad perros vagabundos, algunos gatos, ratones, pájaros… Necesitaba un ejército y lo había reunido. Contó hasta ciento y una bestiecillas. No podría matar a los Radcliffe, no podría matar a Miles, pero entre tanto animal no podrían hacerle daño. Tendría ventaja.

Y esa noche se presentaría en su casa para acabar con todo. 


Anita condujo hasta la casa de Cruella.

La noche había caído, pero la mujer estaba en casa. Las luces de la planta baja la delataban. Incluso la podía ver allí, a través del cristal, dando vueltas y vueltas y vueltas como una loca.

La odiaba. La odiaba muchísimo.

Bajó del coche y sacó una palanca del asiento trasero. Luego fue hasta el coche de Cruella, ese coche blanco y negro, como su pelo, como su abrigo de dálmata…

Empezó por los cristales de las puertas, luego los retrovisores, los faros…

Y Cruella salió de la casa alarmada por el ruido.

―¡ANITA!

Pero Anita parecía poseída y sólo reaccionó cuando Cruella le pegó un puñetazo que la arrojó al suelo, sobre los cristales rotos, cortándole en las piernas.

―¡¿Anita, qué haces?!

La mujer parecía harto desorientada.

―¿Cruella?

Abrió los ojos con sorpresa y terror.

―¡Cruella!

―¡¿Qué?! ¡¿Por qué me destrozas el coche?!

Anita miró el vehículo con ansiedad. Luego a Cruella.

―Cruella. Él te quiere muerta.

―¿Él?

―Miles.

Cruella se quedó muda, pero Anita tenía cuerda para más:

―Miles… No es Miles.

―¿Cómo que no es Miles? ―preguntó Cruella, tratando de serenarse.

Decidieron que lo más prudente sería pasar a la casa. Cruella preparó a Anita un té (sin campanillas, por más que lo hubiera gozado) y se sentaron en el salón. Su invitada temblaba.

―Ocurrió hace ya muchos años… Muchos. Cuando a Miles le daba miedo la oscuridad y lloraba por su biberón. Roger y yo lo oímos gritar: «¡viene a por mí, viene a por mí!». Corrimos a su habitación y lo encontramos… ―Anita se tapó la cara, pero no lloraba―. Estaba acostado boca arriba y blanco como la harina, excepto donde la sangre se había… Se había acumulado. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las… eh… las nalgas… Tenía los ojos abiertos; muy dilatados y muy vidriosos, como las de esas cabezas de arce que alguna gente cuelga en las repisas.

»Pero no estaba muerto. Nosotros pensamos que sí, pero no lo estaba. Y en ese momento vi algo que… No le di importancia entonces y… Era en… El armario, Cruella. La puerta del armario estaba abierta y yo la dejaba siempre cerrada, porque una vez, de pequeña, recuerdo que oí algo en la oscuridad. Un… Como un… Algo parecido a un deslizamiento, a algo que reptaba. Pude encender la luz y ver que algo se movía en el armario. Desde entonces les tengo pánico y Roger y Miles habían vivido cosas parecidas. Por eso yo siempre cerraba los armarios con llave. Pero esa noche, en ese momento, el armario estaba abierto.

»Lo siguiente que recuerdo es verte llegar a la fiesta. Luego recuerdo algo de esta mañana. Me he enfrentado a él. Y ya está. Es como si todos estos años hubieran pasado en un abrir y cerrar de ojos. Casi no recuerdo mi trabajo ni como lo conseguí o lo que hago allí.

―Te está controlando ―concluyó Cruella―. Os está controlando a todos. Ha estado haciéndolo siempre.

―Esta mañana lo he visto ―dijo Anita―. He visto a Miles bajo ese monstruo. Está encerrado en él, atrapado en su propio cuerpo. Yo lo sé, Cruella. Yo sé que está allí.

―Y pensar que creía que estabas celosa de lo mío con Roger… ―ironizó Cruella, que no quería revelar a Anita lo que se disponía a hacer.

―¿Lo tuyo con Roger? ―se extrañó ella.

―Las noches que hemos pasado juntos.

―¿Cuándo?

―El día de la fiesta y… Y aquí en mi casa la otra… ¿Anita?

Anita la miraba aterrada y negando con la cabeza.

―El día de la fiesta, Roger durmió conmigo. Lo recuerdo. Él te subió a su cuarto y luego yo te desvestí para que estuvieras cómoda.

―No puede ser. ―Cruella no la creía.

―Y la otra noche… ¿Cuándo?

―Cuando me acompañó a casa.

―Roger lleva un par de días fuera de casa. Desde esa misma noche.

Las dos mujeres se miraron. No podían llegar a ninguna conclusión lógica; claro que la lógica estaba ya de más en aquel mundo.

―Anita, voy a decirte una cosa y debes hacerme caso ―le dijo Cruella, tratando de serenarse―. A mí no me cae bien nadie, ni siquiera tú, pero me das… Me das cierta lástima. Me recuerdas un poco a mí… ―Respiró hondo―. Debes huir. Coge el coche y márchate todo lo lejos que puedas. Conduce hasta que la gente te hable en escocés. No mires atrás. Olvida a Miles y a Roger. Están muertos. Lo que sea que haya en tu casa se los llevó hace mucho y ha estado a punto de llevarte a ti. Os controla y te había ordenado matarme.

Anita rompió a llorar. No le veía sentido a nada.

―Tengo tanto miedo…

―¡¿Sabes qué da miedo?! ―Cruella fue a por una cajita que había sobre la chimenea. Allí guardaba su madre el dinero. Lo cogió y se lo puso a Anita en las manos―. Estar atrapada en tu cuerpo, sabiendo que un monstruo te ha dominado. Eso sí que da miedo. ¡Huye y no mires atrás! ―Afuera, los animales empezaban a inquietarse―. ¡HUYE ANTES DE QUE ME ARREPIENTA DE LO QUE ESTOY HACIENDO, IMBÉCIL!

Anita cogió el fajo de billetes y salió corriendo de la casa. Arrancó el coche y vio que empezaba a llover, por lo que activó los parabrisas.

Desvió la atención un momento para rebuscar en su bolso, en la cartera, donde tenía una foto de familia.

Ella, Roger, Miles y sus padres… Ambos muertos. Ella dando a luz y él limpiando el armario…

Entre lágrimas, la arrugó, bajó la ventanilla y tiró la foto.

La huida jamás iba a tener fin para ella.


La puerta de la casa de los Radcliffe estaba entreabierta y la oscuridad del interior parecía hacer muecas mientras invitaba a entrar. A Cruella se le aceleró el corazón cuando subió por la escalinata y casi le dio un infarto cuando agarró el picaporte y tiró de él. Dentro olía a maldad.

La mujer, seguida de un par de perros (el resto de animales estaban rodeando la casa y la calle), atravesó el vestíbulo en penumbra y entró en el salón.

Estaba en ruinas.

Algo descomunal se había desenfrenado allí. Algo con un afán destructivo sin igual. Los sofás y sillones estaban apilados contra las paredes. Los apliques habían sido arrancados de cuajo y la pestilencia del aceite se mezclaba con la fetidez que impregnaba el lugar. Por el suelo se extendía un rastro de jugo negro, mezclado con fibras sanguinolentas…

Cruella volvió al vestíbulo y emprendió la escalera hacia el piso superior, hacia la habitación de Miles. La casa se estremeció bajo ella, como si aquello que la poseía se estuviese preparando para proteger lo suyo, para proteger la magia.

El suelo empezó a partirse y seccionarse, pujando hacia arriba.

Cruella lanzó un alarido y se cubrió con un brazo. La escalera osciló de forma descomunal y tiró a la mujer de nuevo hacia el vestíbulo. Pero ella tenía un plan alternativo. Vaya si lo tenía.

Rebuscó en los bolsillos de su abrigo y sacó una caja de cerillas. Hubiese algo allí o no lo hubiese, quemaría la casa. El fuego purificaba. Así quemaría la magia, la destruiría. Y, sin magia, los poderes de Isaac serían inútiles. Ella estaba convencida del todo.

Manoteó las cerillas. Un trueno subterráneo se oyó por toda la casa y los perros ladraron más por miedo que por ganas de pelea.

Una cerilla chisporroteó y Cruella la acercó a los restos aceitosos de las lámparas, que ardieron como una pira en el preciso momento en el que el salón se desintegraba en medio de un estallido de madera, dejando al descubierto un enorme boquete negro. La magia.

Entonces emergió una mole oscura, etérea y vibrante. La pestilencia se hizo cosa de pesadilla. Fue una erupción formidable de gelatina viscosa y supurante. Una masa enorme y atroz que parecía alzarse desde las entrañas de la tierra, desde el corazón del mundo.

Aquella sombra enorme pareció lanzar un alarido sobre Cruella, que no podía creer el rostro familiar que veía a través de tanta oscuridad. Era su madre. Sí. Su madre. Madeleine. Ella vivía todavía en algún lugar de los tortuosos y oscuros recovecos que se enroscaban bajo Londres e Inglaterra.

―Tenía que hacerse, Cruella.

Roger había aparecido de la nada. Los perros de la calle le seguían, ladrándole, gruñéndole.

―¡¿Y Miles?! ―Cruella no apartaba la mirada de la sombra. La sombra omnipotente que se alzaba sobre los restos de la casa. Que pugnaba por devorarlo todo.

―Ha ido a donde pertenece… ―Roger alzó las manos hacia el monstruo―. ¡Está con quién lo buscaba. Con su padre. Con su monstruo. Tenía que hacerse…! ¡Tenía que hacerse!

Las llamas los rodeaban, la sombra de Madeleine también. Roger estaba sacando una pistola y los animales de poca ayuda iban a servir.

Estaba condenada.

Una carcajada demencial se atascó en la garganta de Cruella.

Agarró lo primero que encontró, una carpeta y una cucharilla de té, y se deslizó sobre las tablas claveteadas del suelo.

No había otra salida.

―Tenía que hacerse… ―seguía repitiendo Roger―. Tenía que hacerse. Yo lo entregué en primer lugar. Yo los entregué a todos.

Cruella rodó junto al borde del hoyo justo a tiempo para esquivar el disparo. Entonces, él se abalanzó sobre ella y la apresó, buscando su cuello. Cruella, que todavía agarraba la carpeta y la cucharilla, soltó esta última y agarró una lámpara. Golpeó con ella a Roger en la cabeza (no con intención de matarlo) y, aunque oyó como algo se rompía, este siguió estrangulándola. Lo golpeó otra vez y los cristales de la lámpara cayeron, quedando sólo el pie macizo. Entonces le dio una última vez y Roger se estremeció mientras la sangre le corrió por la mejilla.

Esa fue su oportunidad.

Liberada de su asesino en potencia, Cruella no lo pensó dos veces y se arrojó a la única vía de escape que vio. La monstruosa sombra de Madeleine pareció gritar con ella, acompañarla en su viaje de pesadilla, y se hundió de nuevo en el boquete, en el agujero del corazón del mundo, dejando tras sí una casa destrozada, en llamas, con un hombre herido que gritaba y gritaba.

―¡TENÍA QUE HACERSE, TENÍA QUE HACERSE! ¡YO LO HICE! ¡YO LO HICE! ¡YO LO ENTRGUÉ!


Roger Radcliffe acabaría encerrado en un manicomio, donde hablaría de extraños pactos con sombras a cambio de fortuna. Donde hablaría siempre de la magia, la magia que él vio, que hacía ese al que él había vendido a su hermano.

Donde siempre alertaría de que la magia conllevaba un precio.



Han intervenido: Victoria Smurfit como Cruella, Zoe Boyle como Anita, Harry Treadaway como Roger, Oscar Kennedy como Miles, Lana Parrilla como Regina, Tony Pérez como Ser Henry, y Samantha Bond como Nanny.


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28 comentarios:

  1. ¡¡¡FELICES PASCUAS 🐰🎉🎊ONCERS!!! De mi parte y los peques oncers

    OMG PETER me estoy acostumbrando a leer cada Domingo un fan finc mmm... Que te has lucido con esta Wow... Pero Wow
    Desearte mucho amor, alegría y bendiciones a tu GRAN CREATIIVIDAD 👍😆😊

    Hasta mañana

    Saludos oncers 😘💞😉

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    Respuestas
    1. Felicidades a ti también, Mary. Aunque yo las Pascuas no es que las celebre mucho xD.
      Me alegro de que ahora todos los domingos tengas "mi serie" jajajaja. Muchos besitos <3

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  2. ¡Hola, Peter!

    No se puede negar que este ha sido el fic más tétrico hasta la fecha xD.

    Empezando por el Bosque Encantado, me ha gustado la escena, así como la "backstory" de Pongo. Así que fue la reina quien lo transformó en perro, ¿eh? Pobre. Si servir a Cruella como humano ya es duro, servirla como perro es aún peor. Lo que me ha apenado es que al final no ha habido cameo (aunque sí mención) del cazador. El guiño a la Montaña prohibida me ha gustado. Ahora sabemos que ocurre el mismo día que el 4x12, ¿no? Aunque me suena que dijeses que esta escena iba antes de Shadow of the Queen (la cual aún tengo pendiente de leer y por tanto puede ser que también encaje ahí).

    En cuanto a Los Eternos Años 20, la historia, aunque haya ido un poco en consonancia con el 4x18, no se puede negar que ha tomado mucha más oscuridad, y he de reconocer que a veces me perdía y ya no sabía qué era real y qué formaba parte de la imaginación de Cruella xD. Que hayas partido del punto en el que nos deja el 4x18 ha estado muy bien para situarnos. Me ha gustado la introducción de Golfo, así como Patch, y ha sido curioso ver a Anita y Roger como... ¿hermanos? Unos hermanos que duermen juntos, pero bueno, hermanos al fin y al cabo. Tampoco es que eso sea lo más raro que hay en esa familia, así que en el fondo no es tan extraño.

    La historia de esta familia me ha descolocado mucho, así como el papel de la "magia" y saber cuándo eran conscientes de sus actos y cuándo los controlaban, pero a su vez ese descoloque que he tenido ha sido fruto de una historia llena de misterio y suspense. Uno nunca sabía lo que iba a pasar. Y al final, ha resultado que Cruella no era la más loca ahí xD.

    En fin, una historia interesante con la que te has tomado la licencia de ir algo más allá del estilo que tiene la serie gracias a la particularidad del 4x18 y que ha aportado algo diferente. Se puede afirmar que los tres fics que has publicado hasta ahora se diferencian bastante (aunque, evidentemente, entre los dos primeros haya más similitudes que con este).

    PD: He echado de menos algunos de los script tease que pasaste por el chat, que parece que no han pasado el corte final y ahora me quedo con la curiosidad de conocer el contexto en el que habían sido escritos xD, pero entiendo que forma parte del proceso de escritura y que hay diálogos que a veces hay que eliminar por el bien de la historia.

    ¡Saludos y disfruta de tu retiro espiritual!

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    1. Charmed, así dicho pareciera que me he unido a una secta jajajaja. Simplemente decidí irme a la aventura. Parezco Robin Hood: cada día un grupo nuevo, comiendo lo que caiga, durmiendo al raso. Es como una acampada pero a lo bestia. Eso sí, como ves, el wifi llega a todos lados.

      Este capítulo ha tenido más recortes que cualquier otro. No sólo para adecuarlo a todos los públicos (ejem), sino para que tenga una extensión razonable (han sido 40 páginas). En esos recortes está toda la trama del Bosque Encantado que se ha quedado en esa escena xD.
      Sobre ese diálogo que viste en el chat, al principio eran Cruella y Miles, luego Anita y Miles y luego lo cambié tanto que no se reconoce, pero formaba parte de la conversación que tienen los hermanos cuando Anita pregunta por Nanny y Roger.
      Qué hizo exactamente Roger y qué es exactamente Miles es algo que veremos en una próxima Untold Story, porque está relacionado con otra. (Pista: lo vismo en "Broken").

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    2. Lo olvidaba. En un principio iba a estar situado ahí, pero al recortar preferí hacer enlace con el 4x12.

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    3. Oh, así que su historia aún no ha sido contada al 100%... :) Yo ya no sé si es por la ilusión que me haría ver esa historia, pero si está relacionada con el espectro y el alma de Felipe, salto de alegría jaja.

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    4. Sí jajajaja. Miles me encanta, aunque no lo he inventado yo. Es una adaptación del niño diablo de "Otra vuelta de tuerca" una novela Henry James que leí hace años y que me encanta. Allí no es un monstruo, es simplemente malvado y se supone que está poseído.

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    5. La verdad es que Miles es un personaje bastante interesante a la par que tétrico, y aunque esté inspirado en otro personaje (total, ¿qué es OUAT sino una serie de personajes inspirados en otros? Que, por cierto, acabo de ver que hay una colección de figuritas de hadas y hay una llamada Tiger Lily... ¿de qué me sonará?), igualmente te lo has currado. Ya tengo ganas de saber más del misterio que lo rodea, y más si está relacionado con el espectro :).

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  3. Peter,esta muy bien el fanfic!.
    La verdad es que algunas partes daban miedo,y eso esta bien porque el relato sigue bastante la linea general del 4x18.

    Me ha gustado mucho el personaje que Cruella, creo que has captado muy bien la frustración y la ira que tiene al no poder matar por lo que escribió Isaac.

    Y los Radcliffe,vaya familia, son peor que los Addams,jaja.
    Y el personaje del niño/ monstruo Roger, es genial y da miedo. En la escena del colegio,yo también habría salido corriendo,jaja.

    Y el guiño a los personajes de Pongo y Golfo,muy gracioso. Y el apodo de " pelusa" que le pone Regina a Cruella,es algo divertido y típico de la reina malvada.
    En resumen,un buen fanfic sobre uno de los personajes que me mas gustan de OUAT.

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    1. Me alegra que te haya dado miedo a veces. Esa era la intención xD. Y mucho más que me digas que he captado a Cruella. Que me digáis que capto a los personajes es lo mejor, porque cuando he terminado de escribir este, por ejemplo, tenía la sensación de que sólo había cogido bien a Regina, que me es muy sencilla de escribir porque es como medio escribir en primera persona (yo también soy muy explosivo xD).
      En la escena del colegio iba a describir más el monstruo Miles, pero pensé que sería mejor que cada cual se lo imaginase como más miedo le diese xD.

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    2. O sea,que,originalmente,la escena del colegio daba aun más miedo? Caray,jaja.
      En mi opinion,la escena esta muy bien así,porque no tiene sentido que Cruella,sin poder defenderse, se quede a ver la transformación del monstruo. Lo lógico es lo que hace,salir por patas,jaja.

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    3. Es lo lógico para todos. Hasta para Cruella jajajaja. Originalmente habia algunas escenas más, pero la censura, la censura xD.

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  4. WOW, BRAVOOO PETER!!! Te mando mis más sinceras felicitaciones. Tu historia está muy bien escrita, le diste el toque ideal de suspenso y obscuridad que me habría gustado ver más en la serie. Te confieso que mientras leía me iba sintiendo igual de paranoico que Cruella. Y Me encantó el guiño con lo de las 101 criaturillas.

    Jajajajaja ¿Te basaste en Juego de Tronos para hacer a Roger y Anita hermanos y amantes?

    Me voy ya mismo a leer los fics de Tinker y Aurora.

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    1. ¿En Juego de Tronos? Juego de Tronos a veces se queda mojigata para mí xD. La verdad es que, eso de que Roger y Anita sean amantes, de haber sido el fic de otra serie se habría visto, pero sólo lo he querido insinuar. Lo que no me esperaba era que todos lo vieseis tan claro jajaja. Pero no, GoT no tiene nada que ver xD.

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  5. Ha sido una pasada, Peter. Y eso de que Roger y Anita fuesen hermanos ha sido muy original. Anita me ha dado mucha pena :(...

    La backstory de Pongo me ha encantado xD. Y hemos descubierto cómo se conocieron Regina y Cruella :D.

    Roger me ha caído fatal. ¿¡VENDER A SU HERMANO?! ¿¡Por qué?! O.O

    En definitiva, que me ha encantado :).

    PD:¿De quién será la próxima Untold Story? ;)

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    1. Al menos Anita ha sobrevivido, Alice jajaja. Es más, este es el primer fic en el que no hay muertes: Anita ha escapado, Roger está en un manicomio y Miles... Bueno, no sabemos qué ha sido de él, pero está vivo xD. Este fic hace honor a la maldición de Cruella de no poder matar.
      Qué hizo exactamente Roger con Miles lo veremos en un par de semanas, creo. Otra persona en el Bosque Encantado sufrió el mismo destino.

      La próxima Untold Story, si no regreso a casa antes del domingo (porque desde aquí no sé entrar al chat) será sorpresa. Aunque te puedo adelantar el título, a ver si puedes hacer tus cábalas: "The Lion And The Roses".

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    2. Apuesto por Maléfica!!!! ^^

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  6. ¡Felicitaciones Peter, muy talentoso!

    Me encanto como uniste la historia de Cruella con Regina y Pongo ^^

    La segunda parte estaba bastante sombría O.o

    ¡Saludos!

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    1. Me alegra mucho que lo leas, Davy. Espero que te ayude con el español ^^ (El de la semana que viene te ayudará con el español medieval xD).

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    2. ¿¡Peter ahora estás con tu verdadera identidad!? Pues mucho gusto jejeje ^^

      Fue un gusto leerte, aguardo las demás partes. Y estoy ansioso por conocer el español medieval xD

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    3. Si, Davy, estoy en viaje de descubrimiento improvisado y desde el móvil solo tengo esta cuenta jajajaja.

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    4. ¡Vaya que curioso eso xD Pues cuidado y buen viaje!
      Ahora me cuesta imaginarte más moreno, te imaginaba pelirroja jajajaj

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  7. Hola lindo, para serte sincera, éste no me gustó tanto. Tiene cosas muy interesantes, como los orígenes de Pongo, el que Cruella se conociera de ese modo con EQ (A la que imagino exacta a cuando capturó a Marian), y el giro de que Roger y Anita fuesen hermanos. Además de que mantiene totalmente en vilo el misterio de qué sucede con Miles.

    ¿Pero qué pasó? No se termina de comprender qué es ese dichoso misterio tras Miles, su familia y la magia de ese mundo. Como tampoco se ve cómo llega Cruella a FTL, y ni siquiera aparece Ruperto. Que no muero por verlo precisamente, pero cómo se conoció con Cruella sigue siendo un misterio. Tan fácil que hubiera sido echarle la culpa de todo, cómo suelen hacer los Two.

    Disculpa mi sinceridad, pero en este caso va un 6. Si te aplaudo todo como foca no estoy siendo honesta ni crítica con mi gran amigo. Asimismo, dejaré de victimizarme con lo terribles que son los lunes para mí, pero lo bueno de mayo es que disfrutaré tus relatos más tranquila. Y por supuesto, me encanta tu empuje, decisión y creatividad por contar toda historia que los Two nunca contarán.

    Ahora bien, voy a dar una gran primicia, que es que yo también voy a escribir. Será un relato Snowing contado en primera persona por Blancanieves, y habrá sexo y erotismo. Pero seguramente salga para después de la Finale, porque necesito que pasen estos últimos capítulos para terminar de darle forma.

    ¡Besotes!

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    1. ¡Uo, Laura, qué gran noticia! :)

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    2. ¡Que bueno que estes mejor Laura!
      Y qué miedo me da de esta tu historia jajajaj

      ¡Besoss!

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    3. Primeramente debo decir que imaginarte como una foca aplaudiendo será por siempre una de las imágenes más graciosas que atesore en la mente jajajaja.
      Ahora en serio, voy por partes:
      Qué pasó con Miles y que era es algo que veremos próximamente. No había tiempo para ponerlo aquí. De igual modo, tanta ambigüedad se debe a la historia de donde proviene el personaje, en la cual si que no se aclara nada de nada y es el lector el que saca sus propias conclusiones (hay una amplia gama, desde que estaba poseído hasta que era un simple niño malvado). Pero ya te digo que veremos que es Miles y que extraña magia hay en el mundo de Cruella. Es un tema que se descubrirá poco a poco, pues forma parte de tres historias distintas que no van precisamente seguidas.
      Sobre cómo conoció Ruperto a Cruella, no me parece muy importante. ¿Como supo Regina de Garfio y su padre? Ella con el espejo, el con esa bolita magica que tenía xD.
      Sobre cómo llego Cruella al EF. Ese agujero al que se arroja al final es un portal a tal lugar. No podía describir que era un portal, porque Cruella no lo sabe (su único contacto con Magia es Isaac). Pensé que se entendía por el principio de la historia y porque nadie había dicho nada O:
      De todos modos ya me imaginaba esta nota y que no te gustaría xD. Es un relato muy experimental y tú no eres muy del target jajajaja. De igual modo estoy seguro de que el de este domingo te va a encantar más que ninguno, o eso espero.

      Miedo me da tu relato jajajaja. ¿Será la primera vez de Snowing en su luna de miel?

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  9. Pensaba dejar comentario ayer, pero con mi extensa review no me dieron ganas de hacer otro comentario extenso.

    Y siendo honesta, al igual que el episodio del domingo, esta historia no me gustó nada... broma. Me agradan las historias de suspenso. xD

    Aunque si no fuese por la aparición de la Evil, podría considerar este escrito como un "creepypasta" (que podría ser uno, técnicamente); el único pero es que al final no entendí bien qué ocurrió con Miles.

    Me gustó que fuese una historia centrada en Cruella y su frustración por haber perdido lo que más le gustaba hacer, y que hayas incluido a Anita, Roger, y uno que otro dalmata famoso (y al Vagabundo). Triste el origen de Pongo, pero a la vez merecido al saber que era quien mataba a los animales sólo para convertirlos en abrigos (y miedo con esa Regina queriendo un abrigo de piel de Snow, jaja).

    El giro de Anita y Roger siendo hermanos fue interesante, por un momento creí que eran lobos, como Red y su manada, pero las cosas se fueron de control con ellos. Lo curioso fue ver a Cruella muy amable con ellos, y en plan de querer salvar el día, creo que no va mucho con su personaje, pero al mostrarse que ella es una simple mortal con magia limitada, se entiende su momento de lucidez al pedirle a Anita que huya.

    Por cierto, si quieres añadir horror al mundo de OUAT, podrías escribir acerca de la Bruja Ciega y su deseo por comer niños. Con el estilo thriller que le has dado a esta historia sobre Cruella y sus traumas, capaz puedes crear un ambiente más terrorífico con la Bruja (o algún otro personaje malvado, pero no se me viene a la mente uno con gustos peculiares).

    Saludos!

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